Se puede conversar sobre diversas temáticas relacionadas con la Semana Santa o los Días Santos y es que, más allá de la religión o creencia que tengamos cada quien, lo verdaderamente importante es la fe que mantengamos en ese poder superior que sabemos que existe.
Sin embargo, las fechas ameritan escribir sobre Jesús, ese hombre que murió en la cruz, dando la plenitud de su vida por la humanidad.
Y entonces nos damos cuenta de que, desde hace 2026 años, siguen existiendo exactamente las mismas conductas humanas: el poder por el poder, la avaricia, unas monedas y la traición. Pero aun con eso, la esperanza y la fe siempre se han mantenido vivas.
En la vida política, como en la católica y la cotidiana, ocurre lo mismo: ¿cuántas veces te han traicionado personas en las que confiabas casi a ciegas? ¿Cuántas ocasiones has presenciado ese momento en el que, tal cual Judas, te venden por monedas? ¿Cuántas más has estado entre hacer lo que consideras correcto y la presión social?
Más allá del ámbito religioso y de las múltiples críticas que se generarían a la Iglesia católica, vale la pena recordar que fue el mismo Jesús quien la cuestionó, triste y melancólico porque no era lo que su padre Dios había diseñado para la humanidad.
Habrá personas que siguen yendo a misa más que los domingos, habrá quienes recen todos los días, pero mientras no hagamos una reflexión conjunta para hermanarnos, perdonarnos y respetarnos en nuestras diferencias, seguiremos sin comprender por qué Jesús dio su vida por esta humanidad que se destruye sola. Porque el que tiene más quiere más, y el que tiene menos aún no descubre que puede tener más sin lastimar a nadie. De eso se trata el humanismo mexicano: vivir en la justa medianía, para que todas y todos lo hagamos con dignidad.
Respecto al dolor y la pasión de Cristo, el debate es amplio. Libros como Conversaciones con Dios de Neale Donald Walsch, u otros que he leído sobre el catolicismo, nos adentran a perspectivas diversas de lo que representa cada ideología. Sin embargo, lo fundamental es creer, luchar y mantener la esperanza.
Pero titulé esta columna “Perdón” y casi no he hablado del tema. Unas líneas atrás lancé preguntas sobre cuántas veces nos han hecho sentir humillados, sin valor o traicionados.
Hace unos meses le arrebataron la vida a un amigo. Sigo pensando que es algo injusto: nadie tiene el derecho de quitarle la vida a nadie. Con ello sentí que dejaba de creer en todo aquello por lo que había luchado. Las lágrimas no cesaban, la cabeza estaba a punto de estallar y el dolor me consumía por dentro. Cuando pensé que la esperanza moría, conversé con un hombre de los más juzgados en la historia política moderna de nuestro país, quien al verme en ese estado solo me dijo: “perdona, Celeste, con ese veneno no vas a poder seguir”.
Y con ese sentimiento, en lugar de que los pensamientos me consumieran, empecé esta nueva lucha: “humanista michoacana por la paz”, que ahora, con prueba y error, se centrará en adolescentes de secundaria, padres y madres de familia, así como en docentes.
Agradezco las palabras de este hombre, quien seguramente, sin darse cuenta, me ha acompañado en mi crecimiento político y que hoy, con 33 años, me sigo preguntando: ¿Jesús es más amor que dolor?
Es fácil pensar en la venganza, es complicado separarla de la justicia, pero el perdón es lo único que nos hace verdaderamente libres.
Las palabras de Jesús durante su trayecto a la crucifixión fueron: “Padre, perdónalos, no saben lo que hacen”.
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