
La esencia de la democracia no la determina el género; se obtiene y se fomenta mediante acciones respaldadas en el respeto a la libertad y, en el caso electoral, en la obediencia a la voluntad del ciudadano. Es el elector quien decide quién debe conducirla a través de la elección, cuyos resultados le favorezcan y, a su vez, reconozca con madurez cuando alguna decisión no le beneficia.
La democracia no establece que en una elección los candidatos deban ser en número igual hombres y mujeres. Esa paridad está suscrita para los partidos políticos en su manejo interior, es decir, en un contexto forzado con el objetivo de equilibrar la balanza entre géneros.