Los grandes incendios que han golpeado Madrid, Ávila y Toledo no son episodios aislados ni una anomalía puntual del verano. Son la expresión más visible de un cambio profundo en la forma en la que España convive con su territorio. Mientras las olas de calor baten récords y dejan una vegetación cada vez más seca, el campo acumula décadas de abandono que han convertido muchos paisajes en auténticos corredores para las llamas.
Hasta este martes, el fuego había arrasado unas 173.000 hectáreas en España, seis veces más que en el mismo periodo del año anterior, con 35 grandes incendios declarados frente a los siete registrados en 2025. Unas cifras que evidencian una transformación que los expertos llevan años anticipando: no hay necesariamente más incendios, pero sí incendios más agresivos, rápidos y difíciles de contener.
La catedrática de Geografía de la Universidad Complutense y especialista en incendios Cristina Montiel explica a El País que el problema no está únicamente en el número de fuegos, sino en su comportamiento. “Queman con más intensidad, tienen mayor capacidad calorífica y son más difíciles de controlar”, señala. El paisaje español, unido a unas condiciones meteorológicas cada vez más extremas, ha creado un escenario en el que cualquier chispa puede desencadenar una emergencia de grandes dimensiones.
Durante décadas, la actividad agrícola y ganadera mantenía el territorio más fragmentado y con menos carga vegetal. Había cultivos, pastos y aprovechamientos que actuaban como barreras naturales frente al avance del fuego. Pero la despoblación rural y el abandono de muchas actividades tradicionales han cambiado la fisonomía del campo. La vegetación crece sin control, aumenta la biomasa disponible y las llamas encuentran más combustible para propagarse.
El cambio climático acelera un problema que ya estaba creciendo
Las olas de calor se han convertido en uno de los principales factores que agravan la situación. Temperaturas extremas durante el día y noches que apenas permiten recuperar humedad dejan bosques y matorrales en condiciones críticas. Lourdes Hernández, responsable de incendios de WWF, recuerda que los fuegos actuales coinciden cada vez más con periodos de calor extremo que secan la vegetación hasta convertirla en material altamente inflamable.
Pero el problema no está solo en el monte. La expansión de urbanizaciones, viviendas dispersas y núcleos residenciales cerca de zonas forestales ha creado una nueva realidad: la interfaz urbano-forestal. Es decir, espacios donde las casas y el bosque conviven sin que siempre existan medidas suficientes de protección.
Según los expertos, durante años se ha priorizado la integración estética de estas zonas frente a la seguridad. Jardines, parcelas y viviendas rodeadas de vegetación pueden convertirse en puntos críticos si no cuentan con franjas de protección, planes de evacuación o medidas de autoprotección.
La prevención gana la batalla antes de que llegue el fuego
La comunidad científica coincide en que España no puede limitar su estrategia a apagar incendios. El fuego forma parte de muchos ecosistemas mediterráneos y seguirá existiendo, pero la diferencia está en cómo se prepara el territorio para resistirlo.
Cristina Montiel insiste en que la prevención debe convertirse en la prioridad. A su juicio, es necesario gestionar la vegetación, planificar los espacios habitados y aumentar la responsabilidad compartida entre administraciones, propietarios y ciudadanos. “La población y los propietarios de terrenos no son conscientes del riesgo”, advierte.
El ingeniero de Montes y profesor de la Universidad de Lleida Víctor Resco apuesta por recuperar una gestión activa del paisaje. Entre las medidas que plantea están crear mosaicos con zonas agrícolas, mantener cultivos verdes en verano como olivares o viñedos, realizar desbroces estratégicos y aplicar fuegos prescritos para reducir la acumulación de combustible.
La clave, explican los especialistas, no es eliminar los bosques, sino evitar que grandes extensiones acumulen una cantidad excesiva de vegetación seca. Resco recuerda que se trataría de actuar sobre una pequeña parte de la superficie forestal española para reducir el riesgo global.
Más medios para apagar no siempre significa estar más preparados
Pese a la gravedad de los incendios recientes, los expertos consideran que España cuenta con equipos de extinción preparados y con una elevada capacidad operativa. La cuestión, según varios especialistas, es que durante años se ha invertido mucho más en apagar que en evitar que el incendio llegue a ser incontrolable.
María Luisa Chas-Amil, catedrática de Economía Aplicada en la Universidad de Santiago de Compostela, señala en un análisis publicado en The Conversation que cerca del 78% del gasto destinado a incendios se concentra en extinción, mientras que la prevención recibe una proporción mucho menor. Un modelo que, según los investigadores, resulta difícil de mantener económicamente si los grandes incendios continúan aumentando.
Los propios equipos de emergencia podrían desempeñar un papel mayor durante todo el año, más allá de los meses de máximo riesgo. Para Cristina Montiel, limitar su actividad a la campaña de incendios es un error en un contexto donde la prevención se ha convertido en la principal herramienta de defensa.
La diferencia entre improvisar y estar preparados
Ahora bien, algunos territorios ya muestran que la organización local puede marcar la diferencia. En Jávea, por ejemplo, los equipos de voluntarios y Protección Civil participan en labores de vigilancia y respuesta temprana, una fórmula que permite actuar cuando un incendio todavía es pequeño.
Para Ferrán Dalmau, ingeniero forestal especializado en prevención, la clave está en abandonar la improvisación. La combinación de planificación, formación ciudadana y gestión del territorio será determinante en un escenario donde los incendios extremos pueden convertirse en una realidad cada vez más frecuente.
El futuro de los incendios en España no dependerá solo de cuántos aviones o bomberos haya disponibles, sino de cómo se transforme la relación entre la sociedad y el campo. El fuego seguirá formando parte del paisaje mediterráneo, pero la gran pregunta es si el territorio estará preparado cuando vuelva a aparecer. @mundiario