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El Financiero 10 Jul, 2026 03:52

El ‘déficit gemelo’ que Washington no quiere ver

Ayer le escribí en este espacio una carta al embajador Jamieson Greer, Representante Comercial del Gobierno de Estados Unidos, para mostrarle, con datos de oficiales, que los aranceles no han reducido el déficit comercial con México.

Hoy quiero ir un paso atrás y plantear la pregunta de fondo: ¿de dónde viene realmente el déficit externo de Estados Unidos?

La respuesta tiene más de cuatro décadas y un nombre: la teoría de los déficits gemelos.

Mi amigo Marco Provencio me recordaba ayer esta perspectiva que aprendimos hace décadas en las escuelas de economía.

En los años ochenta, el gobierno de Ronald Reagan recortó impuestos y elevó el gasto militar al mismo tiempo. El resultado fue un déficit fiscal gigantesco y, casi en paralelo, un déficit comercial también gigantesco. Los economistas de la época, entre ellos Martin Feldstein, asesor de la propia Casa Blanca, bautizaron el fenómeno como “los déficits gemelos”.

La lógica es más sencilla de lo que parece. Un país que gasta más de lo que produce tiene que comprarle la diferencia al resto del mundo. Eso es, ni más ni menos, el déficit externo. Y cuando el que gasta de más es el propio gobierno —porque eroga mucho más de lo que recauda— y las familias y empresas no ahorran lo suficiente para prestarle, el dinero tiene que venir de afuera.

Los extranjeros financian a Estados Unidos comprándole sus bonos, y Estados Unidos les compra a ellos más bienes de los que les vende. Son las dos caras de la misma moneda.

La relación, sin embargo, no ha sido general y automática. A fines de los noventa, con Clinton, hubo superávit fiscal y aun así el déficit comercial creció, porque entonces el gasto excedente era de las empresas, que invertían frenéticamente. Pero cuando el desequilibrio nace del presupuesto público, como en los ochenta y como ahora, los gemelos caminan juntos.

Veamos los números de hoy. La Oficina de Presupuesto del Congreso (CBO) proyecta un déficit fiscal de 1.9 billones de dólares para este año fiscal, equivalente a 5.8 por ciento del PIB, y calcula que la ley fiscal aprobada en 2025 añadirá 4.7 billones a los déficits de la próxima década. Con ello, la deuda pública llegaría a 120 por ciento del PIB en 2036, por encima del récord de la posguerra.

Y el panorama acaba de empeorar. En febrero, la Suprema Corte anuló la mayoría de los aranceles de Trump, con cuyos ingresos el gobierno contaba para tapar una parte del hoyo. La propia CBO estima que el fallo agranda los déficits en unos 2 billones de dólares adicionales en la década. Ironías de la vida: la administración que dice combatir el déficit comercial se había vuelto fiscalmente adicta a gravar ese mismo comercio.

Del otro lado del espejo, el déficit comercial fue de 77.6 mil millones de dólares en mayo, el mayor en más de un año. Los aranceles no lo eliminaron; apenas lo repartieron entre otros socios comerciales: los mayores déficits de mayo fueron con Vietnam, México y Taiwán, ya no con China. Y aunque el déficit acumulado en 2026 es menor que el del año pasado, la comparación engaña: las cifras de 2025 estaban infladas por las compras de pánico previas a los aranceles. En cuanto los flujos se normalizaron, la tendencia de fondo reapareció.

Aquí está el punto que importa para México. Si el déficit externo estadounidense es, en esencia, el reflejo de su desequilibrio fiscal, entonces ninguna concesión comercial mexicana puede eliminarlo.

Washington puede exigir reglas de origen más duras, cuotas o aranceles adicionales, y el déficit seguirá ahí, porque tiene su origen en el Capitolio, no en las aduanas de Laredo.

La propia CBO lo dice sin decirlo: proyecta déficits fiscales cercanos a 6 por ciento del PIB durante toda la próxima década, y tras el fallo de la Corte podrían acercarse a 7 por ciento. Mientras esa brecha persista, Estados Unidos seguirá absorbiendo ahorro externo y comprando al mundo más de lo que le vende. Da igual quién firme qué tratado.

Para la revisión del T-MEC, la consecuencia es doble.

Primero: México no debe aceptar que la reducción del déficit comercial bilateral se convierta en el criterio de éxito del Tratado, porque esto es algo que Estados Unidos no puede alcanzar ni con la política comercial más restrictiva imaginable mientras persistan los agujeros fiscales.

Segundo: conviene decirlo en la mesa con todas sus letras. Si Washington quiere reducir su déficit externo, la palanca está en su presupuesto, no en el comercio con sus vecinos.

La paradoja final es notable: la misma administración que denuncia el déficit comercial aprobó la ley que garantiza déficits fiscales récord por una década.

Los gemelos, como en los ochenta, caminarán juntos. Y culpar a México de ello será, otra vez, como buscar las llaves donde hay luz y no donde se perdieron.

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