La muerte de tres voluntarios de la Cruz Roja en la provincia de Ituri, considerada el epicentro del nuevo brote del ébola en la República Democrática del Congo, ha puesto de relieve el nivel de descontrol que afrontan las autoridades sanitarias y las organizaciones humanitarias en una región marcada por la violencia armada, el desplazamiento masivo de población y el deterioro de las infraestructuras médicas.
Los voluntarios fallecidos —Alikana Udumusi Augustin, Sezabo Katanabo y Ajiko Chandiru Viviane— participaron en tareas de gestión de cadáveres sin saber que estaban manipulando cuerpos infectados con el virus. Según explicó la Cruz Roja, “en el momento de la intervención, la comunidad no sabía que se estaba produciendo un brote de la enfermedad por el virus del ébola y este aún no se había identificado”. La organización añadió que “estos voluntarios perdieron la vida mientras servían a sus comunidades con valentía y humanidad”.
El episodio resume el principal problema de esta emergencia: el brote avanzó más rápido que la capacidad de detección. Para cuando las autoridades identificaron oficialmente la expansión del virus Bundibugyo, decenas de comunidades ya habían estado expuestas sin medidas de protección adecuadas. El director general de la Organización Mundial de la Salud, Tedros Adhanom Ghebreyesus, advirtió de que “la identificación temprana de los casos y el tratamiento oportuno salvan vidas y son clave para controlar este brote”.
Aunque las cifras oficiales confirmadas siguen siendo relativamente limitadas en comparación con otras epidemias históricas de ébola, el verdadero temor reside en el número de casos sospechosos acumulados en apenas unas semanas.
La OMS informó inicialmente de 82 casos confirmados y siete fallecidos confirmados, pero posteriormente las autoridades congoleñas elevaron los datos a más de 900 casos sospechosos y más de un centenar de muertes bajo investigación. La discrepancia entre los datos confirmados y los sospechosos refleja uno de los grandes obstáculos sanitarios del Congo: la falta de capacidad diagnóstica en zonas remotas y en territorios dominados parcial o totalmente por milicias armadas.
El propio Tedros reconoció que el alcance real del brote “probablemente es mucho mayor”. El virus Bundibugyo, aunque menos conocido que la cepa Zaire del ébola, mantiene tasas de mortalidad elevadas y carece de vacunas o tratamientos aprobados específicamente para esta variante.
Eso deja a las autoridades dependiendo casi exclusivamente de medidas clásicas de contención: aislamiento, rastreo de contactos, entierros seguros y restricciones comunitarias. Pero precisamente esas medidas están chocando con una situación de inseguridad extrema en el este congoleño.
Ituri: guerra, desplazamientos y colapso sanitario
La provincia de Ituri lleva años atrapada entre grupos armados, desplazamientos internos y crisis humanitarias recurrentes. La presencia de organizaciones insurgentes como las Fuerzas Democráticas Aliadas (ADF), vinculadas al Estado Islámico, ha convertido amplias zonas en territorios de acceso extremadamente peligroso para sanitarios y cooperantes. Además, los rebeldes del M23, que cuentan con el respaldo de Ruanda, también controlan partes de la región.
La epidemia se desarrolla, además, en medio de una desconfianza profunda hacia el Estado y hacia las organizaciones internacionales. Esa tensión explotó con los recientes ataques incendiarios contra centros de tratamiento de ébola en varias localidades de Ituri.
En uno de los episodios más graves, algunos grupos de jóvenes atacaron instalaciones sanitarias intentando recuperar el cuerpo de un conocido fallecido. Según testigos, algunos acusaban a las organizaciones humanitarias de “mentir sobre el ébola”. La reacción evidencia hasta qué punto las campañas de prevención siguen enfrentándose a rumores, miedo y rechazo social.
Las restricciones funerarias han agravado todavía más la situación. Las autoridades prohibieron los velatorios y reuniones numerosas, mientras varios soldados y policías escoltan algunos entierros realizados por personal sanitario. En una sociedad donde los rituales funerarios tienen una enorme dimensión cultural y familiar, estas medidas están generando fricciones constantes.
La expansión regional aumenta la preocupación internacional
La gestión de esta epidemia también está marcada por un contexto internacional menos favorable que en crisis anteriores. Diversas organizaciones humanitarias sostienen que los recortes de ayuda internacional durante el último año redujeron significativamente la capacidad de respuesta frente a brotes infecciosos en África central.
Médicos Sin Fronteras había advertido antes incluso de la expansión del virus que la inseguridad en Ituri estaba provocando la huida de médicos y enfermeros. Algunas áreas quedaron prácticamente sin personal sanitario estable, mientras los hospitales locales operaban en “condiciones catastróficas”.
El resultado es una red médica extremadamente debilitada justo cuando más se necesitaba. Las organizaciones locales denuncian escasez de trajes protectores, kits de detección, mascarillas y bolsas para cadáveres. La epidemia también amenaza con expandirse hacia grandes campos de desplazados internos cercanos a Bunia, donde cientos de miles de personas viven hacinadas tras huir de la violencia armada.
Más de 200 muertos y cerca de 900 casos deja la epidemia de ébola en la República Democrática del Congo
— DW Español (@dw_espanol) May 24, 2026
Las autoridades sanitarias intensifican sus esfuerzos para contener la propagación del virus, que deja ya más de 200 víctimas mortales. Según reportes oficiales, la enfermedad… pic.twitter.com/d0a14LNhJ4
El brote ya ha cruzado fronteras. Uganda confirmó nuevos contagios relacionados con personas procedentes del Congo, incluidos trabajadores sanitarios y transportistas expuestos al virus. La propagación regional llevó a la OMS a elevar el riesgo para la salud pública en la RDC a “muy alto”, aunque mantuvo el riesgo global como “bajo”. Aun así, varios países comenzaron a reforzar controles fronterizos y protocolos de vigilancia epidemiológica.
Mientras tanto, organismos internacionales intentan evitar que la crisis sanitaria derive en una emergencia aún mayor. La OMS, los CDC estadounidenses, el Centro Europeo para la Prevención y el Control de Enfermedades y múltiples ONG han desplegado personal y recursos sobre el terreno. Sin embargo, la violencia y la inseguridad limitan enormemente la eficacia de esas operaciones.
La experiencia previa del Congo con el ébola había convertido al país en uno de los territorios africanos con mayor experiencia en contención epidemiológica. Pero esta vez el escenario es distinto. La combinación entre guerra irregular, desinformación, desplazamientos masivos y agotamiento de recursos internacionales ha creado un entorno mucho más difícil de controlar. @mundiario