Las elecciones presidenciales que celebra Colombia este domingo trascienden la disputa por la sucesión del presidente Gustavo Petro. Lo que está en juego es la dirección política de un país que atraviesa uno de los momentos más polarizados de su historia reciente y que vuelve a reproducir una dinámica electoral familiar, una izquierda relativamente cohesionada frente a una derecha dividida entre un sector institucional y otro que capitaliza el descontento antisistema.
La campaña ha estado dominada por tres nombres que simbolizan proyectos políticos profundamente distintos. El senador Iván Cepeda por el Pacto Histórico encarna la continuidad del bloque progresista que llegó al poder en 2022. El defensor penalista Abelardo de la Espriella representa una derecha radical que ha construido su discurso sobre la crítica frontal a las élites políticas tradicionales. La senadora Paloma Valencia, por su parte, intenta consolidar el espacio del centroderecha clásico y del uribismo histórico apelando a la experiencia institucional y llamando al voto útil.
Las encuestas publicadas antes de la entrada en vigor de la veda electoral situaban a Cepeda como favorito para la primera vuelta, con una intención de voto cercana al 40 %. Detrás aparecía De la Espriella, superando el 30 %, mientras Valencia se movía alrededor del 18 % tras despuntar con un resultado espectacular en las primarias de la derecha. Aunque los sondeos ofrecen una fotografía relativamente estable, la experiencia colombiana demuestra que los cambios de última hora pueden alterar significativamente el resultado.
La comparación con las elecciones de 2022 resulta inevitable. Entonces, Petro lideraba con claridad mientras la disputa por el segundo puesto enfrentaba al actual alcalde de Medellín, Federico Gutiérrez, y el exregidor de Bucaramanga, Rodolfo Hernández. Finalmente, Hernández logró capitalizar el voto de protesta y alcanzó la segunda vuelta. Hoy, De la Espriella parece ocupar una posición similar a la que entonces tuvo el candidato de la Liga de Gobernantes Anticorrupción (LIGA), la de candidato outsider capaz de canalizar el malestar ciudadano contra las estructuras políticas tradicionales.
Sin embargo, el contexto actual presenta diferencias relevantes. La polarización ideológica es más intensa y el debate público se encuentra atravesado por cuestiones como la seguridad, la situación económica, el sistema sanitario, la implementación de la llamada paz total y el papel que debe desempeñar el Estado en la vida económica y social del país.
El uribismo ante su espejo
La candidatura de Cepeda ha intentado movilizar a los votantes que consideran necesario consolidar las transformaciones iniciadas durante el mandato de Petro. Su discurso se basa en la defensa de las reformas que hereda del Gobierno y con la advertencia sobre un eventual retorno de sectores políticos asociados al expresidente Álvaro Uribe, el hombre fuerte del conservadurismo y el político más influyente durante los últimos 20 años. Hasta ahora, el fundador del Centro Democrático no tenía competencia, pero podría estar enfrentándose al surgimiento de una opción antisistema a su derecha.
De la Espriella, mientras tanto, ha construido una narrativa basada en la confrontación entre lo que denomina “los de siempre” y “los de nunca”. Su estrategia busca atraer tanto al electorado conservador como a votantes desencantados con las instituciones tradicionales. El crecimiento de esta candidatura, bajo su movimiento Defensores de la Patria, refleja que Colombia no se escapa de la ola ultraconservadora y populista que se ha tomado Occidente, donde figuras ajenas a las estructuras partidistas convencionales logran conectar con sectores sociales que perciben un distanciamiento entre las élites políticas y las preocupaciones ciudadanas.
Valencia afronta un desafío particularmente complejo. Su candidatura depende en gran medida de convencer a los electores de que la moderación y la capacidad de construir consensos constituyen una alternativa más viable que las opciones representadas por los extremos ideológicos, toda vez que aspira a aglutinar en una hipotética segunda vuelta los votos socioliberales de Sergio Fajardo y el centroizquierda de Claudia López, cuyos votantes suelen ser opositores a Petro, pero les costaría decantarse por De la Espriella en el balotaje. En la recta final de la campaña, Valencia ha endurecido sus críticas hacia ‘El Tigre’, intentando presentarlo como un riesgo político comparable al que atribuye a la continuidad del proyecto de izquierda.
Más allá de los nombres, la verdadera incógnita reside en la segunda vuelta. La experiencia de 2022 demuestra que los pormenores del voto útil tienen efecto. Los votos obtenidos por candidatos ideológicamente próximos no necesariamente se transfieren íntegramente en la ronda definitiva, toda vez que Gutiérrez despuntaba en segundo lugar en las encuestas hasta que, a pocos días de la veda electoral, se detectó un estancamiento mientras Hernández comenzó a emitir sus primeras señales al alza. Finalmente, el centroderechista se quedó fuera de la segunda vuelta, y Hernández perdió ante un Petro crecido por su buen desempeño en Bogotá, la Costa Caribe y el Pacífico.
La incógnita de la segunda vuelta
El escenario más probable según las encuestas apunta a una segunda vuelta entre Cepeda y De la Espriella. Sin embargo, el elevado número de indecisos y la estrecha competencia por determinados segmentos del electorado impiden descartar completamente otros desenlaces.
La campaña también ha estado marcada por preocupaciones relacionadas con la seguridad, denuncias sobre presuntas presiones de grupos armados en determinadas regiones y acusaciones cruzadas entre las distintas fuerzas políticas. Todo ello ha llevado a las autoridades electorales y a las fuerzas de seguridad a desplegar uno de los mayores dispositivos de protección de los últimos años para garantizar el normal desarrollo de la jornada electoral.
En última instancia, estas elecciones ponen de manifiesto una realidad cada vez más evidente en Colombia. El sistema político atraviesa una fase de reconfiguración profunda en la que las viejas fronteras ideológicas y partidistas conviven con nuevas formas de movilización política. La pregunta que deberán responder los ciudadanos en las urnas no es únicamente quién gobernará los próximos cuatro años, sino qué modelo de país desean construir en un contexto de creciente fragmentación y exigencia de cambios.
La primera vuelta ofrecerá las primeras respuestas. La segunda, si finalmente se confirma, pondrá a prueba la capacidad de cada bloque para ampliar sus apoyos más allá de sus bases tradicionales. En una elección tan polarizada como esta, la victoria dependerá menos de la fidelidad de los convencidos que de la capacidad para persuadir a quienes todavía buscan una alternativa capaz de representar estabilidad, cambio y gobernabilidad al mismo tiempo. @mundiario