Empiezo con un aviso previo: solo ha habido un deporte al que siempre he prestado atención y practicado con cierta asiduidad, cuando la edad y las circunstancias familiares y sociales me lo permitieron: la montaña, escalada incluida. Con esa referencia, mi opinión sobre el fútbol está condicionada y no puede ser buena; los valores y la ética de la montaña y del fútbol son contrapuestos.
El actual e invasivo espectáculo lo primero que trae a mi pensamiento son términos o frases como “pan y circo” u “opio del pueblo”. Intentaré razonar lo anterior desde otra de mis aficiones: la sociología.
Desde siempre, en cualquier sociedad, sus dirigentes políticos (la política es uno de los componentes de la sociología, posiblemente el más importante, pero no el único) han intentado vertebrar y controlar al conjunto de los colectivos humanos de sus civilizaciones basándose en determinados valores y comportamientos comunes, frecuentemente mediante el uso de la violencia y la coacción psíquica. Pero la historia ha demostrado que crear identidades nacionales estables que permitan una convivencia a largo plazo resulta más sencillo y productivo mediante otros factores, como la religión, la ideología o la moral que la clase dominante considere adecuada.
Cuando alguno de los factores vertebradores clásicos ha perdido eficacia, las clases dominantes acuden a la imposición o al circo y a la felicidad inducida. Desde mediados del siglo XX y hasta hoy mismo, consumismo y deportes varios están dando buenos resultados entre lo que Ortega y Gasset llamó las masas.
Es difícil encontrar en la historia reciente un ejemplo más contundente que el actual, omnipresente e intrusivo espectáculo, el negocio multimillonario llamado Copa Mundial de Fútbol, capaz de generar extremas identidades nacionales y comportamientos violentos tipo “hooligan”; quizá una expresión cercana en español sea comportamientos irracionales, pero creo que se queda algo corta.
Cierto es que este deporte, también otros, pero especialmente el fútbol, es un extraño camino de promoción social para superar desigualdades sociales, estrecho sendero por el que unos pocos pueden pasar desde la pobreza absoluta a una riqueza material insultante para la inmensa mayoría de las personas, con excepción de aquellos que los convierten en sus ídolos.
La función de esos procesos minoritarios, muy minoritarios, no es algo ingenuo. En el fondo cumple una poderosa función ideológica que oscurece graves desigualdades sociales de clase y limita otras lógicas ambiciones profesionales y culturales entre quienes no pertenecen a la clase dominante. Ejemplos próximos han demostrado cómo, mediante ese señuelo esperanzador, se ocultan o disimulan problemas de género: las españolas campeonas del mundo podrían ser un ejemplo paradigmático; o de raza: los grandes equipos consiguen “nacionalizar” al emigrante dotado para su deporte, mientras que sus hermanos bordean la expulsión.
Aviso final: al releer lo escrito caigo en que los virus que hacen circular este tipo de eventos son contagiosos. A mí también me afectan. Tengo que confesar que me gusta y me da placer que ganen “los míos”, a pesar de que nunca he visto un partido televisado y no tengo intención de verlo. @mundiario