España está viviendo un verano excepcional por sus temperaturas, pero también por sus consecuencias. El calor extremo no solo se mide en termómetros que rozan máximos históricos: detrás de cada ola de calor hay un impacto silencioso sobre la salud que ya deja cifras preocupantes. Desde junio, más de 3.400 personas han fallecido por causas relacionadas con las altas temperaturas, según las estimaciones del Sistema de Monitorización de la Mortalidad Diaria (MoMo), del Instituto de Salud Carlos III y el Ministerio de Sanidad.
La Agencia Estatal de Meteorología (AEMET) ha confirmado que este verano se sitúa como el más cálido desde que existen registros, iniciados en 1961. Para Hichan Achebak, investigador especializado en los efectos del clima sobre la salud, los datos actuales apuntan a una realidad inquietante: España avanza hacia “uno de los veranos más mortíferos” de los últimos años.
Solo durante julio, el sistema MoMo calcula que 2.024 personas perdieron la vida como consecuencia del calor, una cifra que convierte ese mes en el segundo con mayor mortalidad atribuible desde que se realizan estas estimaciones. El récord continúa correspondiendo a julio de 2022, cuando se estimaron 2.217 fallecimientos relacionados con las temperaturas extremas.
Estas cifras no representan una lista de certificados de defunción donde aparezca literalmente el calor como causa de muerte. El método utilizado por MoMo analiza el exceso de mortalidad: compara los fallecimientos registrados con los esperados para esa época del año y aplica modelos epidemiológicos que tienen en cuenta los umbrales de temperatura considerados peligrosos por las autoridades sanitarias.
El calor mata de una manera menos visible de lo que suele imaginarse. No son únicamente los golpes de calor sufridos por personas expuestas directamente a temperaturas extremas, como trabajadores al aire libre o deportistas. La mayoría de las víctimas son personas que ya tenían una salud frágil y cuyo organismo no consigue adaptarse al estrés térmico.
El calor como amenaza silenciosa para los más vulnerables
Los datos muestran una realidad clara: la edad es uno de los principales factores de riesgo. Cerca del 69% de los fallecidos estimados este verano por MoMo tenía más de 85 años y más del 99% superaba los 65 años. En estos casos, las altas temperaturas pueden agravar enfermedades previas y acelerar procesos que ya estaban debilitando al organismo.
Juan Torres Macho, de la Sociedad Española de Medicina Interna (SEMI), señalaba que uno de los grandes enemigos del calor es la deshidratación. Con el paso de los años, el cuerpo pierde capacidad para regular la temperatura y también disminuye la sensación de sed, lo que aumenta el riesgo entre personas mayores, pacientes con enfermedades cardiovasculares, problemas renales o deterioro cognitivo.
Sin embargo, los efectos del calor no se limitan a las personas de edad avanzada. La investigación científica empieza a revelar que la exposición continuada a temperaturas extremas puede tener consecuencias más profundas y prolongadas.
Un estudio realizado por investigadores del Instituto de Tecnología de Pekín analizó a 2.318 adultos mayores de 45 años y estudió la relación entre las olas de calor y el envejecimiento biológico. Sus resultados apuntan a que una exposición frecuente a episodios extremos podría acelerar determinados procesos relacionados con la edad, especialmente aquellos vinculados al metabolismo de la glucosa y las grasas.
Aunque los autores advierten de que se trata de un estudio observacional y no permite establecer una relación directa de causa y efecto, sus conclusiones refuerzan una preocupación creciente: los veranos cada vez más intensos pueden dejar una huella sanitaria que va mucho más allá de los días de temperaturas extremas.
España resiste mejor que otros países, pero el riesgo aumenta
La mortalidad asociada al calor no es igual en todos los territorios. España cuenta con décadas de adaptación a las altas temperaturas, una población acostumbrada al calor y una mayor implantación de sistemas de refrigeración. Según Achebak, esas medidas han evitado que los episodios actuales tengan consecuencias todavía más graves.
La comparación con otros países europeos evidencia esa diferencia. Alemania, con menor adaptación histórica a las altas temperaturas, estimó que una sola semana de ola de calor en junio provocó más de 9.600 fallecimientos.
Aun así, los expertos advierten de que la adaptación no puede convertirse en una excusa para minimizar el problema. El cambio climático está modificando la frecuencia y la intensidad de las olas de calor, obligando a revisar las estrategias de prevención y protección de la población vulnerable.
Además, existe una diferencia importante entre los distintos modelos utilizados para calcular el impacto del calor. Mientras MoMo funciona como un sistema de alerta que contabiliza el exceso de mortalidad asociado a temperaturas extremas, otras herramientas como MACE, desarrollada por investigadores del IDAEA-CSIC, la Universidad de Valencia y la Fundación para la Investigación del Clima, utilizan umbrales diferentes y ofrecen estimaciones más elevadas.
Diana Gómez-Barroso, responsable de MoMo, explica que la diferencia está en la metodología: algunos modelos contabilizan únicamente los fallecimientos relacionados con episodios extremos, mientras otros incluyen también los aumentos de mortalidad provocados por temperaturas menos excepcionales, pero igualmente perjudiciales.
La conclusión que extraen los especialistas es contundente: en España, el calor ya se ha convertido en una amenaza sanitaria mayor que el frío. Durante la última década, las altas temperaturas han provocado más de 30.000 muertes atribuibles, frente a menos de 20.000 relacionadas con las bajas temperaturas. @mundiario