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El Economista 14 Jun, 2026 17:36

La tribuna grita gol: José Ramón Fernández, la voz incómoda

Leí El protagonista (Grijalbo), las memorias del periodista deportivo José Ramón Fernández. Si el lector es mexicano no necesita mayor santo y seña: Fernández es un símbolo de la televisión mexicana. Si se piensa en mundiales y olímpicos, de inmediato la imagen de Fernández y su compinche el Güiri Güiri se viene a la cabeza. Para los que crecimos en los ochenta y noventa José Ramón Fernández es como el tío que lo sabe todos los marcadores, estadísticas, jugadores participantes, que nos regaña cuando decimos alguna burrada deportiva. Es nuestro Joserra. Sin él, el periodismo deportivo mexicano no tiene potencia.

Más allá de cifras, rating, anunciantes o estilos de narrar, Joserra es la voz crítica que señala sin miedo la corrupción, la mediocridad o la maldita influencia de Televisa, las grandes calamidades del deporte mexicano. Televisa y las autoridades que tiene en el bolsillo han buscado callarlo durante cincuenta años; Joserra prevalece a punta de credibilidad—el valor más importante de un periodista—y valentía.

Lástima que Joserra sea tan inaccesible, hasta antipático. Y está bien, los periodistas no están para caerles bien a sus colegas y su voz tampoco ha de repetir las porras que sólo quedan bien en la tribuna. Su labor es otra: la de publicar lo que los poderosos no quieren que se sepa.

Joserra no hace paja de nuestros deportistas cuando fallan, como sí ha hecho Televisa. No: Joserra da el contexto que derivó en ese mal resultado, esos errores. “Errores”, sí, claro: todos sabemos que detrás de esos fracasos hay alguien que se engorda la cartera con dinero que debería ser para mejorar nuestro deporte. Y en buena medida lo sabemos gracias a Joserra y los periodistas que ha formado.

Entonces les decía que leí El protagonista, sus memorias de trinchera. El libro materialmente no es bueno, es el clásico texto en en el que la pluma no es brillante (¿quizá con la ayuda de un negro literario no muy inspirado ni talentoso para hacer entrevistas?) y uno sigue leyendo nomás por el chisme.

Pero también hay otra cosa: a Joserra hay que reconocerle que suda y sangra historia televisiva. Llegó a la televisión por error, no suyo sino de un colega. Trabajaba en un canal local de Puebla cuando se dio cuenta que un marcador estaba al revés. El juego era un Italia contra España y el narrador en turno confundió las camisetas y daba el 1-0 a Italia cuando en realidad ganaban los españoles. Joserra entró al quite, el primer locutor renunció y esa es la historia de origen del superhéroe. Joserra, el narrador que nació incómodo.

Joserra siempre le plantó cara a the powers that be desde su calidad de underdog. Lo hizo desde diversas gayolas: la televisión local poblana, el Canal 8, el canal público Imevisión, luego Televisión Azteca y actualmente con ESPN— canal que por supuesto ya no es tan underdog—.

Con o sin derechos de transmisión, ante las veleidades de los egos de sus compañeros de micrófono y los triunfos no valorados lo suficiente, Joserra se hizo a sí mismo lidiando lo mismo con burócratas que con dueños de televisoras.

Llega el chisme. El libro repasa algunas anécdotas que dan cuenta de lo complicado que es negociar con dueños de equipos los derechos de transmisión. El de Chivas en los ochenta se sentaba, sacaba su pistola y la ponía en el escritorio. Eran años apaches, aunque Joserra afirma que estos negocios siguen siendo muy difíciles, sobre todo porque Televisa se lleva la tajada del león.

Los Azcárraga son dueños semicriminales del futbol y de ese macho no lo bajan a Joserra. Personajes como Alejandro Burillo y Guillermo Cañedo, marionetas de Emilio Azcárraga Milmo, hacían lo posible para destruir a cualquiera que se atreviera a desafiar a la televisora. El enemigo principal: Joserra.

