Hoy por hoy no enfrentamos la falta de información, sino, contrastantemente, el exceso de esta. A este fenómeno se le conoce también como sobreinformación o infoxicación, una especie de intoxicación provocada por la enorme cantidad de datos, opiniones, noticias, imágenes, videos y mensajes que roban constantemente a nuestra atención. ¿De dónde proviene toda esta información?
De los medios de comunicación tradicionales, de internet, de las redes sociales, de plataformas de video, de servicios de mensajería instantánea, de sitios especializados, de inteligencias artificiales y, sobre todo, de millones de personas que cada día generan contenido.
Nunca tantas voces habían tenido la posibilidad de expresarse al mismo tiempo y llegar a tantas personas. Paradójicamente, cuando existe demasiada información, puede ocurrir algo inesperado: terminar sin comprender nada.
Cuando los mensajes son demasiados, cuando las opiniones se contradicen entre sí y cuando cada minuto aparece una nueva noticia que desplaza a la anterior, surge la confusión. Se pierde claridad. Se pierde profundidad. Y, en algunos casos, se pierde la capacidad de distinguir qué es realmente importante. Por eso este fenómeno resulta tan delicado.
No porque la información sea mala en sí misma, sino porque exige de nosotros una capacidad cada vez mayor de discernimiento. Tener información a la mano es necesario; incluso constituye un derecho humano fundamental.
El problema comienza cuando dejamos de reflexionar sobre lo que recibimos y simplemente absorbemos todo sin cuestionarlo.
La sobreinformación también puede convertirse en una poderosa herramienta de manipulación. Cuando alguien controla qué mensajes vemos, qué noticias consumimos o qué emociones se activan constantemente en nosotros, puede influir en nuestras decisiones sin que lo notemos plenamente.
Las tendencias, las modas, las opiniones virales y ciertos discursos repetidos miles de veces pueden terminar pareciendo verdades absolutas simplemente por su constante presencia.
Aquí nace una pregunta fundamental: ¿en dónde queda nuestra guía interior? ¿En qué momento escuchamos nuestra propia reflexión, nuestra experiencia y nuestra conciencia? Si cada decisión es consultada primero en una pantalla y cada pensamiento es validado por la aprobación de otros, o por la guía de un “influencer” corremos el riesgo de perder contacto con esa brújula interna fundamental.
Tal vez uno de los mayores retos de nuestro tiempo no sea conseguir más información, sino aprender a detenernos para procesarla. Entrenarnos para seleccionar, evaluar a las fuentes, verificar datos y, sobre todo, reservar espacios de silencio donde la mente pueda ordenar lo aprendido y consultarlo con la guía interior/superior.
Todos somos, en cierta medida, influencers. La diferencia es que hoy esa influencia puede alcanzar a cientos, miles o incluso millones de personas. Como emisores, debemos preguntarnos qué estamos compartiendo y sus consecuencias, y como receptores, debemos preguntarnos ¡qué estamos permitiendo entrar en nuestra psique!
Pues recuerde que desde el poder del subconsciente tomamos decisiones sin darnos cuenta, y de eso, depende prácticamente nuestra vida.
Que no perdamos nunca nuestra capacidad propia de discernir, que nunca nos alejemos de nosotros mismos, de la voz interna más sigilosa, la que está conectada con la divinidad, Dios, la inteligencia superior, como usted le quiera concebir.