HUB
Publicidad Responsiva - Banner Superior
Radar Inteligente
Mundiario 01 Jun, 2026 01:46

El día en que A Coruña volvió a sentirse de Primera

Hay victorias que se celebran. Y hay regresos que se viven como una reparación sentimental. Lo que ocurrió en A Coruña durante las últimas horas de la temporada no fue únicamente una fiesta futbolística. Fue algo más profundo. Una especie de reconciliación entre una ciudad y una parte esencial de sí misma. Una conversación pendiente entre varias generaciones de deportivistas que habían aprendido a convivir con la nostalgia y que, de repente, descubrieron que los sueños también pueden regresar.

El Deportivo de La Coruña perdió su último partido de la temporada frente a la UD Las Palmas. El marcador señaló una derrota: 1-2. Pero nadie parecía dispuesto a prestarle demasiada atención. El resultado pertenecía a la estadística. La emoción pertenecía a otra dimensión. Porque el ascenso ya estaba conquistado. Porque ocho años después de abandonar la Primera División, el club coruñés había encontrado de nuevo el camino de regreso. Porque la ciudad llevaba demasiado tiempo esperando.

A medida que avanzaba la tarde, A Coruña comenzó a transformarse en una geografía sentimental teñida de blanco y azul. Desde Monte Alto hasta el paseo marítimo. Desde Riazor hasta Cuatro Caminos. Desde las terrazas abarrotadas hasta las ventanas adornadas con banderas que parecían llevar años esperando este momento.

El ascenso del club coruñés trasciende lo deportivo y se convierte en una reivindicación de identidad para una afición que nunca abandonó a los suyos

Las calles no celebraban únicamente un ascenso. Celebraban una resistencia. Durante demasiado tiempo, el deportivismo fue una lección de fidelidad en tiempos difíciles. Cuando desaparecieron las noches europeas. Cuando los descensos se fueron acumulando. Cuando el club transitó por categorías impensables para una entidad que forma parte del reducido grupo de campeones de Liga del fútbol español.

Aficionados del Deportivo camino del estadio de Riazor. / V.M. Aficionados del Deportivo camino del estadio de Riazor. / V.M.

Todos unidos bajo una misma idea

La afición permaneció. Y eso explica buena parte de lo ocurrido estos días. Las imágenes hablan por sí solas. Miles de personas acompañando al equipo. Familias enteras ocupando plazas y avenidas. Jóvenes que nunca habían visto al Deportivo en Primera y veteranos que aún conservan intacto el recuerdo de Arsenio, Bebeto, Mauro Silva o Fran. La historia del club campeón de Liga parecía reunirse en una misma fotografía.

Quizá por eso el enorme tifo desplegado en Marathón resultó tan simbólico. Allí convivían figuras legendarias como Manuel Pablo o Arsenio Iglesias junto a héroes más recientes como Xisco Jiménez y Fernando Vázquez. Todos unidos bajo una misma idea: la historia nunca desaparece del todo cuando existe una comunidad dispuesta a mantenerla viva.

La celebración comenzó mucho antes del pitido final. Miles de aficionados llenaron desde primera hora la explanada de Riazor, convertida en una inmensa fan zone donde la música, las camisetas blanquiazules y la sensación de estar viviendo algo irrepetible construyeron una atmósfera casi festiva, casi ritual. Los conciertos de The Rapants y otros artistas funcionaron como una larga banda sonora para una ciudad que parecía haber decidido suspender por un día cualquier preocupación ajena al fútbol. Y después llegó Cuatro Caminos. Siempre llega Cuatro Caminos.

Pancarta de los Riazor Blues en Riazor. / Mundiario Pancarta de los Riazor Blues en Riazor. / Mundiario

Cuatro Caminos, la cita obligada

La fuente más famosa del deportivismo volvió a convertirse en el corazón emocional de la ciudad. Más de 26.000 personas esperaron durante horas la llegada del equipo. Cuando apareció el autobús descapotable, cerca de la medianoche, la plaza estalló. No era una celebración organizada. Era una explosión de memoria acumulada.

Los cánticos se sucedían unos a otros. Los abrazos entre desconocidos parecían completamente naturales. Los fuegos artificiales iluminaban una noche que tenía algo de regreso a casa. Entre los jugadores, pocos simbolizaban mejor el camino recorrido que futbolistas como Diego Villares, Germán Parreño, Dani Barcia, Yeremay Hernández o David Mella. Algunos habían acompañado al club desde categorías inferiores. Otros crecieron en la cantera. Todos compartían una condición común: entendían perfectamente lo que significaba aquel momento.

Especialmente emocionante resultó el homenaje a los jugadores que participaron en el ascenso desde la tercera categoría del fútbol español hasta la Primera División. Una manera de recordar que las gestas deportivas nunca son instantáneas. Se construyen lentamente, con paciencia, errores, decepciones y trabajo cotidiano.

Aficionados del Deportivo tras finalizar el encuentro ante la UD Las Palmas en Riazor. / Mundiario Aficionados del Deportivo tras finalizar el encuentro ante la UD Las Palmas en Riazor. / Mundiario

La invasión, una necesidad emocional

El técnico Antonio Hidalgo resumió bien el sentimiento colectivo cuando reconoció que ni siquiera él había sido capaz de imaginar lo que encontró en A Coruña durante estos días. El entrenador catalán llega ahora a la máxima categoría acompañado por una afición que ya lo considera uno de los protagonistas de esta reconstrucción. Pero quizá la imagen más poderosa de la noche no estuvo en el escenario ni en los discursos. Estuvo en el césped. Cuando miles de aficionados invadieron Riazor al término del encuentro. Cuando los servicios de seguridad intentaban proteger a jugadores y visitantes mientras el estadio se transformaba en una gigantesca celebración espontánea. Cuando la lógica desapareció durante unos minutos y solo quedó la emoción. Aquella invasión no fue un acto de rebeldía. Fue una necesidad emocional. La necesidad de tocar físicamente un sueño que había tardado demasiado tiempo en hacerse realidad.

En algún momento de la madrugada, cuando las canciones comenzaron a apagarse y las calles recuperaron lentamente la normalidad, A Coruña comprendió que algo había cambiado. El Deportivo volvía a Primera. Pero quizá la verdadera noticia era otra. Volvía también una parte de la ciudad que parecía haberse quedado esperando durante ocho años. Y mientras miles de personas repetían una y otra vez aquel sencillo estribillo —“Voltar a Primeira, que bonito é”— resultaba difícil no pensar que algunas historias, por mucho que se compliquen, siempre terminan encontrando el camino de regreso. @mundiario

 

 

Contenido Patrocinado