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Publimetro 16 Jul, 2026 08:31

La última noche.

No identificaba bien a bien los amaneceres a mitad del año en aquella ciudad, la llamada Jerusalén de Tierra Adentro, pero seguramente ya estaba despierto cuando escucho los pasos del guardia que, con seguridad, se dirigía hacía su celda. No se equivocaba, tres golpes con algo distinto a los nudillos sonaron secamente mientras le decía: “Es hora de alistarse”.

Había dormido casi vestido, si es que había dormido, porque incluso los más valientes duermen sabiendo que en tan solo unas horas habrán de fusilarles, de forma que muy prontoestuvo listo y lentamente, se incorporó de aquel incómodo camastro, puso sus manos al lado de cada una de sus piernas mientras trataba de adivinar las figuras que hacían las rayas de las viejas baldosas de aquel piso. Y ahí estaba el Habsburgo, de pie, elegantemente vestido tras ponerse aquella levita negra, listo para afrontar aquel momento.

Como buen católico, estaba claro que muy temprano tenía que cumplir con sus deberes cristianos, más sabiendo que muy probablemente aquella sería la última ocasión en que pudiera hacerlo antes de rendirle cuentas al Creador, sin embargo, en aquel preciso momento, sus pensamientos lo llevaron bien lejos, fuera de aquella celda.

En segundos pasaron por su mente, aquellos momentos en los que muy a destiempo, pudo darse cuenta del gran valor de aquellos dos hombres qué junto con él, habrían de correr la misma suerte de ser fusilados en aquella mañana de verano. Que poca fe había tenido en aquel hombre de baja estatura y de tez muy morena, que hablaba poco, pero decía mucho, ese que en otros tiempos había sido tan generoso con sus adversarios perdonándoles la vida en más de alguna ocasión cuando habían estado en circunstancias similares a la suya. Mejía, Tomás Mejía, el general indígena y uno de sus más fieles soldados desde que llegó a México.

También se agolpó en su mente, el pensamiento del poco tiento que tuvo para el manejo que le brindó a ese bizarro general mexicano que había sido hasta ahora, el presidente más joven que había tenido este joven país y que tras su regreso de Europa en lo que más bien había parecido un destierro, puso su espada, no sin vacilaciones, al servicio de un imperio que iba en picada y aún en esas condiciones, supo mostrarle la integridad de un hombre cuando compromete su espada con una causa. El Macabeo, el soldado de Dios, como le habría gustado a Maximiliano ser reconocido como la gente lo hacía con ese valiente general mexicano de apellido Miramón.

Y aún en aquellos postreros instantes se dolía de la última felonía que había cometido una de las personas en las que, equivocadamente, más había confiado y ahora entendía porque sus enemigos, que no eran pocos, lo apodaban el “Carnicero de Tacubaya”, pues a pocos de días de iniciado el sitio con el que los republicanos buscaban asfixiar a los imperialistas, estos últimos tuvieron que hacer acopio de esfuerzos para abrir una brecha que les permitiera salir a Leonardo Márquez y Santiago Vidaurri rumbo a la ciudad de México en busca de dinero y pertrechos para sostener la posición de ese imperio que languidecía.

Que confiado o que inocente se vio de nuevo aquel archiduque pensando en que aquellos hombres que salían de Querétaro habrían de volver con más hombres, armas y dinero para ayudarle en aquella que bien podría ser la última gesta del Imperio contra una república que renacía. O quizá en el fondo sabía

Como buen cristiano, volvió de sus ensoñaciones y se alistó para recibir a su confesor, el padre Soria, quien celebró una misa frente a los tres condenados. El más conmovido sin duda era el general Tomás Mejía, un hombre profundamente católico, como reservado, no decía nada, pero era evidente que se dolía de aquellos últimos momentos.

Apenas pasaba de las cinco de la mañana, cuandoMaximiliano y los generales Miguel Miramón y Tomás Mejía, recibieron cada uno de ellos, la que sería su última comida y les brindaron alrededor de media hora para consumir aquellos alimentos. En platos y pocillos que nada tenían que ver con el oropel imperial, les sirvieron pollo, pan, café y media botella de vino tinto, pero los mexicanos estaban acostumbrados a comer así durante sus días de guerra. Mejía no probó nada, Miramón lo hizo como si nada ocurriera, sin embargo, a Maximiliano le parecían extrañaslas circunstancias de aquellos últimos momentos.

Al Habsburgo no dejaba de parecerle irónico que aunsabiendo que en poco tiempo habrían de fusilarlo, aquella gente, aun le estuvieran procurando de desayunar, porque¿Qué hambre puede tener un hombre que se sabe condenado a muerte? pero que más daba, si esos serían los últimos alimentos que probarían.

Entre los guardias que los vigilaban, se respiraba un hondo pesar, ahí, rodeados, entre ellos, estaban aquellos hombres que habían sostenido una larga y agobiante disputa contra la república, una república que por momentos había parecido languidecer ante el embate de las tropas y recursos que venían del extranjero, desde Francia, aquella Francia que en otros tiempos había sido el epicentro de la Iluminación. Pero al menos dos de los tres hombres sentenciados, eran mexicanos con quienes pelearon con gallardía. El Habsburgo no les dolía, les dolían lo dos más valientes dentro de los cuales, uno de ellos era queretano.

A las 6:00 llegaron por ellos y fueron subidos cada uno a sus respectivos carruajes, acompañados por un sacerdote que les auxiliaba a sostenerse en aquellos últimos momentos, al llegar al punto señalado aquellos tres sabían que el momento había llegado, el Habsburgo, lacónico dijo: “Vamos señores”, seguidamente, los tres se dieron un fuerte abrazo. Sabían que les quedaba muy poco tiempo, apenas escasos segundos.

Cada uno de ellos habría de ser fusilado por un pelotón de cuatro soldados, pero todos caerían al mismo tiempo y aun en esos difíciles momentos, Maximiliano tuvo la entereza para reconocer la valentía de aquel que lo acompañaba hasta ese último momento y dirigiéndose a Miguel Miramón le dijo: “General, un valiente debe ser admirado hasta por los monarcas; permítame cederle el puesto de honor”, dicho lo cual, le cedió al Macabeo el sitio central y sin saberlo, con ello, la muerte más rápida, pues le tocaron los mejores tiradores.

Al sonar las descargas, Miramón murió inmediatamente, Mejía agonizaba en silencio, mientras Maximiliano, agarrado a las solapas de su levita negra solo murmuraba “Hombre, hombre”, acercándose a él, el teniente coronel Carlos Margain, acompañado de un soldado de apellido Blanquet, apuntó con su espada directo al corazón del emperador agonizante, obediente, el soldado puso allí el cañón de su fusil e hizo fuego.

Cuando el ruido de la descarga se perdió entre la bruma de aquella mañana, Maximiliano ya estaba muerto. De ese modo, aquí en Querétaro, había terminado el sueño de un segundo imperio en nuestro país.

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