En mis recuerdos, el Mar de Cortés se extiende sobre la arena dorada de San Felipe. Ir en Semana Santa era una tradición, amigos, familia y horas enteras entregadas a la playa y al ritmo despreocupado del puerto.
Hace poco regresé. Casi había olvidado el camino desértico, flanqueado por montañas rocosas, que conduce a ese pequeño poblado suspendido en el tiempo. Ahí seguían el malecón, los comercios, la misma algarabía del ambiente porteño. Y allí estaba yo, en medio del bullicio, pero ya no era la misma.
Tampoco soy la misma en esta Semana Santa, la siento distinta, un poco más solemne que la anterior. Lejos quedan aquellos años en los que vivía sin medir el tiempo, ni detenerme a pensar en el espíritu. Entonces, todo parecía simple. Hoy, la memoria pesa distinto. Los caminos vislumbran otros destinos y mi fe busca ese resplandor constante, para mantenerse inquebrantablemente firme.
El viento golpea las ventanas de mi casa, recordando la Semana Mayor. Las cortinas se mueven a su ritmo, se inflan, se enredan y caen de golpe. La atmósfera se envuelve con esa sensación difícil de nombrar, suspendida entre el duelo y algo que aún no llega. No es del todo tristeza pero tampoco alivio. Es espera.
En la tradición católica, el sábado es el día en que Cristo permanece en el sepulcro. En Mexicali no hay procesiones tumultuosas, sino celebraciones modestas. Hay silencio. Un nublado tenue, y la promesa de Dios con nosotros.
Recuerdo que, en mi infancia, el sábado de Gloria tenía un sonido propio, el de los tamborcitos de cuero que anunciaban la llegada de los fariseos. Esas figuras enmascaradas, con pieles y semillas atadas a los pies, avanzaban por las calles dando saltos e irrumpiendo en las casas del pueblo sonorense de mi madre. Eran presencias centrales de la Semana Santa en las comunidades yaquis y mayo. Hoy, siguen habitando mi memoria.
También recuerdo los templos de Sonora, el olor a incienso, a cera quemada, a flor marchita; el eco contenido en las paredes y el susurro de las novenas en tre mujeres hincadas y devotos fieles. Los miraba con asombro, como espectadora de una tradición lejana.
Ahora soy como ellos. Mis rodillas se doblan y mi oración se eleva, entre cirios encendidos y un amor inmenso a Dios. La Semana Santa es el periodo más importante del calendario litúrgico católico. Conmemora los últimos días de Jesucristo: su pasión, muerte y resurrección.
Es un tiempo de reflexión, recogimiento y renovación espiritual. Los fieles recuerdan el sacrificio y reafirman su fe.
En estos días, comparto ese sentimiento de amor y entrega. Y desde ese silencio que antecede a la esperanza, les deseo un sábado de Gloria en paz y una Pascua en familia, rodeados de amor y de esa fe que, incluso en los momentos más oscuros, siempre encuentra la manera de brillar.
*- La autora es periodista inmigrante..