El dolor casi nunca aparece en las estadísticas políticas. No gana elecciones, no suele protagonizar debates legislativos y rara vez ocupa los titulares económicos. Sin embargo, millones de personas viven diariamente bajo una condición que altera movilidad, estabilidad emocional, productividad y calidad de vida. El dolor crónico se convirtió en uno de los problemas más subestimados de los sistemas de salud modernos.
Durante décadas, buena parte de la conversación médica redujo el dolor a una simple consecuencia de otras enfermedades. Primero estaba el cáncer, la diabetes, las neuropatías o las enfermedades degenerativas; después venía el dolor. Hoy esa lógica comienza a modificarse. Especialistas, hospitales y compañías farmacéuticas entienden cada vez más que el dolor tiene implicaciones físicas, psicológicas, sociales y económicas que requieren atención propia.
La discusión no es menor. México atraviesa un proceso acelerado de envejecimiento poblacional que inevitablemente incrementará la presión sobre el sistema de salud. Cada vez habrá más pacientes con enfermedades crónicas y necesidades relacionadas con movilidad, bienestar y autonomía. El reto no será únicamente prolongar la esperanza de vida, sino garantizar condiciones dignas para vivirla.
En entrevista con quien esto escribe, Rogelio Ambrosi, director general de Grunenthal México y Centroamérica, resumió una parte importante de esa transformación: “No estamos hablando solamente de negocio o de dinero. Estamos hablando de quitarle el dolor a alguien y de cambiarle la vida”.
Detrás de esa frase existe también un cambio relevante dentro de la propia industria farmacéutica. Durante años, las grandes conversaciones corporativas giraron alrededor de blockbuster drugs, expansión comercial y participación de mercado. Ahora comienzan a aparecer conceptos relacionados con bienestar integral, atención centrada en el paciente y funcionalidad cotidiana.
Grunenthal, farmacéutica alemana especializada históricamente en manejo del dolor, intenta posicionarse justamente en ese terreno. La compañía impulsa nuevas terapias enfocadas en dolor neuropático y neuropatía diabética, áreas que crecerán conforme avance el envejecimiento poblacional en México y América Latina.
Uno de los proyectos más relevantes para la empresa es Qutenza, un parche de capsaicina actualmente en proceso regulatorio en México y que ya se utiliza en otros mercados internacionales para pacientes con dolor neuropático periférico. Más allá del producto en sí, el movimiento refleja hacia dónde se dirige parte de la innovación farmacéutica: tratamientos menos invasivos, más específicos y orientados a mejorar funcionalidad y calidad de vida.
Aun así, la innovación por sí sola no resolverá el problema. Parte importante del desafío continúa siendo regulatorio. México perdió velocidad durante los últimos años como mercado prioritario para lanzamiento de nuevas terapias. Hace tiempo, numerosos medicamentos innovadores llegaban al país prácticamente al mismo ritmo que Estados Unidos. Hoy muchos productos aterrizan primero en Europa, Asia o incluso Sudamérica antes que en territorio mexicano.
La conversación sobre competitividad farmacéutica vuelve entonces inevitable. Ambrosi considera que México todavía conserva condiciones para recuperar protagonismo regional, siempre que existan procesos regulatorios eficientes, certidumbre y visión de largo plazo.
En realidad, buena parte del futuro sanitario del país dependerá de esa capacidad para equilibrar innovación, acceso y sostenibilidad financiera. La presión será enorme. Diabetes, obesidad, enfermedades cardiovasculares y padecimientos neurodegenerativos seguirán creciendo en paralelo con el envejecimiento poblacional.
Otro elemento especialmente delicado es el debate alrededor de opioides y analgésicos controlados. Después de la crisis de opioides en Estados Unidos, numerosas compañías farmacéuticas prefieren evitar públicamente el tema. Sin embargo, el riesgo contrario también existe: pacientes subtratados que viven permanentemente con dolor por miedo regulatorio o falta de acceso adecuado.
Ahí aparece una discusión incómoda pero necesaria: cómo garantizar control sanitario sin condenar al sufrimiento innecesario a pacientes que realmente requieren tratamiento.
La industria farmacéutica enfrenta además un desafío reputacional importante. Durante años, parte de la conversación pública colocó a las compañías únicamente como actores económicos. Sin embargo, conforme avanzan enfermedades crónicas y envejecimiento poblacional, el debate comienza a desplazarse hacia calidad de vida, bienestar y acompañamiento integral.
No se trata únicamente de producir medicamentos. También implica educación médica, investigación clínica, regulación eficiente y modelos de atención centrados verdaderamente en el paciente.
Al final, el verdadero termómetro de cualquier sistema de salud quizá no se mida solamente en esperanza de vida, sino en algo mucho más complejo: cuántos años puede vivir una persona sin dolor incapacitante, con autonomía y con dignidad.
Sala de Urgencias
- México envejece aceleradamente y el sistema sanitario todavía parece diseñado para un país joven. De acuerdo con proyecciones del Conapo, actualmente existen más de 17 millones de personas adultas mayores en el país, equivalentes al 12.8 por ciento de la población total. Para 2030, México tendrá proporcionalmente más personas mayores que niños. El problema es que las enfermedades crónicas avanzan mucho más rápido que las reformas sanitarias.