Durante décadas, los puertos fueron percibidos principalmente como grandes motores económicos. Su éxito se medía en toneladas movidas, mercancías gestionadas o capacidad para atraer tráficos internacionales. Hoy, sin embargo, la ecuación es mucho más compleja. La competitividad ya no depende únicamente de la eficiencia logística. También exige demostrar que el crecimiento económico puede convivir con la protección ambiental, la transparencia y la responsabilidad social.
La reciente presentación de la Huella Ambiental del Puerto de A Coruña constituye un buen ejemplo de esa transformación. Más allá de la relevancia técnica de la herramienta, el proyecto refleja un cambio de mentalidad que se está extendiendo por todo el sistema portuario europeo. La sostenibilidad ya no es un complemento reputacional ni una cuestión reservada a los departamentos ambientales. Se está convirtiendo en un elemento central de la estrategia empresarial y de la gestión pública.
El interés de la iniciativa coruñesa radica precisamente en su ambición. Durante años, buena parte del debate ambiental se concentró en la huella de carbono. Reducir emisiones continúa siendo una prioridad ineludible, pero la realidad es mucho más amplia. La nueva metodología presentada por la Autoridad Portuaria incorpora hasta 16 categorías de impacto, incluyendo aspectos como la acidificación de los océanos, la eutrofización, la huella hídrica o la afección al capital natural.
El Puerto de A Coruña amplía la medición ambiental más allá de las emisiones de carbono. La sostenibilidad deja de ser una obligación regulatoria para convertirse en un factor de competitividad
La diferencia no es menor. Medir únicamente las emisiones de gases de efecto invernadero puede ofrecer una visión parcial de la realidad ambiental. Analizar el conjunto de impactos permite identificar mejor los riesgos, orientar inversiones y adoptar decisiones más eficaces. En definitiva, ayuda a comprender que la sostenibilidad es un concepto multidimensional que afecta a toda la cadena de valor portuaria.
La iniciativa también pone de relieve una cuestión fundamental: ningún proceso de transición ecológica puede desarrollarse en solitario. Uno de los aspectos más destacados de la jornada fue el reconocimiento a las 21 empresas que colaboraron aportando información para la elaboración de la huella ambiental. Este detalle resulta especialmente relevante porque demuestra que los objetivos ambientales solo pueden alcanzarse mediante la corresponsabilidad entre administraciones, operadores logísticos, empresas industriales y prestadores de servicios.
La colaboración público-privada se ha convertido en uno de los grandes desafíos de la economía verde. Las administraciones pueden fijar objetivos y diseñar marcos regulatorios, pero son las empresas las que deben transformar procesos, invertir en nuevas tecnologías y modificar hábitos productivos. Sin esa implicación compartida, cualquier estrategia de sostenibilidad corre el riesgo de quedarse en declaraciones de intenciones.
El contexto europeo explica en buena medida este movimiento. Bruselas ha situado la sostenibilidad en el centro de su agenda económica. La información ambiental, la trazabilidad de los impactos y los sistemas de reporte ya no son elementos voluntarios para muchas organizaciones. Forman parte de un nuevo marco regulatorio que afecta tanto a grandes corporaciones como a infraestructuras estratégicas. Quienes se adapten antes no solo cumplirán mejor las normas; también estarán mejor posicionados para atraer inversión, acceder a financiación y competir en mercados cada vez más exigentes.
En este escenario, los puertos ocupan una posición singular. Son nodos logísticos, pero también espacios industriales, energéticos y tecnológicos. De ellos depende una parte esencial de las cadenas de suministro europeas. La transición energética, el desarrollo de combustibles alternativos, la electrificación de operaciones y la economía circular encuentran en las instalaciones portuarias uno de sus principales laboratorios de experimentación.
La Autoridad Portuaria de A Coruña no parte además de cero. La renovación de certificaciones ambientales, la elaboración pionera de memorias de sostenibilidad o la implantación de sistemas avanzados de seguimiento ambiental forman parte de una trayectoria consolidada que ahora encuentra continuidad en la estrategia A Coruña Green Port. La nueva huella ambiental representa un paso más en esa evolución.
Conviene, no obstante, mantener una mirada equilibrada. Las herramientas de medición no resuelven por sí solas los problemas ambientales. Constituyen un punto de partida, no una meta. El verdadero desafío llegará cuando los datos obtenidos se traduzcan en decisiones concretas, inversiones sostenidas y mejoras verificables. La sostenibilidad no se gana con indicadores, sino con resultados.
Precisamente por eso, la iniciativa presentada en A Coruña merece atención. No tanto por lo que dice sobre el puerto actual, sino por lo que anticipa sobre los puertos del futuro. Infraestructuras más transparentes, más eficientes y más comprometidas con el entorno. En una economía cada vez más condicionada por los criterios ambientales, quienes aprendan antes a medir su impacto estarán también en mejores condiciones para reducirlo y convertir la sostenibilidad en una ventaja competitiva real. @mundiario