Uno se despierta, se calza las botas (o las chanclas, que para el caso...) —porque el suelo de esta realidad siempre está pegajoso— y abre el periódico. O el móvil, que es lo mismo pero con más luz azul y menos dignidad.
Ahí están ellos. Otra vez.
La última gaviota de la democracia, el último recaudador de fondos para una causa que nadie conoce, el último caballero de la mancha que ha resultado ser, oh sorpresa, un experto en fontanería de cuentas en las Bahamas.
Al principio, uno se indignaba. Recuerdo cuando los 20.000 euros eran una cifra que te obligaba a sentarte, a pedir un carajillo y a mirar al vacío tratando de calcular cuántas vidas de reponedor, de profesor interino o de vendedor de seguros se necesitaban para amasar tal suma. Veinte mil pavos era dinero. Era un coche decente, una entrada para un piso que se caía a pedazos, o el salvoconducto para una huida hacia adelante. Ahora, esa cantidad es pecata minuta. Es la propina que deja el lacayo del subsecretario cuando se le olvida la cartera en el restaurante de postín.
Es una minucia, un error de redondeo en la hoja de Excel donde los tipos con gomina y traje entallado anotan los costes de oportunidad de nuestra ruina.
Estamos en la era de los ceros que bailan. Uno intenta leer la cifra, pero el cerebro, como un músculo atrofiado por el exceso de cinismo, se niega a procesar la cantidad. ¿Cincuenta millones? ¿Cien? Da igual. Por menos de cincuenta millones, yo ya ni me asombro.
He visto tanto desfile de náusea y tanto traje caro pasando frente a los juzgados —haciendo el gesto de "todo está bien" con el pulgar mientras el juez, que probablemente es primo suyo, se limpia las gafas con parsimonia—, que mi capacidad de asombro se ha atrofiado.
Se ha vuelto un muñón.
La corrupción en este país ya no es un escándalo, es una estética. Es una forma de arquitectura.
Construyen rotondas que no llevan a ninguna parte, hospitales sin sábanas y aeropuertos donde solo aterrizan las palomas que vienen a cagarse en el presupuesto público. Y mientras tanto, ellos, los elegidos, se pasean con esa sonrisa que parece dibujada con bisturí, esa mueca que te dice: "Tío, si tú estuvieras en mi silla, harías exactamente lo mismo". Y ahí, en esa frase, es donde te dan ganas de potar el desayuno. Porque en el fondo, en ese rincón oscuro donde uno guarda la honestidad como si fuera un preservativo caducado, sabes que igual tienen razón.
La corrupción es el sistema digestivo de la política: todo lo que entra, se procesa hasta convertirlo en basura, y luego se evacua en forma de leyes que nadie entiende pero que todos sufren.
El tipo de los cincuenta millones —ese que ahora mismo está en una suite de lujo esperando a que el tiempo prescriba—, sabe perfectamente que la democracia es un juego de trileros donde la bolita siempre está donde ellos quieren.
Mientras nosotros discutimos sobre si el precio del pan ha subido diez céntimos, ellos han subido el precio de nuestra existencia a golpe de sobres y comisiones.
El lenguaje se ha vuelto tan estéril que ya no existen los ladrones, solo "gestores de capital con visión de riesgo".
Qué eufemismo tan precioso para ocultar que nos están robando hasta las ganas de vivir.
Y usted, lector, que llega aquí buscando una solución o una moraleja, se vas a quedar con las ganas. Otra vez.
No hay moraleja. Solo hay una resaca que dura décadas.
Estamos atrapados en una partida de póker donde la baraja está trucada y el crupier es el propio jugador que nos está desplumando.
Y lo peor no es el robo, que al fin y al cabo es dinero y el dinero va y viene —aunque en este caso, siempre va hacia el mismo bolsillo—, lo peor es el insulto a la inteligencia que nos va quedando (cada día menos, por supuesto).
Ese "usted no sabe con quién está hablando" que retumba en los pasillos de las instituciones, ese desprecio del que se siente intocable porque conoce los secretos de alcoba de los que deberían encerrarlo.
Quizás algún día, cuando los ceros ya no nos quepan en la pantalla, pase algo.
O quizás no pase nada, y sigamos aquí, encogiéndonos de hombros cada vez que un nuevo titular nos salpica con el hedor de un nuevo desfalco.
Al final, nos hemos vuelto cómplices por omisión, jueces de pacotilla que solo ladran en la barra del bar mientras pedimos otra caña para olvidar que este país es, en esencia, un puticlub donde la administración lleva la contabilidad en negro.
La vida sigue, los ceros se multiplican y la decencia es un artículo de lujo que ya no cotiza en bolsa.
Y yo, que ya he visto demasiados carnavales de hipocresía, sigo aquí, mirando el baile de los ceros y esperando a que, de una maldita vez, alguien apague la luz y nos deje descansar de tanta miseria. Pero no.
La función debe continuar. Hay otros cincuenta millones esperando a ser desviados, y aquí nadie se jubila de la rapiña. @mundiario