¿Alguna vez se han detenido a pensar por qué, cuando algo se rompe (una relación, un proyecto, un ambiente) sentimos casi de inmediato la urgencia de señalar a alguien? Como si el desorden no pudiera existir por sí solo y necesitara un rostro donde depositarse. Como si nombrar a un culpable fuera una forma de domesticar el caos, de darle contorno a aquello que, en el fondo, no estamos dispuestos a sostener.
Hay algo profundamente humano en ese impulso.
No siempre sabemos cómo lidiar con nuestra propia responsabilidad. Reconocer que hemos fallado (o que simplemente no tenemos el control) puede resultar insoportable. Y entonces ocurre algo casi automático: desviamos la mirada. En lugar de enfrentarnos a lo que nos corresponde, buscamos fuera lo que no queremos ver dentro. Es más fácil señalar que sostener el peso de la propia conciencia.
Cuando muchas personas empiezan a querer lo mismo al mismo tiempo, la competencia crece hasta volverse insostenible. Lo que comienza como una simple comparación o imitación (querer lo que el otro tiene) termina escalando poco a poco en rivalidad y tensión. Llega un punto en el que ya no se trata del objeto en sí, sino del conflicto que se genera alrededor de él. El equilibrio se rompe y la tensión se propaga, como un eco que se repite y se amplifica sin que nadie logre detenerlo.
Imaginemos un lago. Durante años, varios pescadores acuerdan respetar ciertos límites para no agotar el recurso. Pero un día, uno decide quedarse más tiempo y obtiene más beneficios. Los demás lo observan… y lo imitan. Poco a poco, la competencia escala: redes más grandes, jornadas más largas, más extracción. Hasta que el lago colapsa. El agua se enturbia, los peces desaparecen y lo que antes era vida se convierte en un vacío estéril.
Ante la crisis, ocurre lo predecible: buscan un culpable. Señalan al primero que rompió la regla. Lo convierten en el origen del desastre, ignorando que todos participaron en él. La culpa colectiva se condensa en una sola persona, como si al expulsarla pudieran limpiar lo que, en realidad, sigue intacto.
Ahí aparece el mecanismo del chivo expiatorio: no elimina el problema, sólo lo desplaza. Es como intentar drenar una inundación abriendo un solo agujero en la pared; el agua no desaparece, solo cambia de lugar.
Tal vez porque culpar a otro funciona como un atajo moral. Nos permite conservar la imagen de nosotros mismos sin tener que transformarla. Pero el costo es alto: simplificamos lo complejo, evitamos lo incómodo y repetimos, una y otra vez, el mismo ciclo.
Quizá la verdadera dificultad no esté en encontrar culpables, sino en sostener la incomodidad de no tenerlos. En aceptar que no todo tiene un solo responsable y que, muchas veces, el problema también pasa por nosotros. Porque señalar al otro puede traer calma momentánea, pero sólo hacernos cargo (aunque incomode) puede realmente cambiar algo.
Y ustedes, ¿qué opinan?
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