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Mundiario 01 Jun, 2026 22:35

Los océanos empezaron a asfixiarse antes de que llegara del apocalipsis del Triásico

La extinción masiva del final del Triásico, ocurrida hace unos 201 millones de años, suele recordarse por una paradoja histórica: fue una catástrofe biológica tan profunda que eliminó cerca del 60% de las especies existentes, pero dejó intactos a los dinosaurios, permitiendo que dominaran la Tierra durante millones de años más.

Sin embargo, nuevas evidencias sugieren que aquella crisis no fue un colapso repentino, sino un proceso lento y acumulativo que comenzó mucho antes de lo que se creía. Un estudio geológico acaba de revelar que los océanos comenzaron a perder oxígeno casi ocho millones de años antes de la extinción masiva, transformando la imagen tradicional de uno de los episodios más dramáticos de la historia del planeta.

La investigación, publicada en Nature Communications Earth & Environment, aporta nuevas piezas a un rompecabezas científico que lleva décadas abierto. El trabajo liderado por investigadores de Virginia Tech señala que la desoxigenación marina —el progresivo agotamiento del oxígeno en las aguas oceánicas— no fue únicamente una consecuencia del colapso ecológico final, sino un proceso previo que debilitó lentamente los ecosistemas marinos hasta dejarlos vulnerables frente al golpe definitivo.

Desde hace años, la hipótesis dominante vincula la extinción del Triásico con gigantescas erupciones volcánicas asociadas a la fragmentación del supercontinente Pangea. Aquella actividad liberó enormes cantidades de dióxido de carbono, elevó las temperaturas globales y alteró profundamente los ciclos químicos de la Tierra.

Los científicos ya sabían que el calentamiento provocó una cadena de efectos ambientales. Cuando el clima se vuelve más cálido, la meteorización de las rocas se acelera y libera más nutrientes hacia los océanos. Ese exceso alimenta procesos químicos que incrementan la acidificación marina. Paralelamente, las aguas cálidas almacenan menos oxígeno. El resultado es una combinación especialmente dañina: mares más ácidos y con menos capacidad para sostener vida compleja.

Hasta ahora, la principal incógnita era temporal. ¿Cuándo comenzó realmente esa degradación? ¿Fue simultánea a la extinción o anterior? El nuevo estudio sugiere que el deterioro fue mucho más gradual.

Alaska guarda pistas de un océano desaparecido

Para reconstruir el proceso, los investigadores recurrieron a un archivo natural gigantesco: las rocas sedimentarias. Entre 2017 y 2022 realizaron expediciones a Grotto Creek, una zona remota del Parque Nacional Wrangell–St. Elias, en Alaska, accesible únicamente mediante pequeñas aeronaves.

Las capas de roca sedimentaria funcionan como un registro histórico de antiguos océanos. Cada estrato conserva información química sobre la temperatura, la composición del agua y la disponibilidad de oxígeno. Al comparar sedimentos anteriores, contemporáneos y posteriores a la extinción, el equipo identificó un patrón inesperado: la reducción del oxígeno en mares poco profundos comenzó aproximadamente ocho millones de años antes del colapso biológico final.

Esta conclusión cambia el marco interpretativo de la crisis triásica. Si los ecosistemas marinos ya estaban sometidos a estrés prolongado, entonces la extinción no habría sido simplemente consecuencia de un evento extremo, sino del agotamiento progresivo de sistemas ecológicos que llevaban millones de años deteriorándose.

Una crisis lenta antes del colapso definitivo

Los análisis geoquímicos muestran además que la situación empeoró drásticamente durante la fase final de la extinción. La pérdida de oxígeno se intensificó y se convirtió en uno de los factores centrales en la desaparición masiva de especies.

Este hallazgo tiene implicaciones importantes para comprender cómo funcionan las grandes crisis biológicas. Tradicionalmente, las extinciones masivas suelen asociarse a detonantes inmediatos —impactos de asteroides, supererupciones volcánicas o cambios climáticos bruscos—. Sin embargo, el estudio apunta a un mecanismo inquietante: largos periodos de degradación ambiental silenciosa que reducen la resiliencia de los ecosistemas hasta que un evento adicional desencadena el colapso.

La desoxigenación oceánica es especialmente destructiva porque afecta simultáneamente múltiples procesos biológicos. Menos oxígeno implica menos hábitats viables, cadenas alimentarias más frágiles y una mayor expansión de zonas muertas donde apenas puede sobrevivir vida compleja.

En ecosistemas marinos antiguos, la combinación de acidificación y falta de oxígeno habría alterado desde microorganismos hasta grandes depredadores oceánicos. Los mares poco profundos —zonas fundamentales para la biodiversidad— pudieron convertirse progresivamente en ambientes hostiles durante millones de años.

Ese deterioro prolongado ayuda a explicar por qué el final del Triásico fue tan severo. Las especies quizá no enfrentaron una única catástrofe, sino una acumulación de tensiones ecológicas imposibles de absorber.

La investigación abre ahora nuevas preguntas. Si la pérdida de oxígeno empezó millones de años antes, ¿cuántas otras extinciones siguieron trayectorias similares? Y, sobre todo, ¿cuántos procesos ambientales aparentemente lentos esconden transformaciones mucho más profundas de lo que indican los registros inmediatos? @mundiario

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