Estoy rodeado de muchísima gente, codo a codo, como decía Mario Benedetti, pero en este caso sí somos mucho más que dos: somos miles de mexicanos en el FanZone del Ángel, gritando a todo pulmón, riendo y saltando y bailando, pero cae el tercer gol de Inglaterra y algo cambia en el aire. Se siente, aunque se oculte, la desesperanza, el ritmo del corazón se vuelve lento y surgen de la memoria colectiva frases como “jugamos como nunca y perdimos como siempre”. Veo el llanto en algunos, el enojo en varios, pero la fiesta sigue, aunque ya se sabe que esta vez no será frente al sol del amanecer.
¿Perdimos realmente? Porque nos sentimos derrotados, pero ¿sí perdimos? ¿Qué haremos después? Al igual que el futbol, éstas no son sólo preguntas sobre un juego sino sobre la vida misma. Creo que en México no sabemos perder, no estamos educados ni equipados en ningún sentido para lidiar con el fracaso, pero sí con la derrota. Ese es el punto fino: las historias de todas las naciones están llenas de fracasos, pero sólo la nuestra está plagada de derrotas. El fracaso es temporal y te impulsa a seguir avanzando, la derrota te define y te deja en un lugar del que ya no sales, como el Comala de Pedro Páramo que nos convierte en muertos que no saben que lo están, pero que hacen del lamento su segunda identidad.
¿Qué tiene que ver esto con la economía? Todo. En los Estados Unidos, por ejemplo, existe toda una cultura de la quiebra. Cuando un empresario quiebra no es el fin del mundo ni es borrado del mapa, porque los mecanismos legales que ordenan la bancarrota están orientados a la recuperación para volver a intentarlo. La sociedad estadounidense sabe que ahí no se acaba, sino que es un paso más para el éxito. En cambio, en México quebrar significa una derrota personal y espiritual, es caer en desgracia. Cuando estamos quebrados, el sistema se encarga de que no vuelvas a intentarlo, porque si ya quebraste una vez se corre el riesgo de volver a hacerlo.
Estoy contento porque, en números y en pesos, el juego continúa. A esta altura del Mundial, se ha alcanzado la derrama económica a nivel nacional estimada de 55 mil millones de pesos, cifra que quedará rebasada puesto que faltan algunos días para la conclusión del torneo. En la capital es de casi 19 mil millones de pesos en la economía formal, más los 2 mil 100 millones de la informal. A esto hay que sumar algo que nadie ha mencionado entre tanta fiebre mundialista: lo generado por las celebraciones de fin de ciclo escolar, que significará una derrama nacional estimada en 15 mil 300 millones de pesos. Hablo de los servicios que contratarán los 35 millones de estudiantes mexicanos: imprentas, salones de fiestas, banqueteros, ropa, joyería, agencias de viajes…
En la Ciudad de México, 160 mil jóvenes egresados de la educación superior se enfrentarán a una realidad muy dura. Unos emprenderán en medio de la incertidumbre y de una economía desgastada; otros, la mayoría, no encontrarán trabajo en su área y buscarán la forma de tener empleo, formal o no, pero no se rendirán, simplemente porque no existe esa posibilidad en sus vidas. Muchos de ellos se equivocarán y fracasarán varias veces. Nos corresponde a nosotros enseñarles que es posible (y necesario) levantarse cuando nos caemos. Nadie nos dijo que la vida no dolería, pero vale toda la pena vivirla. Ojalá que las graduaciones motivaran una inversión pública tan grande como la que implicó el Mundial. Que Dios nos bendiga y acompañe a los recién egresados. ¡Felicidades!