Cada 17 de mayo Galicia celebra algo más que una conmemoración literaria. El Día das Letras Galegas se ha convertido, con el paso de las décadas, en una especie de espejo colectivo donde la comunidad gallega observa su relación con la lengua, con la cultura y, en buena medida, consigo misma. La edición de este año, dedicada a la escritora y periodista Begoña Caamaño, ha tenido además un tono especialmente simbólico: el reconocimiento a una figura que unió literatura, activismo feminista, defensa del gallego y compromiso periodístico en una misma trayectoria vital.
La imagen de 30.000 personas cantando el himno gallego en Riazor antes del Deportivo-Andorra, el homenaje institucional en Santiago o el acto celebrado en la Puerta del Sol de Vigo reflejan que el gallego continúa ocupando un lugar emocional profundo en la sociedad. Pero también evidencian una paradoja que Galicia arrastra desde hace años: nunca hubo tantas muestras públicas de reivindicación cultural y, al mismo tiempo, nunca existió tanta preocupación por el retroceso cotidiano del uso social de la lengua, especialmente entre los más jóvenes.
Begoña Caamaño representa precisamente esa idea de la lengua entendida no como una pieza de museo, sino como una herramienta viva de expresión, libertad y pensamiento crítico. La frase recordada durante los actos —“nomear é un acto de poder”— resume bien una trayectoria intelectual marcada por la convicción de que las palabras no son neutrales. En su caso, escribir en gallego no respondía únicamente a una elección estética o sentimental, sino también a una posición ética y política en el sentido más amplio del término.
El presidente de la Xunta, Alfonso Rueda, acompañado del conselleiro de Cultura, José López Campos, presidió la sesión plenaria de la Real Academia Galega con motivo del Día das Letras Galegas. / Mundiartio
Begoña Caamaño simboliza una Galicia que vinculó lengua, periodismo y compromiso social. El gallego vuelve al centro del debate político y cultural sobre la identidad gallega
Resulta significativo que el homenaje de este año haya puesto tanto énfasis en su condición de periodista. Durante mucho tiempo, las Letras Galegas estuvieron asociadas sobre todo al ámbito literario clásico, a figuras históricas vinculadas a la poesía o la narrativa. La elección de Caamaño amplía esa mirada y reconoce también el papel de quienes defendieron el idioma desde los medios de comunicación, desde la radio o desde el análisis público de la realidad gallega.
Y, junto a ello, emerge otra cuestión que atraviesa este Día das Letras: la desigual presencia femenina en el canon cultural gallego. Alfonso Rueda recordó que solo siete mujeres han sido homenajeadas individualmente en más de seis décadas de celebración. El dato refleja un desequilibrio histórico evidente, aunque también una evolución progresiva de las instituciones culturales hacia una visión más plural de la creación en gallego. La propia figura de Caamaño conecta con una generación de mujeres que contribuyeron a normalizar la presencia femenina en espacios intelectuales, periodísticos y literarios tradicionalmente dominados por hombres.
Sin embargo, más allá de los homenajes y los discursos, la gran cuestión sigue siendo el futuro real del idioma. Ahí es donde el debate se vuelve inevitablemente político. El presidente de la Xunta insistió en la necesidad de un “pacto por la lengua realista y consensuado”, apelando a la idea de que el gallego debe escapar de la polarización ideológica. No deja de ser una aspiración razonable. Pocas cosas resultan más estériles que convertir una lengua en un arma partidista.
Pero el problema es más complejo de lo que sugieren los llamamientos institucionales al consenso. La situación sociolingüística gallega lleva años mostrando señales contradictorias: el gallego conserva prestigio cultural y presencia institucional, pero pierde hablantes habituales en determinados entornos urbanos y entre nuevas generaciones. La transmisión familiar disminuye, mientras el castellano y el ecosistema digital globalizado dominan buena parte del espacio cotidiano de los jóvenes.
Ahí reside probablemente el gran desafío. El futuro del gallego no dependerá únicamente de decretos, discursos o celebraciones anuales, sino de su capacidad para seguir siendo útil, natural y atractivo en la vida diaria. En las redes sociales, en las plataformas audiovisuales, en la música, en el entretenimiento y en las conversaciones espontáneas. Las lenguas sobreviven cuando se usan sin obligación y sin complejos.
Por eso adquiere importancia el mensaje repetido durante la jornada: “convencer, jamás imponer”. La frase resume uno de los grandes equilibrios que Galicia lleva décadas intentando construir. La protección de una lengua minorizada exige políticas públicas activas, pero también necesita evitar que parte de la sociedad perciba el idioma como un instrumento de confrontación. El reto consiste en combinar protección institucional con afecto social.
En ese contexto, el Día das Letras Galegas mantiene intacta su utilidad simbólica. Funciona como recordatorio anual de que la lengua no pertenece a ningún partido, ni a una ideología concreta, ni siquiera exclusivamente a quienes la hablan habitualmente. Como recordaba Xesús Alonso Montero, el gallego “é de todos”. Quizá esa siga siendo la idea central que Galicia necesita preservar en tiempos de polarización creciente. Porque, al final, un idioma no es solo una herramienta de comunicación. Es una manera de mirar el mundo, de interpretar la memoria y de construir comunidad. Y ahí radica precisamente la vigencia de Begoña Caamaño: en haber entendido que defender una lengua significa también defender la posibilidad de seguir narrando Galicia con voz propia. @mundiario