Hace unos días tuve la oportunidad de participar en un encuentro de la Red Social por México. Ahí pude constatar algo que con frecuencia pasa desapercibido en la discusión pública: existe un tercer sector fuerte, pujante, organizado y profundamente comprometido con mejorar su entorno.
En tiempos donde la conversación política suele centrarse en gobiernos, partidos y elecciones, resulta refrescante encontrarse con cientos de organizaciones de la sociedad civil que trabajan todos los días para atender problemas concretos. Personas que dedican su tiempo, recursos y talento a combatir el hambre, impulsar la educación, apoyar a grupos vulnerables, proteger el medio ambiente o fortalecer el tejido social de sus comunidades.
Poco después, también asistí a un evento de la Cruz Roja Mexicana, una institución que ocupa un lugar muy especial en el corazón de los mexicanos. Pocas organizaciones generan un nivel de confianza tan amplio y tan sólido. La Cruz Roja está presente cuando más la necesitamos: durante la temporada de huracanes, en inundaciones, accidentes, incendios y desastres naturales. Hoy, incluso, participa en los esfuerzos de preparación y atención que requerirá la llegada de millones de visitantes durante la actual Copa Mundial de Fútbol.
Su presencia es tan constante que muchas veces olvidamos la enorme labor que realiza. Sin embargo, basta recordar cualquier emergencia importante para comprender que, detrás de cada operativo, existen miles de voluntarios y profesionales que decidieron poner el bienestar de los demás por encima de la comodidad personal.
México conoce bien el valor de la solidaridad. Nuestra historia reciente está marcada por momentos en los que la sociedad ha respondido con una fuerza extraordinaria frente a la adversidad. Lo vimos en el terremoto de 1985, que dejó miles de víctimas y cambió para siempre la cultura de protección civil del país. Lo volvimos a ver en los sismos de septiembre de 2017, particularmente el del 19 de septiembre, de magnitud 7.1, cuando miles de ciudadanos salieron espontáneamente a remover escombros, donar víveres y organizar centros de apoyo.
Cada vez que la tragedia golpea, aparece una de las mejores versiones de México. Personas que no se conocen entre sí trabajan hombro con hombro, empresas donan recursos, organizaciones movilizan voluntarios y ciudadanos comunes encuentran formas de ayudar. Es como si, por un momento, desaparecieran las diferencias y recordáramos que formamos parte de una misma comunidad.
Pero la verdadera lección es que no deberíamos esperar a que llegue una desgracia para actuar. La participación social es valiosa precisamente porque permite construir soluciones antes de que los problemas se conviertan en crisis. Las organizaciones de la sociedad civil, las fundaciones, los voluntarios y las instituciones de asistencia social son una expresión de ciudadanía activa. Son la demostración de que los cambios más profundos NUNCA nacen desde el gobierno, sino desde la sociedad civil organizada.
Después de ver la energía de la Cruz Roja Mexicana, me queda una reflexión clara: la fortaleza de una nación no depende nada más de sus instituciones públicas. Depende de la disposición de sus ciudadanos para hacerse cargo de lo que sucede a su alrededor.
Vivimos en una época que muchas veces nos empuja hacia la individualidad, hacia preocuparnos únicamente por nuestros propios intereses. Sin embargo, las sociedades más fuertes son aquellas donde las personas entienden que su bienestar está ligado al bienestar de quienes las rodean.
La asistencia social, el voluntariado y la participación ciudadana nos recuerdan que, cuando dejamos de preguntarnos únicamente qué podemos obtener y comenzamos a preguntarnos qué podemos aportar, descubrimos una fuerza colectiva capaz de transformar comunidades enteras. Esa fuerza sigue viva en México, la vi en las organizaciones de la Red Social por México, la vi en la Cruz Roja Mexicana y la veo cada vez que los mexicanos deciden hacerse cargo de su entorno. Porque, como dice la frase atribuida a la Madre Teresa: el que no vive para servir, no sirve para vivir.