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El Imparcial 26 Jul, 2026 07:01

El poder se transforma en obsesión

El comportamiento tiránico abarca muchas vertientes; anomalía que se revela cuando las obsesiones personales se convierten en el eje de un proyecto que se hace pasar por un tema de interés nacional.

Uno de los casos más costosos en la vida política de México fue la Guerra Cristera, un conflicto que cumple 100 años de su inicio y que funciona como ejemplo del trastorno de quien llevó sus sentimientos y manías personales al plano social.

Aquello provocó una guerra fratricida que tuvo varios periodos y dividió abismalmente a los mexicanos. La obsesión personal y atavismos de Plutarco Elías Calles devastaron a una nación; el régimen revolucionario ya poseía el poder y su fuerza descansaba en un Ejército y un aparato institucional poderoso.

Aun así, la idea de una competencia por ese mando desató un conflicto que duró de 1926 a 1938, cobrando la vida de miles de seres humanos.

Décadas después ocurrió otra muestra de obstinación y obsesiones. El 22 de julio de 1968, un partido de futbol americano llanero entre dos preparatorias de la Ciudad de México -la Preparatoria 5 y la Isaac Ochoterena, en la Plaza de la Ciudadela- terminó en una riña. La atmósfera social del País era paranoica, las fuerzas del orden intervinieron con prepotencia al arrestar y golpear a los estudiantes. Al día siguiente, una marcha que condenaba estos hechos despertó los miedos de un Gobierno que respondió con una represión generalizada.

Con el tiempo, una serie de sucesos sumados a una huelga universitaria general provocaron la desventurada amenaza del presidente Gustavo Díaz Ordaz en su informe del 1 de septiembre que culminó funestamente en la matanza del 2 de octubre de 1968.

Hoy en día, el régimen se encuentra en un estado paranoico: La fuerza del Estado se usa para encarcelar opositores sin pruebas ni presunción de inocencia. Los miedos y escándalos del Gobierno aumentan y encienden las alarmas ante el desastre en todos los sectores.

Fieles a su origen, todo se encuentra supeditado a los humores y fijaciones de una sola persona, un factor que define la actitud tiránica del oficialismo y que lo empata con los más ominosos ejemplos históricos: “Así, la clave para comprender a esos tiranos se encuentra en el desarrollo de sus tendencias, en cómo las circunstancias les permitieron abusar del poder y perder la perspectiva. Para ellos, el poder se transformó en una obsesión que estaba por encima de todo lo demás y les ofrecía la oportunidad de dar rienda suelta a la expresión de viejos resentimientos, satisfacer ambiciones personales y liberar impulsos inconscientes (...). Uno de los aspectos más fascinantes de la psicología de masas es que millones de hombres y mujeres comunes hayan sido embaucados al punto que se comprometieron con una causa no sólo privada sino también descabellada”. (Vivian Green, La locura en el poder: de Calígula a los tiranos del siglo XX).

Las autocracias apuntalan su mandato intentando evadir sus errores con el odio, la administración destila este sentimiento para inocularlo a través de los canales oficiales, saturando los tiempos de transmisión con adjetivos y falsas acusaciones.

Da lo mismo si se trata de un político de oposición, de un ciudadano común o periodistas; lo importante es acusar, denigrar y estigmatizar, todos los instrumentos públicos para amenazar o encarcelar.

Al igual que en el pasado la Presidenta y su partido privilegian la impunidad, derrochando abuso y encono: La misma combinación que llevó a la tragedia.

El combustible que mueve el motor de la inquina y la difamación.

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