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El Financiero 20 Jun, 2026 22:07

¿Son los resultados en el Mundial un espejo del desarrollo?

Desde 1930, más de 80 países han disputado las 22 ediciones de la Copa del Mundo. Sin embargo, solo ocho han levantado el trofeo. Cinco de Europa: Italia, Francia, Alemania, España e Inglaterra; y tres de Sudamérica: Brasil, Argentina y Uruguay.

La pregunta que ronda por igual a economistas y aficionados es por qué solo un puñado de naciones domina un juego tan universal. El semanario The Economist intentó responderla con un modelo construido sobre las calificaciones Elo, el sistema heredado del ajedrez para asignar un valor a los equipos en función de un modelo matemático, y se parece al que usa la FIFA, llamado SUM, para rankear selecciones en función de los resultados que obtienen a lo largo del tiempo.

El hallazgo de The Economist es interesante en términos económicos: los factores más influyentes son la riqueza, la población, la estatura y la geografía. Juntos explican cerca del 70% de la variación entre selecciones. Es, en esencia, algo parecido a una función de producción.

La riqueza financia entrenadores, instalaciones y formación juvenil; la población amplía el caudal de talento; la estatura —el modelo sugiere un óptimo cercano a 181 centímetros para los jugadores de campo— aporta capital físico.

Pero, como en el crecimiento económico, ningún insumo basta por sí solo. Estados Unidos es riquísimo, aunque su dinero deportivo fluye más hacia otros juegos; las petromonarquías del Golfo son fabulosamente ricas y futboleras, y aun así decepcionan, no ganan mundiales.

La variable más poderosa es la que ningún gobierno controla: la geografía y la cultura deportiva que arrastra consigo. Las selecciones sudamericanas promedian unos 640 puntos Elo más que las asiáticas —una ventaja que se traduce en ganarles más de nueve de cada diez veces—. Incluso, descontando diferencias de ingreso, población y físico, la brecha apenas se estrecha a 492 puntos.

Europa goza de un privilegio análogo: alberga más de 200 mil entrenadores, muchos más que cualquier otra confederación. España, con menos del 5% de la población de India, cuenta con más de dos mil técnicos de la máxima licencia continental; India, apenas medio centenar.

El éxito futbolístico es profundamente dependiente de la trayectoria: el mejor predictor de dónde se ubica hoy una selección es dónde se ubicaba hace décadas.

Cuatro de cada cinco países que figuraban en el cuartil superior de la tabla Elo, de la clasificación global en 1976, siguen ahí. Como las naciones que se industrializaron temprano, las potencias futboleras acumulan ventajas que se refuerzan solas.

No es, sin embargo, un destino sellado. Japón ofrece la vía lenta y costosa: la inversión en capital humano. Su economía y su población llevan tres décadas estancadas, pero en 1992 refundó su liga y lanzó un “Plan de Cien Años” para crear 100 clubes profesionales hacia 2092, con academias juveniles obligatorias y una doctrina técnica que estudia y replica las tendencias globales. El enfoque es de abajo hacia arriba, lo opuesto al esfuerzo centralizado y fallido de China. El resultado: en Qatar venció a Alemania y a España, y hoy figura entre los candidatos a sorprender.

La otra ruta es más rápida y se parece a financiar el desarrollo con remesas: importar talento. Senegal ha escalado nutriéndose de una diáspora formada en academias europeas; la mitad de sus convocados son hijos de migrantes, sobre todo en Francia. Curazao llegó a este Mundial con 96% de jugadores nacidos en el extranjero, y Cabo Verde con 62%. No son rarezas: la proporción de futbolistas que representan a un país distinto al de su nacimiento saltó de 9% en 1994 a 24% hoy. Un estudio halló que las selecciones con más jugadores nacidos fuera avanzan más lejos. Marruecos lo probó en Qatar: primer semifinalista africano, con 14 de 26 convocados nacidos en el extranjero.

¿Quién levantará la copa?

Con esa cuadrícula sobre la mesa, ¿qué dicen los modelos para 2026? Los datos de Opta Analyst, tras 25 mil simulaciones, corona a España como favorita, aunque con apenas 16.1% de probabilidad; ningún equipo supera el 20%, señal del Mundial más abierto en décadas. La siguen Francia (en torno a 13%), Inglaterra (11%) y la Argentina campeona (poco más de 10%). El eje euro-sudamericano que predice la geografía sigue intacto. Los tres anfitriones quedan relegados: Estados Unidos con 1.2% y México con 1.0%.

Los primeros resultados confirman y matizan el guion. Alemania goleó 7-1 a Curazao y Francia superó 3-1 a Senegal, pero España apenas empató con Cabo Verde, ese seleccionado de futbolistas nacidos fuera que encarna la tesis migratoria.

Entre los caballos negros, Marruecos manda en su grupo tras frenar a Brasil, Japón vuelve a seducir y Noruega, con Haaland, asusta. Si la historia enseña algo, el campeón saldrá del bloque tradicional; pero los disruptores que combinan estrategia y migración son los únicos que han demostrado cómo agrietar el oligopolio.

¿Y México?

México, que arrancó con paso firme y ya está en la siguiente ronda, ilustra la moraleja: la localía electriza, pero los factores estructurales imponen techos. Como en la economía, ganar el Mundial exige algo más que entusiasmo y un sorteo amable: capital, talento, instituciones y, sobre todo, una apuesta de largo plazo. Esa, y no otra, es la verdadera coordenada del éxito.

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