Cumplir cien años constituye ya un acontecimiento extraordinario. Hacerlo después de haber dedicado más de siete décadas al ministerio sacerdotal convierte esa efeméride en el testimonio de toda una época de la Iglesia y de la propia sociedad gallega. Es el caso de Ricardo Bello Mato, sacerdote de la Archidiócesis de Santiago de Compostela, que ha celebrado su centenario rodeado del afecto de quienes han compartido con él buena parte de ese largo recorrido pastoral.
Con motivo de este aniversario, el arzobispo de Santiago, monseñor Francisco José Prieto Fernández, visitó a don Ricardo en la Casa Sacerdotal, donde reside actualmente junto a su hermano, también sacerdote, don Jesús Bello. Más allá del carácter institucional del encuentro, la visita quiso reconocer personalmente una vida consagrada al servicio de la Iglesia y de las comunidades a las que acompañó durante décadas.
El arzobispo puso en valor la fidelidad de don Ricardo a su vocación, así como una trayectoria marcada por la oración, la entrega cotidiana y el acompañamiento a miles de personas en momentos de alegría, dificultad o incertidumbre. Un reconocimiento que el sacerdote recibió con la serenidad de quien contempla un siglo de vida desde la perspectiva de la gratitud.
Un siglo de vida y más de siete décadas dedicadas al acompañamiento espiritual de varias generaciones de gallegos. El arzobispo destaca su fidelidad a la vocación y una existencia marcada por la entrega y la cercanía
Nacido en Cances, Ricardo Bello creció en una Galicia profundamente transformada por las consecuencias de la Guerra Civil. Procedente de una familia numerosa y de firmes convicciones religiosas, su infancia estuvo marcada por la pérdida de un hermano y por las responsabilidades que debió asumir desde muy joven. Aquellas experiencias forjaron una personalidad en la que la fortaleza y la sensibilidad caminarían siempre de la mano.
Tras estudiar en el colegio salesiano de Madrid, ingresó en el seminario en 1943, iniciando un camino que culminaría con su ordenación sacerdotal. Entre los recuerdos que conserva con mayor emoción figura la ceremonia en la que fue ordenado diácono por el cardenal Fernando Quiroga. Como el mayor del grupo de ordenandos, le correspondió pronunciar las palabras de agradecimiento en nombre de todos.
Su primera misa, celebrada en 1955 en su localidad natal, permanece igualmente grabada en su memoria. La recuerda como un momento de enorme emoción y también de humildad, consciente de la responsabilidad que asumía al iniciar un ministerio que acabaría prolongándose durante más de setenta años.
Su primer destino fueron las parroquias de Viones, Leiro y Cerneda, en Abegondo, donde comenzó a desarrollar un estilo pastoral basado en la cercanía con los vecinos. Recorrió las aldeas visitando a las familias, impulsó la participación parroquial y colaboró con grupos de universitarios comprometidos con la catequesis, algunos de los cuales terminarían dedicando su vida a las misiones.
Posteriormente desempeñó su labor en Bardaos, donde promovió importantes mejoras en las instalaciones parroquiales y construyó un salón destinado a la formación, la convivencia y la atención de los vecinos. Aquel espacio terminó convirtiéndose en un verdadero centro de vida comunitaria, especialmente para muchos jóvenes que preparaban su emigración a otros países europeos.
Otra etapa especialmente significativa llegó en San Martiño de Ozón, en Muxía. Allí afrontó la recuperación de un monasterio muy deteriorado, impulsó la restauración de edificios históricos y promovió numerosas iniciativas religiosas, sociales y culturales, desde ejercicios espirituales hasta actividades vinculadas al desarrollo del medio rural y la convivencia vecinal.
Su ministerio continuó más tarde en San Pedro de Nós y San Jorge de Iñás, en Oleiros, donde encontró inicialmente unas condiciones difíciles, pero también una comunidad que respondió con entusiasmo a los numerosos proyectos pastorales y sociales puestos en marcha. Catequesis, actividades juveniles, obras de mejora y una intensa labor de atención a enfermos y personas vulnerables marcaron aquellos años.
En 1999 inició una nueva etapa como capellán de la Residencia Padre Rubinos y de las religiosas de la Caridad. Allí centró su vocación en el acompañamiento espiritual de ancianos, personas sin hogar y colectivos especialmente vulnerables, una misión que desarrolló hasta 2017 y que coincidió con el traslado de la institución a las nuevas instalaciones impulsadas gracias a la donación de Amancio Ortega.
A sus cien años, don Ricardo mantiene intactas algunas de las costumbres que han guiado toda su existencia. Continúa dedicado a la oración, al acompañamiento de quienes le rodean y a la escritura. Desde la serenidad de la Casa Sacerdotal insiste en la importancia de cuidar la espiritualidad también en los pequeños gestos cotidianos, como rezar el Ángelus o bendecir la mesa antes de las comidas.
Cuando se le pregunta si volvería a elegir el sacerdocio, responde con una sencillez que resume toda una vida: «Para mí, sí». Una respuesta breve que condensa un siglo de existencia y setenta y un años de servicio, durante los cuales acompañó a varias generaciones de gallegos en parroquias, residencias y comunidades donde dejó una profunda huella humana y espiritual. Su historia constituye hoy mucho más que una larga biografía: representa la memoria viva de una Iglesia que ha acompañado la transformación de Galicia a lo largo de todo un siglo. @mundiario