Después de los cincuenta días de fiesta pascual, clausurados con la Solemnidad de Pentecostés, hemos retomado en la Iglesia el llamado Tiempo Ordinario. Dentro de la liturgia cristiana, se trata de una temporada extensa que abarca 33 o 34 semanas, seccionadas en dos partes: la primera se celebra terminado el tiempo de la navidad y hasta el inicio de la cuaresma, y la otra sección, terminada la pascua. Para los creyentes, todas estas realidades no son un conjunto de celebraciones y tiempos solamente; el llamado Año litúrgico no es más que la organización cristiana del tiempo, para celebrar a lo largo del mismo, la persona, la vida y la obra del Señor Jesús, es decir, el Año litúrgico cristiano es la persona misma de Cristo, quien se hace siempre presente cada vez que es celebrado, para ofrecernos la salvación a todos. Los creyentes somos invitados a recibir el don salvífico del Señor y a expresarlo en los distintos aspectos y dimensiones de nuestra vida diaria.
?Cada tiempo litúrgico celebra algún aspecto de la vida del Señor, durante el Tiempo Ordinario, celebramos todo lo que Jesús enseñó y realizó durante su ministerio público, y a partir de la doctrina contenida en su predicación y los milagros hechos, somos invitados a iluminar nuestra vida creyente. No obstante, durante el Tiempo Ordinario, también nos encontramos con algunas fiestas y solemnidades importantes, tal es el caso del presente domingo dedicado a celebrar el Misterio central de nuestra fe: la Santísima Trinidad. Se trata del misterio del ser y la vida de Dios mismo, tal como nos ha sido revelado por Jesucristo: El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, a pesar de ser tres personas realmente distintas, coexisten en la comunión más plena y perfecta que constituyen un solo Dios verdadero.
?Es verdad que la palabra Trinitas (Trinidad) no aparece en la Sagrada Escritura, es un término teológico acuñado por Tertuliano en el siglo III, pero aunque el lenguaje nuestro sea bastante limitado para expresar o definir la vida de Dios mismo, en la Iglesia hemos usado el vocablo tertulianista para señalar lo que sí enseña el Nuevo Testamento: Dios es misterio de comunión de tres divinas personas realmente distintas entre sí, y Jesús el Hijo de Dios (la Segunda persona de la Trinidad) hecho carne es quien nos ha revelado esta verdad, a la cual no hubiéramos tenido acceso por nuestra sola capacidad racional. A lo largo de los siglos, los grandes teólogos cristianos nos han ofrecido reflexiones y tratados donde se aborda este misterio del Dios Trino; entre ellos, tenemos el tratado De Trinitate de san Agustín, quizá uno de los más importantes de todos los tiempos. Allí el santo obispo de Hipona nos indica que podemos comprender(aunque no completamente) el misterio de la Trinidad, si partimos de la realidad humana.
Bajo la premisa de que hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios, las realidades humanas, sobre todo las que tienen que ver directamente con lo trascendente y espiritual, nos permiten entender algo de Dios mismo. En concreto, Agustin sugiere que para comprender la Trinidad podemos partir de dos experiencias humanas: la del conocimiento y la del amor, de tal manera que desarrolla dos esquemas en el De Trinitate que aplica, con las debidas reservas, a Dios. El segundo esquema o paradigma gozó de gran popularidad en la reflexión teológica medieval y fue desarrollado por grandes maestros como Ricardo de San Víctor. Este segundo esquema, el que tiene que ver con la experiencia del amor humano, me parece en lo personal, el más profundo y hermoso. Nos dice Agustín que, en el amor humano, nos encontramos siempre con alguien que ama (el amante) alguien quien es el destinatario del amor (el amado) y el amor mismo que dona el que ama. En la Trinidad, el Padre es el aquel que ama (el amante), el Hijo Jesucristo es el que recibe el amor del Padre (por ello es el amado) y el Espíritu Santo es el Amor mismo que el Padre entrega al Hijo y que éste recibe, a la vez que devuelve al Padre a manera de respuesta al amor recibido, desde este paradigma, la Trinidad es entendida como un misterio de comunión perfecta en el amor, porque Dios es amor (cfr. 1 Jn. 4, 8).
Se trata de un amor que unifica sin abolir la diferencia, sin destruir la individualidad; en la experiencia humana del amor podemos constatar esto, aunque no de manera plena y perfecta, por eso nuestra experiencia del amor es la que se parece en algo al Amor de Dios mismo y no al contrario. Dios no es pues, un ser solitario ensimismado y existiendo solo desde la eternidad, impasible y sin interesarse en el mundo, siendo quien mueve todo por atracción (el Motor inmóvil, el dios de Aristóteles). Dios, como nos enseña la Escritura, es el Amor que sale de sí y se entrega sin medida al otro, estableciendo una relación con él. Por eso la comunión intra trinitaria no puede ser entendida como una especie de ensimismamiento, como si las personas divinas fueran posturas o modalidades de un solo individuo que a veces se comporta como Padre, a veces como Hijo y otras tantas como Espíritu (herejía del modalismo), el amor va hacia el otro, el distinto de sí, creando comunión íntima y perfecta, de tal manera que en este caso los tres son en verdad un solo Dios, por eso la Trinidad no es politeísmo, no son tres dioses (herejía del Triteísmo).
