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El Financiero 25 Jun, 2026 04:34

Estampas mundialistas

Varias serán las imágenes icónicas del mundial norteamericano: la “fila vikinga” que comenzó en una escalera eléctrica en un centro comercial de Boston; Lumumba Vea, la estatua humana que usa un nombre que hoy no significa nada a muchos, que en los juegos del Congo se mantiene estático durante 90 minutos; la monumental bandera croata de 100 metros bajo la cual marcharon los aficionados en Dallas y Toronto, y el amarillo colombiano en las gradas donde juega su equipo, que arma la fiesta con nada, salvo esa cultura que irradia alegría. México aportó lo suyo, el pato Merlín, que caminó sobre Paseo de la Reforma junto a cientos de miles de personas en la celebración de la victoria sobre Corea del Sur.

El pato Merlín es nuestra imagen externa. Y tenemos otra, interna, que es la de la presidenta Claudia Sheinbaum junto a su esposo, viendo en la televisión en Palacio Nacional el juego contra los coreanos. Esta es la metáfora de su realidad: sola, proyectando un momento que no existe, ni buscó construirlo. Merlín, por otra parte, se convirtió en síntesis del festejo mundialista en México, cuya popularidad aplastó la imposición del ajolote, metido a fuerzas por una política de miras cortas.

Merlín es lo que México aportó a la comunidad internacional para que sonriera. Con la verde cubriendo su pequeño cuerpo en cadencioso caminar, capturó la imaginación del mundo. Ternura y empatía. Amor y unidad. El régimen, sin verlo, quiso sabotear lo que no le pertenece. La presidenta invitó a la mañanera a su dueña, una vendedora ambulante, y a sus hijos de 22 y 14 años, que lo entrenaron a ‘patear’ la pelota con el pico. El convite fue un acto oportunista para montarse en la ola nacional de emoción que provocó el futbol, cemento cohesionador del tejido social, y que por sus miedos y fobias, por su insensibilidad y falta de empatía, le pasó por encima.

No pudo sacarle el provecho que quizás esperaba del manoseo de Merlín, y el costo llegó rápido: ¿por qué sí recibe a Merlín de manera tan expedita, y no a las madres buscadoras? Sí habla con madres y padres que tienen a sus hijos desaparecidos, respondió, pero no dialoga con los colectivos de buscadoras, sino en aquellos casos que, dijo, son los más duros, los más complejos y los más dolorosos. Qué fallida selección de palabras. Los desaparecidos no se miden por categorías, ni por el contexto en que se cometió el crimen. Todos valen lo mismo porque la vida no es un mercado ni una subasta. Duelen mucho, son muy duros y muy complejos para cada familiar de la víctima de un fenómeno lacerante que en este sexenio ha acumulado casos como nunca antes en ningún gobierno.

Pero lo que tenemos es una Presidencia que no tiene como objetivo el gobernar para todos, sino para unos cuantos, aunque estos sean poco más de una tercera parte de los mexicanos. Merlín es la síntesis de su obsesión por la propaganda como sustituta de la política. Una imagen, en política, es un símbolo cuya finalidad deja de ser percibida como patrimonio común si se convierte en marcador de identidad política. La rebatinga por Merlín detonó una lucha para lucrar clientelarmente con un símbolo mundialista que no lo inventó la mercadotecnia, sino la sencillez de lo hermoso.

Su mal uso provocó que la imagen festiva se convirtiera en una herramienta de polarización. Sheinbaum hizo de Merlín una apropiación partidista cuando el pato ya era parte de todas y todos los mexicanos. Inclusión para lo que representa el oficialismo, y exclusión para el resto. Sin sorpresa alguna. Fue la nueva versión de la vieja arenga de pueblo bueno para validar el proyecto político de la cuatroté. Un símbolo colectivo dejó de ser un recuerdo compartido.

La sociedad binaria cuatroteísta nos mostró otra estampa mundialista para los anales mexicanos: el video de la pareja presidencial viendo el juego contra Corea del Sur. Solos, la presidenta y su esposo, con una televisión enfrente y una pequeña mesa donde había una bebida de lata y algo de comida chatarra. Era una imitación deficiente del espacio familiar disfrutando un momento donde las diferencias las derrota el balón. Distante y fría, como es su personalidad, ni siquiera disfrazada para un video propagandístico que la mostrara en la misma frecuencia que el resto de los mexicanos.

La imagen no reflejó al mexicanismo en su mejor momento, aquel que no desconoce los problemas y las diferencias, pero se permite buscar comúnmente una misma meta: la victoria del Tri. No es la primera presidenta que iba a tomarse un tiempo para ver el partido. Hay fotografías de presidentes anteriores, como los dos últimos de oposición, Enrique Peña Nieto y Felipe Calderón, en una sala con su familia, colaboradores cercanos y staff presidencial, enfundados en la verde, comiendo y bebiendo como la pareja presidencial, pero no como si fuera utilería, sino como en el seno familiar de verdad.

Fue una realidad impostada que ni planeada pudo lograr el objetivo de mostrarla como parte de todas y todos, en una demostración de igualdad transversal, como algunas cosas, como el futbol en un Mundial, puede lograr. Todo un aparato de propaganda a su servicio para que las cosas salieran al revés y nos mostrara los gritos del silencio a su alrededor, ratificando el porqué no quiso ir a la inauguración del Mundial –justificando sus voceros oficiosos y quedabién que fue el miedo al abucheo lo que la atemorizó–, el porqué no se apersonó en el Zócalo Rojo que ganó la izquierda desde que Arnoldo Martínez lo tomó en 1988, y que optó por entrar por la puerta de atrás a un Fan Fest gubernamental donde los asistentes fueron acarreados del gobierno y lo suficientemente lejos para que cuando los maestros en rebeldía se dieran cuenta dónde estaba y corrieran a buscarla, pudiera escapar sin verlos.

Es lo que ha hecho con las madres buscadoras. Con los padres de los normalistas de Ayotzinapa. Como los familiares de los mineros asesinados por el narco. Con todo lo que le signifique una incomodidad para una Presidencia de cristal, que cualquier adversidad parece estrellarla. Nuestras imágenes mundialistas quedarán en Merlín, el pato que nos conectó con el mundo más allá del balón, y la triste vida que hay en Palacio Nacional.

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