
Olivier Messiaen (1908-1992), tenía veinte años cuando compuso Le banquet céleste (El banquete celeste, 1928). Pieza inquietante para el organista, puesto que exige un control férreo del tiempo, una sólida técnica de legato e independencia de las texturas en las manos y el pedal, así como otros aspectos interpretativos no menos demandantes.
A pesar de tener sólo 25 compases, la pieza dura entre 7 y 8 minutos debido a la indicación de tempo extremadamente lenta: Trés lent, extatique (Muy lento, extático). De esta manera Messiaen plasma la eternidad. El efecto es del tiempo detenido, los acordes ligados flotan como la luz a través de un vitral. La poesía de esta obra se intensifica hacia la mitad de ella, cuando el pedal del órgano interviene con notas breves en staccato (utilizando un registro agudo de 4 pies). Messiaen especifica, en el manuscrito original, que estas notas en el pedal representan las gotas de la sangre de Cristo que caen lentamente en el sacrificio de la cruz. A pesar del carácter programático de la pieza, el organista no debe tocarla de forma lineal o narrativa como se tocaría una obra del período romántico de estas características.
Messiaen trató de anular la sensación del tiempo humano para entronizar la del tiempo divino (la eternidad). Cada bloque de acordes es un color en sí mismo que debe “habitarse” en una actitud mística, contemplativa. El banquete celeste no exige agilidad, acrobacia o desplazamientos, sino una actitud de hierro en el silencio, la respiración y la inmovilidad. Messiaen, a corta edad, logra describir en plasmas sonoros la idea de la eternidad, concepto teológico y filosófico elusivo como complejo. Su idea cristaliza al estirar la música al límite, aboliendo el pulso “normal”, de manera que el ritmo deja de percibirse como movimiento, para percibirse como inmovilidad; la ausencia de pulsación es tan evidente que no se siente dónde empieza y termina el compás. En algún momento de la pieza el oyente siente que la música flota, ajena al reloj biológico, terrenal.