La Trinidad, el misterio de la vida y el ser de Dios, es un misterio del Amor-comunión que siempre es salida de si y donación al otro, suscitando vida y plenitud de felicidad tanto en el que se dona como en el que recibe el don, y de este amor hemos sido convidados todos nosotros, eso es lo que nos señala la preciosa teología de esta Solemnidad. El Dios Trinidad ha creado todo lo existe, especialmente al hombre sin otro objetivo que el de darnos su amor divino por pura gracia, se trata de la autocomunicación entendida como autodonación que Dios hace de sí hacia nosotros (Rahner). La salvación misma se ha de entender desde esta lógica del amor de Dios, por eso, la Liturgia de la Palabra de este díanos ofrece el pasaje del Evangelio de Juan tan querido y citado de Jn 3, 16-18 que nos señala el amor que Dios tiene por el mundo y que se manifiesta en la donación del Hijo, para que quien crea en él reciba la vida eterna.
El pasaje pertenece a uno de los diálogos que ofrece el Evangelio, en este caso, se trata del diálogo que sostienen Jesús y el fariseo Nicodemo, éste acude de noche a ver a Jesús, y el Señor enseña aquí la importancia del bautismo entendido como nuevo nacimiento. Es decir, el pasaje de Jn 3, 16-18 pertenece a un diálogo donde se exponen las enseñanzas fundamentales sobre el bautismo, y desde ahí habrá que entenderlo. El bautismo es señalado como la condición necesaria para “ver” el Reino de Dios, es decir, el hombre requiere nacer de nuevo, de lo alto, para poder experimentar, vivir en sí mismo esta realidad que llamamos Reino de Dios y que no es otra cosa que la vivencia de una nueva relación de amor profunda e íntima con Dios, gracias a la cual, Dios comunica vida eterna al entregarse a sí mismo al hombre, uniéndolo con él, permitiendo así que entremos en su misterio de comunión en el amor. Dicho de otra manera: Dios ha enviado a su Hijo Jesucristo para que, por medio de él quedemos incluidos en el misterio del amor de Dios, entrando por medio del Hijo en la relación de amor de las tres personas divinas de la Trinidad.
La salvación eterna, la vida nueva que se recibe por el nuevo nacimiento del agua y del Espíritu no son otra cosa para nosotros los creyentes que la participación en la vida de Dios, experimentando así, ya desde esta vida, la vida eterna que produce el amor de Dios. En el texto del Evangelio de este domingo, desde luego, aparece la fe como elemento necesario para la recepción de la salvación y la vida eterna, aquí, como en otros pasajes, la fe ha de entenderse como apertura de la existencia desde la confianza total hacia Dios Que implica la doble dinámica de aceptar o recibir a Dios (al Hijo que nos ha sido enviado) y de entregarse a Dios. La fe, como respuesta al Dios que se entrega y el bautismo, son pues los elementos necesarios para entrar en esta dinámica del amor trinitario que sale de sí para transmitir al otro vida y plenitud.
La liturgia de este día a la vez que proclama esta participación en el ser mismo de Dios, nos recuerda que todos nosotros hemos sido creados a imagen y semejanza del Dios que es comunidad y relación en el amor. Por ello, la solemnidad que celebramos hoy domingo, también nos recuerda que todos nosotros estamos no solamente llamados a la comunión y unión existencial en el amor con Dios, sino también entre nosotros; el ser humano requiere del otro, de los demás, no solamente por una cuestión biológica, como si fuésemos únicamente animales gregarios, tampoco se requieren las relaciones con los otros por una mera y llana cuestión de conveniencia o contrato social, las relaciones con los otros son necesarias para nuestra plenitud existencial, la búsqueda del otro para amar es de las búsquedas más profundas que tenemos. En ello está radicada nuestra posibilidad de ser felices. El otro en este sentido no es alguien a quien matar o destruir, sino alguien a quien hay que amar (Lévinas)
El amor produce beatitud cuando este es maduro y sincero, cuando gracias a él, no solamente buscamos al otro por lo que éste puede darnos, sino que también buscamos dar, compartir lo que nosotros somos, para así promover la existencia del otro (Gabriel Marcel). El dinamismo del amor que implica este doble movimiento de salida de sí en el dar y el recibir, y que garantiza la existencia y plenitud en el ser mismo de Dios, es también, el que garantiza nuestra vida bien lograda, hemos sido creados para el amor, para amar y ser amados, creando lazos de unidad que respetan la diferencia.
La contemplación del Misterio de la comunión del amor de Dios Trinidad que realizamos este domingo, es hoy másque urgente, vivimos en un mundo muy fragmentado y lastimado por la guerra y el conflicto que se manifiesta en los distintos estratos y niveles de nuestra sociedad. El mundo siempre ha estado dividido, pero más que nunca en estos tiempos nuestros, hay quienes señalan al siglo XX (el pasado) como uno de los más sangrientos en toda la historia de la humanidad, y lo que va del presente siglo no da mejor color al respecto: hemos sido testigos a nivel internacional de conflictos, sostenidos y promovimos por políticas egoístas que no dudan en amenazar con la destrucción de culturas y pueblos enteros si estas estorban las finalidades que persiguen dichas políticas o ideologías egoístas y por lo tanto, perversas. A nivel nacional percibimos una división muy marcada por ideologías de diversa índole; curiosamente por debajo de la mesa no dejan de realizarse acuerdos secretos entre los distintos líderes opositores, el interés monetario y el poder siempre son los móviles. Mientras la comunidad entera está en constante choque y conflicto; a nivel cultural e identitario hay un creciente rechazo y oposición a todo lo que huela o sepa a España, en aras de una reivindicación de lo indigenista, el mexicano del siglo XXI ya no sabe quién es, está dividido en sí mismo; en la última década los índices de violencia intra familiar ha ido a la alza, nuestro Estado ocupa deshonrosamente uno de los primeros lugares en índices de violencia doméstica. En medio de todo este caos y división, el Misterio de la Trinidad, el Misterio de Dios resplandece invitándonos a participar de su amor que redime y sana y que nos permite crear comunión y reconciliación entre nosotros.