Sean honestos. ¿Qué tanto piensan en la principal empresa de Guatemala? En Cementos Progreso, digamos. ¿Y qué tanto creen ustedes que los estadounidenses analizan estratégicamente a las principales empresas mexicanas?
¿Quién revisará a conciencia lo que pasa con Cemex o Gruma de aquel lado de la frontera?
Todos sabemos que la relación con los vecinos es asimétrica, pero vaya que la distancia entre las economías de Estados Unidos y México, después de haberse reducido al inicio del siglo, vuelve a ampliarse rápidamente. A diario. De verdad.
Ayer, el principal tema económico en México fue la presencia de un respetable funcionario estadounidense de segundo nivel para conversar con el secretario de Economía, Marcelo Ebrard, en torno al T-MEC. Jamieson Greer, líder de la USTR y quien reporta a Donald Trump, tuvo ocupaciones más importantes.
No es culpa de nadie. Es responsabilidad nuestra no tener una convocatoria mayor para nuestros asuntos.
¿Qué ocupa realmente esta semana la atención de quienes toman decisiones en la Casa Blanca?
Por ejemplo, crear una nueva industria para enfrentar una potencial amenaza bioquímica. Está naciendo un negocio.
El Departamento de Guerra de Estados Unidos aportará datos militares y financiará proyectos como DB-FORGE para protegerse ante otra pandemia o una amenaza biológica provocada.
Ese proyecto forma parte de una columna vertebral que ya he mencionado y de la cual casi nadie habla en México: la Misión Génesis.
Dicho departamento se integrará a esa misión con los citados recursos: más de 200 millones de dólares en 2026 y otros 1,300 millones en 2027.
El dinero será invertido en proyectos desarrollados con el Laboratorio Nacional Lawrence Livermore, ubicado en California, que utiliza ciencia, ingeniería y tecnología innovadoras para resolver problemas de seguridad nacional.
La Misión Génesis, ordenada por la Casa Blanca en noviembre, activó 17 laboratorios bajo el mando del Departamento de Energía de Estados Unidos para transformar la economía de ese país.
¿Cómo? Convirtiendo lo abstracto de la inteligencia artificial en productos que ahora mismo no imaginamos.
Y quieren conseguirlo rápido: duplicar la productividad nacional en 10 años.
Las señales disparan la reacción de las empresas.
Alphabet, la dueña de Google, volvió a elevar sus ya de por sí altas previsiones de inversión para 2026. Ayer comunicó a sus inversionistas que el gasto podría superar los 200,000 millones de dólares, en su afán por desarrollar la capacidad de procesamiento necesaria para impulsar sus ambiciones en inteligencia artificial. Dimensionemos.
Todos los ingresos de América Móvil, propietaria de Telcel, deberán sumar este año poco más de 50,000 millones de dólares. Ni hablemos del monto de sus inversiones.
Las ventas de Pemex difícilmente estarán por encima de esa cifra, desafortunadamente. Y estas dos se encuentran entre las empresas más grandes del país.
Otra cifra para pensar: los ingresos de una sola compañía como Amazon, que incluyen los de su brazo tecnológico AWS, superarían este año los 740,000 millones de dólares.
Esa cifra individual es superior al valor total de las exportaciones de México.
Así resulta más fácil entender por qué ayer, durante la tercera ronda de negociaciones del T-MEC, Jamieson Greer, líder de la Oficina del Representante Comercial de Estados Unidos, declinó visitar México, sede del encuentro.
En su lugar vino Jeffrey Goettman, representante comercial adjunto de Estados Unidos.
La economía mexicana no es pequeña cuando se compara con la de sus vecinos del sur. Pero, frente a Estados Unidos, la distancia se abre aceleradamente, mientras aquí mostramos poco interés por los avances tecnológicos que podrían llevarnos a otra liga.
O no lo entendemos o no nos interesa.