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Mundiario 30 Jul, 2026 07:00

El acecho a la intimidad en los cuentos de Sofía Balbuena, Personaje secundario

El reciente Premio Ribera del Duero reivindica la intimidad de la mujer como forma de protección frente a un mundo cargado de órdenes, compromisos y restricciones en el que los hombres campan a sus anchas, sin demasiadas cavilaciones. Inmunes a la empatía que necesitan sus parejas, desconocen que hay demasiadas mujeres marcadas por desórdenes afectivos como consecuencia de una cultura y educación inspiradas en la desigualdad.

A través de los cuentos de Personaje secundario (Páginas de Espuma), Sofía Balbuena sugiere que, frente a la rigidez de estructuras sociales y políticas en las que la feminidad siempre está sometida a examen, son la sororidad y un celo íntimo hacia el espacio privado donde la mujer encuentra una forma de dignificarse. Porque ahí empieza a ser visible, escuchada, a cobrar protagonismo, a reconocerse.

Los cuentos de Balbuena no son cuentos de tesis, pues no hay una intención moralizante en la construcción de los mismos, sino que se trata de revindicar, desde lo anecdótico y un costumbrismo perfectamente contextualizado en ámbitos urbanos, un espacio de pensamiento que la mujer encuentra después de fingir  todo aquello que socialmente las convenciones establecidas le exigen: ser madre, amante, una trabajadora con recursos, mantenedora del hogar. Es la propia descripción de las situaciones en su desarrollo ordinario cuando el lector hace esa cura de humildad. Reconoce que los personajes de Balbuena no distan tanto de comportamientos que las mujeres repiten como mecanismo de defensa frente a una coyuntura que parece no tomarlas en serio y sobre las que cae un ejercicio de responsabilidad excesivo, en muchas ocasiones, inasumible.

Por esa razón, en Personaje secundario, se pone en evidencia la actitud de hombres que tienen como prioridad su propia ascensión social, impelido por un narcisismo atroz, frente a la sororidad de mujeres que lidian en secreto con sus propios pensamientos, unas veces compartidos y otras veces, asumidos desde la soledad y sin mucha capacidad de maniobra. En este último caso, destaca el primer relato, "La mejor persona del mundo", en el que se comprueba cómo la decisión de buscar un hijo recae siempre en la mujer frente a la comodidad y el pragmatismo de hombres a los que esa dimensión emocional y afectiva parece estorbar. Del mismo modo, el último relato con el que se cierra el libro afronta el tema del embarazo desde varias voces y puntos de vista femeninos, puesto que la maternidad sucede como confirmación emocional de una relación en ciernes y como una obligación biológica y cultural que no permite ninguna clase de libertad de elección. Tener un hijo tiene plazos y, en el caso de la mujer, este órdago contra el tiempo puede ser devastador. "Felicidades" es un relato en el que un grupo de amigas debate a propósito del embarazo de una de ellas, Sofía. La propia estructura a través de ese carácter coral revela varios aspectos sociales con los que Balbuena disecciona nuestra contemporaneidad: la falta de relaciones sentimentales sostenidas en el tiempo, la pasividad del hombre ante la toma de decisiones fundamentales, la mitificación de la maternidad como única forma de realización por parte de la mujer, la infantilización del compromiso a través de aplicaciones como Tinder.

Queda claro que hay dos mundos temáticos que nunca llegan a encontrarse: la emocionalidad es un lastre para la mujer cuando se convierte en una responsabilidad no compartida. Y deja claro Sofía Balbuena que, socialmente, nos hemos acostumbrado a acatar este régimen donde, pese a los avances legislativos o políticos, todavía existe una brecha que distancia las necesidades del hombre de aquellas que tienen que ver con las mujeres. Pero con una diferencia. La mayoría de veces las necesidades de una mujer se cumplen cuando primeramente se han satisfecho las de su pareja, las de su familia, las de los hijos. Y es una condena de por vida, donde las leyes no alcanzan.

Agradezco esa homogeneidad espacial a la hora de desarrollar el relato, pues esa tendencia a colocar en escenarios urbanos masificados a los diferentes personajes transmite la presión y el estrés sobre las protagonistas, como  así sucede en el segundo relato, "Avenida Rivadavia"; una mujer recorre la ciudad en busca de su amante mientras su marido y su jefe la presionan en la distancia, haciendo que esa travesía por la ciudad adquiera visos odiseicos.

Por otro lado, en "Tsunami", la relación amorosa entre Lorenza y Reina revela biografías marcadas por la frustración y la podredumbre de aspiraciones fallidas al lado de hombres que nunca las satisfacen. Las esferas culturales de estas dos percepciones claramente opuestas se recrudece cuando, tras la lectura de cada relato, se comprueba que nada de esto es ajeno ni inédito, sino que responde a una resignación colectiva. Esquemas basados en una diferenciación de género conllevan implícitamente la desigualdad, una inercia aceptada, encubierta, admitida y que ya se ha hecho invisible por su recurrencia, así que las mujeres no pueden hacer otra cosa que acompañarse, buscarse en la otredad de espíritus insatisfechos, que compiten contra la historia, contra el alud de un patriarcado que no repara en la carencia emocional de sus mujeres, en su sobreesfuerzo, en su resiliencia.

Pero la resiliencia no puede con todo y la escritura de Valbuena demuestra lo triste e irónico que llega a ser que a las protagonistas de sus relatos no les quede otra cosa que pensar en cosas tristes. @mundiario

 

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