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El Diario 26 May, 2026 16:39

Evocan a los múltiples Teodoros que fue González de León

Entre las muchas obras diseñadas o intervenidas por el arquitecto Teodoro González de León (1926-2016) destaca El Colegio Nacional (Colnal), recinto donde la noche del lunes recibió un homenaje. Él transformó el antiguo Convento de la Enseñanza en una sede contemporánea, luminosa y funcional para la vida cultural, como enfatizó el también proyectista Felipe Leal, quien condujo el tributo.

A 10 años de su fallecimiento y en el marco del centenario de su nacimiento, a celebrarse este viernes, colegas, colaboradores y amigos recordaron no sólo al autor de edificios emblemáticos, sino a un personaje de múltiples dimensiones: urbanista, artista, lector, melómano, polemista, socio, maestro y constructor de espacios públicos.

El homenaje reunió a Fernanda Canales, Mónica Cejudo, Jorge Gamboa de Buen, Javier García Diego Ruiz y Francisco Serrano Cacho, además de recuperar, mediante un video, la propia voz del arquitecto.

En esa grabación, González de León planteaba que la Ciudad es una enorme obra de arquitectura forjada por el tiempo y por sus habitantes.

"No es obra de un solo autor: lo somos todos, y no es de un tiempo, es de muchas épocas", explicaba al hablar de la convivencia de estructuras de cuatro centurias, de los siglos 17 al 20, sin contar los vestigios mexicas.

E instaba a conservar las diversas capas históricas que conviven en la urbe.

"Un edificio que se deteriora, influye y deteriora el área urbana a su alrededor. Es una cadena comprobada de contagio, de deterioro", prevenía.

Para él, conservar un edificio no significaba congelarlo, sino permitirle seguir vivo mediante nuevas funciones. Esa convicción guiaba su intervención en edificios antiguos: restaurar, remodelar, abrir, iluminar.

Leal retomó esa idea al explicar que el edificio del Colnal, en Donceles 104, Centro Histórico, antes oscuro, conforme a la lógica conventual, necesitaba luz, amplitud y espacios capaces de recibir la actividad pública de la institución.

González de León, dijo, "metió luz" por domos, transformó crujías y convirtió el conjunto en un edificio luminoso, apto para albergar un aula mayor con capacidad para unas 300 personas.

Leal hizo eco también de uno de los principales postulados del homenajeado: diseñar para propiciar la convivencia. Estaba convencido de que un buen diseño y el enriquecimiento de la experiencia espacial repercutiría en la felicidad de las personas.

"Un vestíbulo grande, una gran entrada, son lugares de roce humano", apuntaba. "El contacto humano es importantísimo y los espacios que diseño lo provocan. Para que sea un lugar de roce, hay que hacer que todos los accesos pasen por ahí y el encuentro forzosamente suceda.

"Otro hecho que procuro, es el diálogo entre el espacio público y la arquitectura por medio de pórticos y plazas, enriqueciendo de esta manera la Ciudad. En vez de lugares que viven hacia dentro, creo que es obligación del arquitecto crear edificios que penetren el espacio público, entretejiendo y vinculando el espacio privado con la ciudad".

Canales describió al homenajeado como un creador múltiple: el urbanista de visión amplia, el arquitecto atento al detalle y el pintor y escultor. En esas facetas, dijo, se reunían "tres Teodoros", o incluso "300", articulados por una misma condición: la de compositor.

"Y esto es lo más importante de su obra: que se trata de edificios basados en regalar algo, en dar algo más allá del programa que resuelve. Y gracias a que sus edificios son puertas, regalan siempre algo hacia afuera y algo hacia dentro: regalan banquetas que se convierten en bancas para sentarse y en plazas, regalan pórticos, corredores, nunca pasillos, que se vuelven terrazas y patios, aportan taludes para conectar las construcciones con la naturaleza, para jugar y descansar.

"Regalan vestíbulos públicos que enmarcan lugares antes carentes de identidad. Regalan espacios que se abren para invitar y orientar. Toda su obra podría entenderse en torno al tema de la entrada o del saludo, más bien del abrazo que un edificio da hacia la calle. Se trata de una arquitectura generada para dar orgullo".

Cejudo, directora de la Facultad de Arquitectura de la UNAM, situó esa trayectoria dentro de un arco universitario. Recordó que González de León, a los 21 años, participó junto a Enrique Molinar y Armando Franco, siendo estudiantes de la Escuela Nacional de Arquitectura, en el diseño del proyecto arquitectónico de Ciudad Universitaria (CU), cuyos artífices fueron Mario Pani y Enrique del Moral. Más de tres décadas después, se reconocería que el croquis de conjunto elaborado por esos alumnos sirvió de base para el desarrollo posterior del proyecto.

