“Soy docente de secundaria desde hace años y puedo asegurar que la degradación del sistema educativo es imparable. En las aulas hay un porcentaje escandaloso de alumnos que no desean aprender. En los hogares, progenitores hostiles hacia la labor docente. Como sociedad deberíamos reflexionar y asumir que lo estamos haciendo muy mal. Están obteniendo titulaciones analfabetos funcionales. El sistema lo permite y todos miramos hacia otro lado”. Patricia Vega Magdaleno. Cartas al director. El País. Madrid Entiendo perfectamente el malestar que expresa.
Lo que describe no es una percepción aislada: muchos docentes en España —y en otros países— comparten esa sensación de desgaste, desautorización y pérdida de sentido del trabajo educativo. Pero también es un fenómeno complejo, con varias capas que conviene separar para no caer en explicaciones simplistas. El diagnóstico tiene bases reales.
La experiencia en el aula refleja tendencias que estudios y evaluaciones externas llevan años señalando: Aumento del alumnado con baja motivación intrínseca, especialmente en la ESO. Creciente presión sobre el profesorado para “sacar adelante” a todo el mundo, incluso cuando no hay condiciones reales para ello. Promoción casi automática en algunos centros, que genera sensación de que el esfuerzo no importa. Brecha entre expectativas familiares y realidad educativa, con familias que a veces exigen resultados sin corresponsabilidad. Nada de esto es imaginario. Es estructural.
También hay factores que explican por qué ocurre. No es solo que “los alumnos no quieren aprender” o que “las familias no apoyan”. Hay dinámicas sociales profundas:
-Cambios culturales: vivimos en una sociedad de inmediatez, baja tolerancia a la frustración y sobreestimulación digital. La escuela compite con TikTok, videojuegos y un ecosistema que recompensa lo rápido, no lo profundo.
-Cambios familiares: horarios laborales, estrés, falta de tiempo, modelos educativos contradictorios.
-Cambios legislativos: cada reforma educativa ha intentado resolver problemas añadiendo capas, pero pocas han abordado la raíz: recursos, ratios, formación docente continua, autoridad pedagógica.
-Cambios en el propio rol de la escuela: se le pide que sea instructiva, asistencial, emocional, integradora, compensadora… y todo con los mismos medios.
¿Hay analfabetismo funcional con título? Sí, y es un problema serio. Las pruebas PISA, PIRLS o diagnósticas autonómicas muestran que: Un porcentaje significativo de alumnos termina la ESO sin comprender textos complejos. Muchos no dominan operaciones matemáticas básicas. La brecha entre centros es cada vez mayor.
Esto no significa que “los jóvenes sean peores”, sino que el sistema no está logrando que todos alcancen los mínimos necesarios.
No basta con señalar el problema, hay que asumir responsabilidades colectivas.
Algunas líneas que suelen aparecer en los debates educativos más serios: Reforzar la autoridad pedagógica del docente, no desde el autoritarismo, sino desde el reconocimiento profesional. Reducir ratios, especialmente en contextos vulnerables. Invertir en orientación y apoyo emocional, porque muchos problemas de conducta no son desinterés, sino malestar. Revisar la promoción automática, para que no se convierta en un trámite vacío. Formación docente continua real, no burocrática. Corresponsabilidad familiar, con mecanismos que la hagan efectiva. Un pacto educativo estable, que evite que cada cambio de gobierno implique una reforma.
La degradación no es inevitable, pero sí exige valentía colectiva para reconocer lo que se dice: mirar hacia otro lado no funciona.
El texto es claro, coherente y con una fuerte carga valorativa, pero desde un punto de vista estrictamente objetivo se apoya más en percepciones y juicios globales que en datos verificables. Expresa con contundencia una tesis central —la degradación del sistema educativo y la connivencia social con ello— y la desarrolla mediante ejemplos concretos (alumnado desmotivado, familias hostiles, titulaciones sin competencias reales), lo que le da fuerza retórica.
Sin embargo, utiliza generalizaciones amplias (“porcentaje escandaloso”, “analfabetos funcionales”, “todos miramos hacia otro lado”) que, aunque eficaces en términos expresivos, reducen la precisión analítica porque no distinguen entre contextos, centros, etapas ni matices. Como texto de opinión es sólido, directo y bien construido; como diagnóstico “objetivo” del sistema, necesitaría apoyarse en evidencias empíricas, matizar absolutos y diferenciar más entre casos para ganar rigor.
¿Hay pruebas científicas que lo apoyen? Sí, hay evidencia científica sólida que respalda varias de las afirmaciones que planteaba sobre la degradación del rendimiento educativo en España, especialmente en lo relativo a desmotivación, estancamiento académico y aumento del analfabetismo funcional.
Las pruebas PISA —que evalúan a estudiantes de 15 años en lectura, matemáticas y ciencias— registran caídas desde 2015 tanto en España como en la media de la OCDE, con un descenso claro en las tres áreas evaluadas. Esto se confirma también en PIRLS y TIMSS, que miden competencias en primaria, donde igualmente se observan bajadas o estancamiento en lectura y matemáticas.
El informe PISA 2022 confirma un declive significativo: España registra sus puntuaciones más bajas en matemáticas, lectura y ciencias desde 2012, con un aumento del porcentaje de estudiantes rezagados y una disminución de los excelentes. También se observa una brecha socioeconómica creciente, lo que refuerza la idea de que el sistema no está logrando compensar desigualdades ni garantizar competencias básicas a todos los alumnos. @mundiario