Quizá la televisión deportiva le pertenezca a Televisa, pero Joserra y sus colaboradores han logrado competir y hasta ganarle a ese cachalote monopólico. Con programas como Deportv, Los protagonistas y En caliente, Joserra y su equipo transformaron el modo de contar el deporte. Y contar como artistas: muchas veces no tenían los derechos para transmitir, por ejemplo, unos juegos olímpicos. Con resúmenes muchas veces ya tamizados por Televisa, los comentaristas de Imevisión, y luego TV Azteca, cubrían los huecos con un periodismo de investigación logrado al margen de los eventos. Nos dan manzanas podridas, regresamos sandías rojas y sabrosas.

Bajo el mando de Joserra, las transmisiones de juegos olímpicos y mundiales se transformaron. Llenaron con ingenio las carencias. Televisa podía tener a los atletas de primera mano, pero no las secciones cómicas de Andrés Bustamante, aka el Güiri Güiri, o de Víctor Trujillo, creador de personajes como Brozo o el Charro Amarillo. Ponían la transmisión de cabeza con momentos que iban de lo caótico hasta el comentario político bien calculado. Las transmisiones incluían cápsulas de cultura, arte, moda y esos reportajes anecdóticos que se conocen como “el color”. Joserra entendió que había vida más allá de los enlaces en vivo.

De ese ingenio se logró una de los grandes momentos de la televisión mexicana: la entrevista con Diego Maradona en el Mundial del 86. De algún modo Jorge Valdano, jugador también de la selección argentina, consiguió el teléfono de Imevisión y le dijo a Joserra que el equipo amaba sus transmisiones, que se reían mucho con uno de los segmentos que recogía las frases que los jugadores se dicen al calor del juego. Valdano les consiguió la entrevista con el Diego, que se logró justo una tarde antes del juego contra Inglaterra en el que los dioses tocaron a Maradona y él les regresó la mano.

Otro hito: Joserra estuvo en el centro del episodio triste de los cachirules que nos dejó fuera de Italia 90. Se dio a conocer que el equipo mexicano llevaba al Mundial sub-20 jugadores que rebasaban el límite de edad. El desmadre se armó cuando el periodista Antonio Moreno llevó la nota y Joserra fue uno de sus altavoces. Ni Guillermo Cañedo, con toda su influencia en la FIFA—era gran amigo del corruptísimo Joao Havelange, cabeza de ese órgano—, pudo salvar la situación. Nos quedamos sin mundial y se perdió una gran generación de nuestro futbol, sobre todo un Hugo Sánchez en su prime con el Real Madrid.

Les digo que El protagonista tiene buen chisme y siquiera por eso hay que leerlo. Por supuesto que al libro le falta humildad. Joserra en primera persona se pone a sí mismo como héroe, el único iluminado: no lo es. Por ejemplo, en un momento dice que nadie se acuerda de Garrincha cuando el gran estadio de la ciudad de Brasilia lleva precisamente el nombre del inolvidable cascorvo Mané.

Sea como nota al pie: cómo detesta Joserra a David Faitelson. Aquí y allá le tira cacayacas hasta acusarlo de un episodio muy desagradable que narra en la última sección del libro. Otro colaborador que no sale bien parado es André Marín, pero Joserra cumple esa vieja conseja de que de los muertos no se habla mal.

Si Joserra fuera un director técnico diríamos que es un formador, pues bajo su guía se lograron varios periodistas y personajes, desde el Güiri Güiri hasta la dupla de Luis García y Christian Martinoli, el equipo comentarista y narrador más exitoso de la última época del futbol mexicano.

Sí, El protagonista no se lleva la palma a las memorias mejor escritas ni mucho menos y Joserra me resultó muy antipático, pero se deja leer. Es revelador aunque no sea muy brillante. Muchas veces con eso basta para sacar el resultado.

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