En materia de crimen organizado, hay un aspecto importante del fenómeno que es el relacionado con el dinero, los activos líquidos, la ingeniería fiscal, contable y financiera directamente conectada con la delincuencia. O, como dijo Deep Throat a los investigadores del Watergate: “sigan el dinero”.
Pongámoslo de la siguiente forma: las organizaciones criminales tienen un portafolio de negocios cada vez más diversificado y complejo. De sus giros tradicionales -producción, tráfico y comercialización de estupefacientes- se han ampliado a contrabando de combustible, transporte, extorsión, residuos sólidos y un largo como imaginativo etcétera. En otras palabras, diría Moisés Naím, el éxito del crimen organizado no reside en el tipo de bienes que provee sino en su modelo de negocio. Veamos.
En primer lugar, el negocio ilícito opera sobra la base de una impecable lógica de mercado que detecta una necesidad, diseña una buena planeación, produce un bien demandado, construye una logística sofisticada y satisface a los consumidores. Es la forma como funciona cualquier empresa eficiente, trátese de elaborar y distribuir pan, gaseosas o ropa de marca o de comerciar con drogas, medicinas falsificadas, armas prohibidas o personas, como documenta The Snakehead. An epic tale of Chinatown, una poderosa investigación de Patrick Radden Keefesobre el tráfico de chinos en Nueva York.
¿Hay en este proceso algo extravagante? No. Lo extravagante es si las agencias del gobierno mexicano lo comprenden o si no quieren entenderlo porque son parte de la cadena, es decir, accionistas del negocio.
Nunca como ahora la delincuencia había logrado montar una estructura en la que, para empezar, están situados en la plena modernidad corporativa porque ya no trabajan a partir de formas piramidales de control y coordinación sino a través de redes horizontales en las que participa cualquier cantidad de actores públicos y privados, que son altamente flexibles para responder a los requerimientos del mercado y en parte explican su éxito.
Aquí está un segundo aspecto central. El modelo tiene un denominador común que es la necesidad de administrar, invertir, lavar o transferir cantidades mayúsculas de dinero. Por ejemplo, en un artículo reciente Alejandro Werner, un ex funcionario del FMI, señala que en plena era digital el uso de efectivo en la economía mexicana ha aumentado de manera preocupante: el efectivo en circulación como proporción del PIB ronda el 10% y una década atrás era menos de la mitad.
Por supuesto que no todo es atribuible a la delincuencia, sino que también subyace por la informalidad de la economía mexicana, la evasión fiscal, la corrupción (recuérdese la cultura de los sobres del obradorato) y, desde luego, el lavado de dinero.
Ahora bien, ¿cómo opera? Según una investigación de El País hay mercenarios colombianos que entrenan por unos meses a narcos mexicanos en Tierra Caliente y ganan 48 mil pesos mensuales que probablemente reciben en efectivo. Si el número de mercenarios, siguiendo dicho reportaje, anda en unos 2 mil 500, la nómina supone 120 millones de pesos al mes.
¿De dónde sacan ese dinero los empleadores? ¿Lo depositan luego donde les indican sus empleados o se los entregan dentro de sobres manila in situ? ¿Los mercenarios los guardan debajo del colchón o los envían a casa vía algún servicio de transferencias como los utilizados para las remesas? Si es ésta la modalidad y usan sucursales de la zona, ¿ninguna autoridad bancaria, fiscal o financiera ve nada de este patrón rutinario?
Y la tercera cuestión: ¿en qué otros sectores crece el negocio? La Oficina de ONU contra la Droga y el Delito calcula que el sector inmobiliario es uno de los principales focos para lavado de dinero a nivel global y que su volumen equivale a entre 2% y 5% del PIB mundial. En ello participan desarrolladores, promotores, notarios públicos, ejecutivos bancarios, que son eslabones de esa cadena delictiva. Adicionalmente, en México el sector construcción es un multiplicador importante que impacta a otras 66 ramas del sector industrial lo que, presumiblemente, hace muy difícil rastrear con detalle fino toda la cadena.
Aquí hay cosas interesantes. El SAT y la UIF obligan a dar “avisos” a quienes edifican, compran o venden bienes inmuebles por cuenta propia o de terceros lo que, en teoría, es un termómetro sensible; las cifras parecen demasiado dinámicas en locales comerciales, oficinas o vivienda, pero inexplicables en un contexto de muy bajo crecimiento económico. Otro indicador: uno de los bancos mexicanos grandes (Santander), por ejemplo, dice que el porcentaje de sus financiamientos para vivienda nueva ha bajado del 80% ocho años atrás al 55% en 2024, y otro (BBVA) reporta que ese mercado atraviesa una “contracción significativa”. Y Banco de México reporta que el crédito para vivienda apenas aumentó 1.5% en 2025 contra casi 8 por ciento, por ejemplo, para consumo.
Por tanto, la construcción que se ve por todos lados en Aguascalientes ¿se financia con el dinero que estaba guardado en el colchón o en la alcancía de la abuelita? ¿Tienen las agencias públicas las capacidades humanas y tecnológicas para monitorear de manera fina y coordinada esa cadena?
Es muy difícil llegar a conclusiones definitivas para entender el fenómeno, pero es crítico identificar mejor la lógica y el modelo de negocio del crimen organizado.