Las ideas más brillantes del siglo 21 Parte 6a. y última: neurobiología y genética
Como recordarás, cuando empezamos a salir de la fase crítica de la pandemia del Covid-19, nos vimos obligados a transitar hacia una “nueva normalidad”, que nunca se acabó de definir del todo, pues cualquier cosa que antes hubiésemos entendido por “normal” sería ahora diferente. Lo que sí, flotaba en el ambiente una extraña sensación: el profundo dolor por los ausentes, atemperado por el apenas disfrazado júbilo de saberse y sentirse intensamente vivos. Recurro a estas remembranzas con la intención de argumentar que aquello que consideramos normal no es sino una sensación ficticia, la de suponer que las cosas tienen una razón contundente y lógica de ser. El autoengaño cumple su propósito al evitar que nuestro sentido de la realidad se derrumbe, como podremos constatar más adelante. Cierro el telón de esta serie, en la que he abordado algunas de las ideas científicas más sobresalientes del siglo 21, apoyado en los editores de la revista “New Scientist”. Se han explorado aquí las aportaciones teóricas de campos tan disímbolos como la exploración espacial, la salud, el bienestar y el cambio climático. Dedico esta entrega final a la neurobiología y la genética. A propósito de aquello que podría ser considerado normal o no, me permito explicar ahora por qué carece de sentido hablar de cerebros normales o anormales. NO HAY CEREBROS NORMALES O ANORMALES. Caroline Williams, colaboradora de “New Scientist” especializada en neurociencia, señala que los avances más recientes en materia de neurodiversidad indican que sería erróneo hablar de cerebros normales o de los que no lo son. Así pues, individuos diagnosticados con autismo, dislexia, Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH) y los mal llamados “trastornos mentales” no poseen un cerebro diferente a los de los demás, sino que más bien ocupan un lugar específico en el complejo espectro de la neurodiversidad. De esta manera, si bien la interacción social representa un reto para aquellos con síndrome de Asperger, también es cierto que dichos individuos suelen poseer una elevada inteligencia y una vasta capacidad lingüística, siempre y cuando no nos dirijamos a ellos de manera irónica o en sentido figurado. EL SERPENTEANTE RASTRO DE LOS ANCESTROS HUMANOS. Sorprendentes hallazgos en los últimos 25 años han obligado a los arqueólogos a reconsiderar la manera en la que se dio la evolución del Homo sapiens y sus antecesores. Entre los descubrimientos más notables figura el de un grupo de diminutos homínidos que solían habitar en una isla de Indonesia, y el del misterioso Homo naledi, una especie humana hoy extinta, encontrada en un sistema de cuevas en Sudáfrica. En el mismo periodo, los investigadores han logrado refinar los métodos utilizados para analizar las osamentas y artefactos de nuestros antecesores. Como resultado, la ventana de tiempo se ha ampliado de manera dramática. Se sabía que el Ardipithecus, quien hace 4.4 millones de años deambuló por las planicies del África oriental, había sido el ancestro humano más antiguo. Sin embargo, este honor ahora corresponde al Sahelanthropus tchadensis, cuyos restos datan de hace 7 millones de años (un fémur de esta especie hace suponer que este homínido ya caminaba erguido). Estos descubrimientos fueron descritos por Clément Zanolli, de la Universidad de Bordeaux, como “una de las grandes revoluciones” de la arqueología contemporánea. Para rematar, la evidencia genética es contundente: el Homo sapiens se apareó con los neandertales 50 mil años atrás, como lo demuestran varios fósiles híbridos. Fuente bibliográfica: The 21 best ideas of the 21st century (2026). “New Scientist”, edición del 19 de enero. Las ideas más brillantes del siglo 21 Parte 5: Calentamiento global y cambio climático