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Radar Inteligente
El Financiero 14 Sep, 2026 07:59

Lo visible es reflejo de lo invisible

No es fácil ocultarlo. Tampoco modificarlo por decreto. Y es que cuando se instala, se acomoda en una forma tal que la gente se acostumbra a su existencia indefinida.

El desorden es el rasgo distintivo de más de una organización. Operan sin respetar la secuencia de actos que un trabajo coordinado requiere. Carecen de apego a los procesos que hacen sentido para la sincronización de actividades que un cliente espera.

Caras vemos, cajones no sabemos. Y, sin importar el tamaño, no son pocas las compañías que más allá de la buena fachada comercial --analógica o digital—que puedan proyectar, carecen de los parámetros más simples de control y del cuidado a sus propias formas de actuación establecidas para su funcionalidad básica.

¿Cómo identificar que el desorden ya se institucionalizó en la corporación? Aquí tres puntos para la reflexión directiva:

1) Donde la certeza debería existir, es la duda lo que aflora.- Saber si ya se compró un insumo. Conocer si ya se entregó un producto. Tener claro cuanto se le ha pagado a alguien. Visualizar quién debe y cuánto. Puntos sencillos que nunca deben producir más confusión.

Cuando no es posible responder con información clara preguntas funcionales básicas de un área, normalmente es indicativo de que personas, procesos e intención de resultados están más que desalineados. Amerita revisar lo que ahí se entiende por orden y funcionalidad.

2) Se argumenta confusión donde debería emerger la claridad.- Si alguien no tiene bien entendido lo que debe hacer en determinada situación en su esfera de responsabilidades, en el mejor de los casos se inmoviliza, pero lo más probable es que dude, improvise y, en su peor expresión posible, enrede.

La falta de orden se deja ver cuando quien debe construir respuestas, suele producir preguntas o críticas. Y quien debe resolver asuntos, lo único que hace es preguntarle a alguien más y culpar a terceros por su incapacidad de ejecución funcional individual.

3) Donde debe haber transparencia, se prefiere mantener oscuridad.- El desorden se alimenta del anonimato. Se protege con la falta de trazabilidad. Y, no pocas veces, se prefiere dedicar la energía a justificarlo, más que a reconfigurar las cosas para ponerlas en su justo y conveniente orden.

Siempre estará disponible el argumento del exceso de trabajo para justificar una bodega desordenada, un caos en el archivo o un deterioro de la vigencia de la información digital necesaria. Pero cuando la falta de orden emerge, el único antídoto previo al caos es darle enorme visibilidad organizacional.

Decir que una operación funciona no es sinónimo de que lo hace con orden y respeto a sus propias formas. Se pueden construir resultados en la improvisación y el caos, mas no se puede operar sin drama y riesgos elevados cuando hay desaseo funcional extendido.

Una empresa con orden la explican muchas cosas: procesos lógicos instituidos y respetados, control en el actuar de equipos funcionales y dedicados, monitoreo continuo de aquellas métricas que bien orienten los criterios de decisión oportuna para mantener el actuar colectivo en sintonía productiva.

Lo que nunca es posible medir desde afuera es el apego al orden interno, la disposición a la colaboración y la disciplina de método de directivos y operativos. Las tres cosas son efectos de una larga lista responsabilidades que muchos ejecutan impecablemente. Bien dicen los que saben: “lo visible es el reflejo de lo invisible”.

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