Estimado Señor Núñez Feijóo:
Le escribo estas líneas al amparo de los últimos días del estío, un tiempo propicio e idóneo para la reflexión pausada que la urgencia de la política diaria rara vez concede. El fin del verano no es solo un simple cambio de estación, sino el preludio de un nuevo curso político muy trascendental que exigirá de todas las fuerzas democráticas altura de miras, templanza y, sobre todo, un proyecto de país nítido, predecible y firmemente anclado en los valores constitucionales comunes.
En este contexto de reanudación y de balances constructivos, me dirijo a usted con el propósito explícito de plantearle una visión constructiva sobre el sistema político que, a mi juicio, España necesita consolidar con urgencia bajo su liderazgo, alejándonos de la polarización estéril que amenaza con cronificar la parálisis institucional crónica de nuestra democracia de forma permanente.
El armazón de nuestra convivencia, diseñado con audacia en la Transición por líderes generosos, requiere hoy una defensa activa frente a los intentos de desmantelamiento asimétrico, pero también exige un reformismo institucional maduro, valiente y adaptado a los nuevos tiempos. Mi planteamiento parte de una premisa clara: el fortalecimiento del Estado de derecho mediante una separación de poderes escrupulosa y un respeto reverencial a la independencia judicial. Un sistema político sano y robusto no puede permitir que los órganos de gobierno de los jueces sean percibidos como un botín partidista.
Su responsabilidad principal estriba en liderar una regeneración profunda que devuelva la confianza ciudadana en las instituciones, garantizando que el mérito, la capacidad y la neutralidad política sean los únicos baremos que rijan los nombramientos en la cúspide del poder judicial y de los organismos reguladores independientes del Estado.
En el ámbito territorial, el modelo autonómico que la Constitución de mil novecientos setenta y ocho consagró con éxito ha demostrado ser un motor de prosperidad y descentralización sin precedentes. Sin embargo, su viabilidad a largo plazo depende de la lealtad federal y de la corresponsabilidad fiscal.
Considero indispensable plantear un sistema de financiación autonómica que sea justo, multilateral y transparente, alejándose por completo de las cesiones bilaterales asimétricas que privilegian a unas regiones sobre otras en función de necesidades parlamentarias coyunturales. La equidad en el acceso a los servicios públicos esenciales, como la sanidad, la dependencia y la educación, debe ser el pilar inamovible de su propuesta territorial.
España debe entenderse siempre como un proyecto compartido de ciudadanos libres e iguales, donde la diversidad sea una riqueza cultural y nunca un factor de discriminación económica, política o jurídica.
Asimismo, la arquitectura parlamentaria de nuestra nación exige una profunda revitalización del debate político contemporáneo. El parlamentarismo debe recuperar su esencia primigenia como foro de deliberación racional y pacto de Estado, en lugar de ser un escenario de gesticulación teatral y bloques dogmáticos e inamovibles. Le sugiero firmemente la articulación de un sistema de grandes acuerdos nacionales en materias estratégicas como las pensiones, la transición ecológica, la vivienda, la natalidad y la seguridad exterior.
Un liderazgo de centroderecha moderno no se mide por la estridencia de su oposición, sino por su capacidad real para ofrecer una alternativa de gobierno que sea inclusiva, moderada y atractiva para amplias mayorías. Es vital ensanchar el espacio político, dialogando con los agentes sociales y los sectores productivos para devolver la previsibilidad económica que los inversores y las familias demandan con urgencia.
Por otra parte, el sistema político que propongo no puede ser ajeno a los desafíos globales que definen el siglo veintiuno. La integración europea debe seguir siendo nuestra brújula geopolítica irrenunciable, defendiendo con firmeza los intereses de nuestros agricultores, ganaderos e industrias en Bruselas, pero asumiendo un papel de liderazgo proactivo en la toma de decisiones comunitarias.
La política exterior de España requiere recuperar la fiabilidad y el consenso histórico, evitando bandazos unilaterales que debiliten nuestra posición internacional en el Mediterráneo, en el Atlántico o en la comunidad iberoamericana. La estabilidad institucional interna es la condición necesaria para proyectar hacia el exterior una imagen de solvencia y seriedad.
Finalmente, la relación entre el representante y el representado debe transformarse mediante una mayor rendición de cuentas y una transparencia real en la gestión pública. La desafección de las generaciones más jóvenes hacia los partidos tradicionales es un síntoma inequívoco de que las estructuras partidistas necesitan abrirse a la sociedad civil, adoptando canales de participación más directos y eliminando la endogamia organizativa.
El liderazgo que España reclama en este nuevo ciclo estriba en la templanza, el rigor de la gestión económica y la defensa inquebrantable de la concordia civil. Confío en que estas reflexiones, formuladas desde el respeto institucional, sirvan para enriquecer el debate sobre el rumbo que debe tomar nuestra nación en los meses venideros.
Le envío un muy afectuoso y cordial saludo. @mundiario