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Mundiario 27 Jun, 2026 03:47

El calor entra en una nueva era: Europa ya podría sufrir olas de hasta 40 días

Europa lleva años acostumbrándose a que cada verano bata nuevos récords de temperatura, pero la siguiente amenaza podría no ser un termómetro marcando cifras inéditas, sino algo mucho más difícil de soportar: semanas enteras de calor casi ininterrumpido. Lo que hasta hace poco parecía un escenario propio de las simulaciones más pesimistas empieza a considerarse una posibilidad real bajo las condiciones climáticas actuales.

Las grandes olas de calor registradas en las últimas décadas ya habían demostrado que estos episodios son capaces de alterar la vida cotidiana, colapsar sistemas sanitarios, disparar los incendios forestales y provocar miles de muertes. Sin embargo, una nueva investigación advierte de que el verdadero desafío podría estar en la duración de estos fenómenos, que sería muy superior a la conocida hasta ahora.

Las grandes olas de calor registradas en las últimas décadas ya habían demostrado que estos episodios son capaces de alterar la vida cotidiana, colapsar sistemas sanitarios, disparar los incendios forestales y provocar miles de muertes. Sin embargo, una nueva investigación advierte de que el verdadero desafío podría estar en la duración de estos fenómenos, que sería muy superior a la conocida hasta ahora.

Hasta ahora, los episodios más prolongados documentados a escala europea eran los de 1947 y 2003, ambos con alrededor de diez días de duración. En España, utilizando criterios de medición diferentes, el récord corresponde a la ola de calor de 2015, que se prolongó durante 26 días. Los resultados del nuevo trabajo elevan considerablemente ese límite y obligan a replantear la manera en que se evalúan estos riesgos.

Cuando una ola de calor alimenta la siguiente

Para llegar a estas conclusiones, el equipo científico empleó un innovador modelo climático capaz de recrear miles de veranos plausibles bajo las condiciones atmosféricas actuales. A partir de situaciones iniciales similares a las vividas durante el verano de 2003, los investigadores introdujeron pequeñas variaciones, comparables al conocido "efecto mariposa", para observar cómo podían evolucionar esos escenarios.

Uno de los resultados más relevantes fue comprobar que las olas de calor más extremas no suelen surgir de manera aislada. Según explica Laura Suárez-Gutiérrez, estos episodios tienden a encadenarse, de forma que cada uno deja el terreno preparado para que el siguiente sea todavía más intenso.

La explicación reside en un proceso de acumulación de calor. Los primeros episodios resecan los suelos, elevan la temperatura de los océanos y reducen la capacidad del entorno para disipar la energía acumulada. Cuando apenas existe tiempo para recuperar unas condiciones normales, la siguiente ola de calor encuentra un territorio mucho más vulnerable.

Ecosistemas bajo presión durante semanas

Las consecuencias de un calor sostenido durante más de un mes irían mucho más allá del malestar provocado por las altas temperaturas. Sara Marañón, investigadora del Centro de Investigaciones Ecológicas y Aplicaciones Forestales (CREAF), advierte de que el suelo pierde progresivamente parte de su capacidad para almacenar carbono debido al incremento de la actividad de los microorganismos y a la degradación de la materia orgánica.

Al mismo tiempo, la vegetación permanece durante semanas sometida a un fuerte estrés hídrico, lo que multiplica el riesgo de incendios forestales de gran intensidad y dificulta la recuperación de los ecosistemas incluso después de que termine el episodio extremo.

Las ciudades tampoco escapan a este fenómeno. La persistencia del calor favorece la formación de ozono troposférico y empeora la calidad del aire, incrementando el riesgo para personas con enfermedades respiratorias o cardiovasculares.

Hospitales y viviendas, dos puntos críticos

El sistema sanitario constituye otro de los grandes focos de preocupación. Hicham Achebak, investigador del Instituto de Medicina Social y Preventiva de la Universidad de Berna, recuerda que las primeras olas de calor suelen concentrar la mayor mortalidad, pero un episodio prolongado puede generar un efecto acumulativo capaz de saturar los hospitales, como ocurrió durante el verano de 2003 en Francia.

Las viviendas representan otro frente especialmente delicado. Helena Coch, arquitecta y profesora de la Universitat Politècnica de Catalunya, explica que los edificios poseen una elevada inercia térmica. Tras varios días consecutivos de calor, paredes, techos y suelos almacenan tanta energía que resulta muy complicado reducir la temperatura interior, incluso cuando el exterior comienza a refrescar.

Esta situación afecta especialmente a los hogares peor aislados o sin sistemas de climatización, donde el descanso nocturno se convierte en una tarea cada vez más difícil y aumenta el riesgo para las personas mayores y otros colectivos vulnerables.

Adaptar las ciudades deja de ser una opción

Los investigadores sostienen que la adaptación deberá acelerarse para reducir los efectos de futuras olas de calor prolongadas. Entre las soluciones que ya cuentan con respaldo científico figura el pintado de cubiertas y azoteas con materiales claros capaces de reflejar parte de la radiación solar y disminuir la temperatura urbana.

También se considera fundamental reforzar la protección solar de las viviendas mediante persianas, mejorar la ventilación cruzada y ampliar el acceso al aire acondicionado entre la población más vulnerable. En el ámbito agrícola, mantener cubiertas vegetales y aumentar la materia orgánica del suelo contribuye a conservar la humedad y limitar el sobrecalentamiento del terreno.

Hace poco más de veinte años, Europa comprobó que una ola de calor podía convertirse en una crisis sanitaria sin precedentes. Hoy, la evidencia científica apunta a un escenario todavía más exigente: no solo habrá que prepararse para temperaturas récord, sino para convivir durante semanas con un calor persistente que pondrá a prueba la resistencia de las ciudades, los ecosistemas y los servicios públicos diseñados para un clima que ya ha cambiado. @mundiario

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