Para Cejudo, CU fue "la primera aplicación del urbanismo moderno en México" y una obra de infraestructura cultural sin precedentes.

El ciclo universitario de González de León se cerraría más de 60 años después con el Museo Universitario Arte Contemporáneo, el MUAC, inaugurado en 2008, la "magna creación" del arquitecto dentro de la UNAM.

Gamboa de Buen aportó otro ángulo: el del arquitecto capaz de convertir ideas en edificios. Colaborador de González de León en obras públicas y privadas, recordó que trabajó con él en diez proyectos, entre ellos el Centro Minero Nacional, el Auditorio Nacional, la Escuela de Música del Cenart, el Jardín Tamayo, la Hewlett-Packard de Santa Fe, Arcos Bosques, el Museo del Niño, el Senado de la República, Reforma 222 y Torre Virreyes. De ellos, ocho se construyeron.

Y ponderó, asimismo, su talento político y profesional para conseguir trabajo, conservar clientes y convencerlos.

Según el recuento del libro de obra completa publicado por Arquine, el arquitecto diseñó 130 obras, de las cuales 82 fueron construidas, 31 quedaron en proyecto y 17 fueron concursos. Esa "tasa de bateo", calculó Gamboa de Buen, rondaba 63 por ciento.

"No creo que haya muchos arquitectos en el mundo que tengan una tasa de ese tamaño".

También estimó que construyó alrededor de 2 millones de metros cuadrados.

Recordó también debates en torno a Reforma 222, donde hubo quienes querían cerrar el conjunto por temor al frío o al ingreso de personas indeseadas. Prevaleció, dijo, la idea de González de León, de mantener un espacio abierto a Reforma.

El mismo Gamboa de Buen lo describió como un profesional riguroso en el día a día: puntual, disciplinado, exigente con las juntas, convencido de que las reuniones eran para revisar y decidir, no para proyectar. Su método consistía en escuchar el problema, retirarse y regresar con una solución. "Nunca le decía que no a un cliente".

Desde el taller, Garciadiego Ruiz trazó una imagen más íntima del maestro. Su despacho, recordó, era relativamente pequeño, de unos 15 arquitectos, y allí González de León llegaba cada mañana, "metódico, elegante"; saludaba y observaba lo que cada quien dibujaba.

De él aprendió, dijo, tres cosas. La primera fue la entrega total al trabajo. Cuando llegaba una nueva comisión, se recluía durante días en su oficina y salía con hojas dibujadas a mano, a escala perfecta, con el proyecto prácticamente resuelto: estacionamientos, rampas, elevadores de carga, etcétera.

A los colaboradores, recordó García Diego, casi les quedaba "transcribir".

La segunda enseñanza fue que nada estaba terminado del todo. Aunque el edificio pareciera resuelto desde el inicio, todo se cuestionaba una y otra vez.

La tercera correspondía al lado humano.

García Diego evocó a un González de León moderno y caballeroso, capaz de un gesto significativo en 2011, cuando una ingeniera trans de la compañía inglesa Arup -que trabajó en el diseño estructural de la Torre Virreyes- llegó a una reunión de trabajo en México. En un entorno dominado por hombres mayores, desarrolladores y constructores, él fue el primero en saludarla y acompañarla. Esa validación, contó, fue decisiva para ella.

Serrano Cacho, socio del homenajeado durante 35 años y amigo durante 43, eligió hablar no sólo del arquitecto, sino del amigo.

Recordó que se conocieron fortuitamente en 1972 y que su primera colaboración fue la Embajada de México en Brasilia. Desde entonces, evocó, trabajaron juntos durante décadas "sin jamás haber tenido una discusión ni de créditos ni de quién dijo qué, ni de dinero".

Serrano Cacho aportó números propios: juntos realizaron 43 proyectos, de los cuales 23 se llevaron a cabo. Pero su intervención se concentró en los gestos privados.

Narró por ejemplo que, tras una tragedia personal , González de León estuvo con él desde muy temprano, y le dijo que tomara de lo que estaban ganando lo que necesitara y que después harían cuentas.

"Muy poca gente sabe de ese carácter de Teodoro", afirmó. "Para ser buen arquitecto hay que ser buena persona".

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