La Unión Europea afronta uno de los periodos geopolíticos más complejos de su historia reciente. La invasión rusa de Ucrania, la incertidumbre sobre el compromiso estratégico de EE UU con Europa, la creciente rivalidad con China y la escalada de conflictos en Oriente Próximo han colocado a Bruselas ante desafíos que exigen una acción exterior coherente, rápida y eficaz. Sin embargo, el debate que hoy domina los pasillos comunitarios no gira únicamente en torno a estas amenazas, sino a una cuestión más básica como quién dirige realmente la política exterior europea.
La tensión entre la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, y la Alta Representante para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad, Kaja Kallas, se ha convertido en el epítome de un problema estructural que acompaña a la Unión desde la entrada en vigor del Tratado de Lisboa. La coexistencia de varias instituciones con competencias compartidas en materia exterior ha generado históricamente zonas grises, pero la actual coyuntura internacional ha amplificado esas fricciones hasta niveles difíciles de ocultar.
Formalmente, los tratados europeos son claros. La Alta Representante es la responsable de coordinar la acción exterior de la Unión y de ejecutar las decisiones adoptadas por los Estados miembros. Sin embargo, la evolución política de los últimos años ha fortalecido extraordinariamente el papel de la Comisión y, especialmente, de su presidenta. Von der Leyen ha asumido una presencia internacional sin precedentes para un presidente de la Comisión, impulsada por crisis sucesivas que han demandado liderazgo político inmediato.
Esa acumulación de protagonismo ha generado incomodidad en sectores de la diplomacia europea y en varias capitales. Algunos gobiernos consideran que la Comisión ha ido construyendo estructuras paralelas de influencia que reducen el margen de actuación del Servicio Europeo de Acción Exterior (SEAE). Otros perciben que la creciente centralización de decisiones en torno a la Presidencia erosiona los delicados equilibrios institucionales diseñados para garantizar la participación de los Estados miembros.
Sin embargo, la controversia no se explica únicamente por el avance de Von der Leyen. También existe un creciente debate sobre la gestión de la ex primera ministra estonia al frente de la diplomacia europea. Diversos gobiernos consideran que su actuación ha estado excesivamente centrada en Rusia y Ucrania, mientras otras crisis internacionales han quedado en un segundo plano. Algunos diplomáticos cuestionan además determinadas declaraciones públicas y decisiones que, a su juicio, han dificultado la construcción de consensos entre los Veintisiete.
Algunas capitales critican la gestión de Kallas
Las críticas no implican un rechazo a la línea de firmeza frente al Kremlin, ampliamente compartida por buena parte de la Unión. El problema radica en que la política exterior europea exige una visión global que abarque simultáneamente múltiples escenarios de crisis. En un mundo marcado por la competencia entre grandes potencias, la capacidad de Bruselas para proyectar influencia depende tanto de su unidad política como de su flexibilidad diplomática.
La filtración de propuestas francesas para reformar el sistema diplomático europeo ha puesto de manifiesto precisamente ese malestar. Aunque las opciones planteadas son diversas y van desde reforzar el papel de Kallas hasta reorganizar completamente las competencias del SEAE, el mero hecho de que este debate haya emergido públicamente refleja la existencia de dudas sobre el funcionamiento actual del modelo.
La paradoja es que ni la Comisión ni el Servicio Exterior parecen disponer por sí solos de la solución. Concentrar aún más poder en la Comisión podría alimentar las críticas sobre el carácter presidencialista de la actual estructura comunitaria. Transferir competencias al Consejo supondría confiar la política exterior a un órgano donde la unanimidad sigue bloqueando numerosas decisiones estratégicas. Y mantener el sistema actual sin reformas amenaza con perpetuar los problemas de coordinación que ya son visibles.
La política exterior de la UE
El verdadero desafío para la Unión Europea no es decidir quién gana esta disputa institucional, sino evitar que la rivalidad termine debilitando su capacidad de actuación internacional. Mientras Washington, Pekín y Moscú operan con estructuras de mando mucho más definidas, Bruselas corre el riesgo de proyectar una imagen de fragmentación precisamente cuando más necesita demostrar cohesión.
La confrontación entre Von der Leyen y Kallas es, en realidad, el reflejo de una pregunta más profunda que Europa lleva años evitando responder, cómo ejercer una política exterior verdaderamente común en una unión de 27 Estados con intereses, prioridades y sensibilidades diferentes. La respuesta determinará no solo el futuro de las instituciones europeas, sino también la capacidad de la Unión para defender sus intereses en un escenario internacional cada vez más competitivo.
Por eso, más allá de nombres propios o disputas burocráticas, lo que está en juego es la credibilidad estratégica de Europa. Y en un momento de máxima incertidumbre geopolítica, la Unión difícilmente puede permitirse que sus luchas internas eclipsen su voz en el mundo. @mundiario