Decía Mahatma Gandhi que un país, una civilización, se podía juzgar por la forma en la que trata a sus animales. Parafraseando también podríamos decir lo mismo de la manera en la que una sociedad se comporta al volante.
Al conducir un vehículo, como en cierto anonimato que dan las redes sociales, cuando nadie está observando o, cómo lo planteó Freud, cuando el individuo forma parte de una masa, algunas personas cambian su comportamiento (¿será que se revela una faceta oculta, pero siempre presente?) reaccionando más por sensación y contagio que por reflexión, emergiendo, en algunos casos, una agresividad que no manifestarían en otras situaciones.
Al conducir la persona va adentro de un vehículo, por lo tanto, los límites de su ser se expanden al automóvil, las habilidades visoespaciales y de dirección entran en funcionamiento. Sin embargo, estas se refieren meramente a la ejecución de movimientos y función cognitiva que la produce.
Por otro lado, también están los aspectos psicológicos y afectivos implicados. Como por ejemplo, si se maneja de manera individual o considerando a los demás como parte de un todo que se articula y organiza para buscar el bien común, es decir, la posibilidad de que todos lleguen sanos y salvos a su destino, que se produzca una sincronía en los desplazamientos viales, en el flujo de calles y avenidas; si se va a la defensiva o a la ofensiva, si la persona se coloca ante el volante como ante una guerra o pelea donde nadie puede “ganarle” y siente que siempre tiene que pasar primero, donde ceder el paso equivale a perder, a dejarse ganar, a expresar machistamente ser sometido del otro, cosa que, por supuesto, muchas personas no lo pueden permitir… y demás situaciones que se generan al volante: poner o no las direccionales, irse cambiando de carril como si se tratara de un campo traviesa o una pista de carreras, colocarse muy cerca del automovilista del carril de alta velocidad, echar las luces altas, ir viendo el celular o incluso un video mientras se maneja, y que no decir del gritar, hacer un uso excesivo del claxon, no respetar los límites de velocidad y lidiarse a golpes con otros automovilista.
Todas estas situaciones expresan algo: primero la poca o casi inexistente educación vial, que debe recordarse permanentemente en campañas de sensibilización, así como también la noción en el colectivo de que todos somos un grupo y que al manejar un auto no estoy yo simplemente ejerciendo un poder individual, sino que estoy inscribiéndome en el grupo de todos los automovilistas, en una masa dinámica y que mi comportamiento tendrá un impacto y efecto en los demás, en el grupo.
Pensemos en un ejemplo básico: mucho del tráfico que se genera en las grandes ciudades se debe a que la velocidad entre los distintos conductores es muy variable ya que su conducción no discurre en condiciones constantes, esto hace que muchas personas vayan a exceso de velocidad, gracias a lo cual, algunos abren “ventanas” para poder circular en algunos metros o hasta kilómetros, hasta que llegan a un punto de cuello de botella y entonces tienen que frenar súbitamente, con lo cual el frenado hacia atrás se va acumulando y por lo tanto el tiempo de traslado para los demás se incrementa exponencialmente, yendo a vuelta de rueda, simple y sencillamente porque algunas personas pensaron que era buena idea avanzar a cien o a ciento veinte kilómetros por hora en un tramo muy corto, presentándose un efecto dominó, en cuanto a la acumulación del tiempo.
Este ejemplo, como otros, muestra que lo que uno hace afecta en el todo, en el colectivo. Así como el otro, la ley no escrita del “uno y uno” que sirve para que una vialidad se desahoge con el efecto alternado de ceder un lugar de cada lado según corresponda.
*El autor es psicoanalista, traductor y profesor universitario. Instagram: @camilo_e_ramirez