HUB
Publicidad Responsiva - Banner Superior
Radar Inteligente
El Diario 13 Jun, 2026 09:10

Cuando la fealdad se vuelve costumbre


Pues sí, hay otras cosas importantes de las que se ha de escribir y tratar que no sea futbol o política. Aspectos que son tan importantes de los que, por desgracia, sólo se tratan por encima. Porque o no se conocen o porque no se desea o porque simplemente, están muy por debajo del ruido que la vida provoca.

Hubo una época en que la belleza no era considerada un lujo, ni una cuestión de gustos personales, ni una simple preferencia estética. Era algo mucho más importante. Era una guía. Un ideal. Un criterio para distinguir aquello que elevaba al ser humano de aquello que lo degradaba.

Hoy vivimos exactamente lo contrario.

La discusión moderna ya no gira alrededor de qué es bello, sino de qué me gusta. Parece una diferencia menor, pero no lo es. En realidad, es una de las transformaciones culturales más profundas que ha experimentado Occidente en los últimos siglos.

Porque cuando la belleza deja de ser una realidad que se descubre y se convierte únicamente en una opinión personal, todo cambia.

Durante siglos se creyó que existían principios objetivos. La verdad no dependía de encuestas. La justicia no dependía de estados de ánimo. El bien no dependía de preferencias individuales. Y la belleza tampoco. Eran realidades que el ser humano debía buscar, comprender y transmitir a las siguientes generaciones.

Sin embargo, poco a poco apareció una visión distinta. La idea de que conceptos como verdad, bien o belleza no son más que etiquetas que colocamos sobre nuestras experiencias. El resultado tardó siglos en manifestarse, pero terminó llegando.

Hoy vemos sus consecuencias todos los días.

Si la belleza es solamente una opinión, entonces nadie puede afirmar que algo es mejor que otra cosa. Si todo es relativo, desaparece la posibilidad de educar el gusto. Y cuando desaparece la educación del gusto, desaparece también la búsqueda de la excelencia.

Por eso el problema de nuestro tiempo no es un cantante, un artista o una moda específica. El verdadero problema es que hemos dejado de preguntarnos qué engrandece al ser humano y comenzamos a preguntarnos únicamente qué lo entretiene.

La diferencia es enorme.

Para artistas como Velázquez, Mozart o Beethoven, el arte tenía una función superior. Buscaba acercar al ser humano a algo más grande que él mismo. Hoy, buena parte de la producción cultural parece conformarse con provocar reacciones, acumular seguidores o generar consumo.

Pero el daño no se limita al arte.

La belleza no vive solamente en los museos ni en las salas de conciertos. Vive en la limpieza de una calle. En el cuidado de una plaza pública. En una conversación respetuosa. En la arquitectura de una ciudad. En la puntualidad. En la disciplina. En una familia que cuida su hogar. En una persona que cumple su palabra.

Por eso la belleza es mucho más que una cuestión estética. Es un principio moral, ético y espiritual. Es una forma de ordenar la vida. Y cuando millones de personas ordenan correctamente su vida cotidiana, terminan construyendo sociedades funcionales.

La belleza reconstruye el tejido social porque enseña hábitos. Enseña atención. Enseña respeto. Enseña cuidado. Enseña excelencia.

Por el contrario, cuando la vulgaridad, el desorden y la fealdad se vuelven normales, también se normaliza la indiferencia. La basura en la calle deja de importar. La palabra empeñada pierde valor. El lenguaje se degrada. Las relaciones humanas se vuelven desechables.

Las sociedades también se deterioran cuando pierden la capacidad de admirar aquello que merece admiración. Cuando dejan de enseñar que existen cosas mejores que otras. Cuando abandonan la búsqueda de la excelencia y sustituyen el juicio por la simple preferencia.

Durante décadas nos enseñaron que la belleza era relativa. Ahora nos sorprende descubrir que también la verdad, la justicia y la moral parecen haberse vuelto relativas.

Tal vez la pregunta importante no sea si preferimos a Mozart o a Bad Bunny. Tal vez la pregunta verdadera sea otra: ¿puede una civilización conservar sus principios morales cuando deja de enseñar qué es la belleza?

Porque al final, las personas terminan pareciéndose a aquello que admiran. Y las civilizaciones también. Y eso es, El Meollo del Asunto.

Contenido Patrocinado