
Por Anatole Kaletsky, Project Syndicate.
LONDRES- Es casi seguro que en las próximas semanas, el gobernante Partido Laborista del Reino Unido elegirá un nuevo liderazgo en reemplazo del muy impopular primer ministro británico Keir Starmer. Pero la perspectiva no ha alentado esperanzas de renovación política o económica. En los medios de comunicación británicos y, lo más importante, en los mercados financieros mundiales hay consenso en que cualquier modificación de las políticas del fallido gobierno de Starmer sólo empeorará las cosas. Nos recuerda la pregunta que hizo el primer ministro ultraconservador de la época victoriana, lord Salisbury: “¿Cambiar? ¿Cambiar? ¿No están las cosas ya lo bastante mal?”.
Pero hay buenas razones para creer que el consenso es erróneo. Para empezar, todos los posibles sucesores de Starmer ahora reconocen de manera explícita que aumentar el crecimiento económico es condición no sólo para la solvencia fiscal, sino también para la supervivencia política del laborismo. En segundo lugar, todos los aspirantes comprenden de modo implícito (aunque no lo admitan abiertamente) que la incapacidad del laborismo para impulsar el crecimiento económico ya estaba predeterminada por un pecado original de la campaña de Starmer en 2024.
Starmer prometió transformar la mala situación económica creada por catorce años de gobiernos conservadores fallidos, pero sin abandonar ninguna de las políticas macroeconómicamente más significativas de esos gobiernos. En concreto, el programa electoral de Starmer incluía dos compromisos absurdos que lo dejaban sin chances de mejorar el desempeño económico británico: la promesa de aferrarse a previsiones fiscales irreales, sin un aumento generalizado de impuestos; y respetar las «líneas rojas» de los conservadores respecto de la relación del país con Europa tras el Brexit.
Puesto que la austeridad fiscal y el Brexit fueron las causas principales del malestar económico y político que el laborismo prometió remediar, Starmer estaba condenado al fracaso. Para tener éxito, quien lo suceda debe abandonar uno de los compromisos mencionados o ambos. Tal vez la opción de descartar las «líneas rojas» trazadas por los conservadores en lo referido a Europa sea más atractiva que un aumento generalizado de impuestos. Un reacercamiento económico a Europa daría un impulso inmediato a la economía británica y al apoyo político interno al nuevo gobierno.
En este décimo aniversario del referéndum sobre el Brexit, los costos económicos de la salida de la Unión Europea ya son demasiado evidentes como para poder negarlos. Estimaciones fiables de los daños oscilan entre un mínimo de 1 % y un catastrófico 8 % de caída del PIB. Ya ni siquiera los brexiteros más convencidos lo ponen en duda, aunque insisten en que los padecimientos relativos son «un precio que vale la pena pagar» por restaurar la soberanía nacional.
En cualquier caso, una política de reacercamiento a Europa puede beneficiar al próximo gobierno incluso más que una situación económica favorable. Según las últimas encuestas, el 57 % de los votantes ahora cree que la salida de la UE fue un error; en opinión del analista electoral más respetado del país, John Curtice, esto equivale a un «rechazo decisivo y sistemático del Brexit».
Además, la decepción no es sólo económica. El Brexit no cumplió las promesas de sus defensores. En vez de disminuir, la inmigración neta creció a casi el doble (de 240 mil personas en 2016 a 431 mil en 2024), y la cantidad de inmigrantes no europeos (atraídos por familias y empleadores, incluido el propio gobierno) superó con creces la expulsión de ciudadanos de la UE.
El cambio de actitudes hacia Europa también recibió un fuerte impulso de una transformación demográfica que seguirá erosionando el apoyo al Brexit. Se estima que desde el referéndum de 2016, han fallecido tres millones de votantes de edad avanzada (principal base de apoyo del Brexit) y se han incorporado a los padrones 2,5 millones de votantes jóvenes (mayoritariamente contrarios al Brexit), a los que a partir de las próximas elecciones se les sumarán las personas de 16 años.
Aún más importancia política para el nuevo gobierno tendrán los argumentos tácticos a favor de un cambio en la relación con la UE. Como cualquier reinicio genuino de la relación bilateral demandará negociaciones que se extenderán mucho más allá de las próximas elecciones generales (previstas a más tardar para agosto de 2029), el nuevo gobierno puede, técnicamente, sostener durante esta legislatura las promesas de campaña que hizo el laborismo en 2024 y al mismo tiempo preparar la anulación de las «líneas rojas» de gobiernos anteriores. El proceso podría comenzar con un debate serio sobre el futuro europeo del RU, que incluya temas tabú como la libre circulación de personas y un posible retorno a la pertenencia plena a la UE.
El mero anuncio de cambios semejantes tras los comicios de 2029 sería transformador. Desde el punto de vista económico, la posibilidad de un retorno al mercado único europeo daría un gran impulso a la confianza empresarial y reavivaría el interés de los inversores por los activos británicos, incluidos los títulos públicos. Y en el plano político, ofrecería una visión unificadora a los votantes progresistas e internacionalistas que hoy están divididos entre el laborismo, los verdes y los liberaldemócratas.
Esta división tripartita de la izquierda fue una bendición para el ultraderechista partido Reform UK de Nigel Farage, que con un 30 % de los votantes (formado sobre todo por brexiteros a ultranza y votantes antiinmigración) arrasó en las elecciones de nivel local, gracias al sistema electoral británico de mayoría simple uninominal. Dado que el 83 % de los votantes laboristas, el 84 % de los liberaldemócratas y el 82 % de los verdes afirman que les gustaría revertir el Brexit, Europa es el único tema creíble que puede movilizar un «voto táctico» de la mayoría de los votantes británicos: apoyar la candidatura proeuropea que tenga más posibilidades de derrotar a los conservadores y a Reform UK en cada distrito.
Según un análisis reciente de Ipsos, el compromiso de celebrar un referéndum sobre la reincorporación a la UE aumentaría del 31 % al 45 % el porcentaje de votantes dispuestos a contemplar un voto al laborismo, y reduciría del 62 % al 43 % el porcentaje de los no dispuestos. También «mejoraría el atractivo del laborismo entre los simpatizantes de todos los demás partidos», al aumentar «entre 13 y 16 puntos la proporción de quienes considerarían votar al laborismo, en todos los grupos, incluidos los posibles votantes conservadores (del 26 % al 41 %) y los posibles votantes de Reform UK (del 18 % al 31 %)».
En el ámbito de la relación RU?UE, la conveniencia política y la lógica económica apuntan en la misma dirección. Si el nuevo liderazgo del Partido Laborista promete reconsiderar el Brexit, la consiguiente mejora de la confianza empresarial y del entusiasmo de los votantes hará el resto del trabajo pesado. Y tras seis gobiernos fallidos consecutivos y años de malestar económico, tal vez el RU tenga su primer gobierno exitoso en un decenio. Copyright: Project Syndicate, 2026.
Anatole Kaletsky, economista principal y copresidente de Gavekal Dragonomics, es el autor de Capitalism 4.0: The Birth of a New Economy in the Aftermath of Crisis (PublicAffairs, 2011).