La universidad pública española llevaba años perdiendo terreno en silencio. Desde la crisis de 2008, la falta de financiación ha limitado su capacidad de crecer al ritmo de una demanda cada vez mayor, especialmente en titulaciones con alta empleabilidad. El resultado ha sido una anomalía: miles de estudiantes con expedientes brillantes expulsados del sistema público y empujados hacia universidades privadas con precios prohibitivos. Ahora, el Gobierno intenta revertir esa tendencia con una apuesta sin precedentes: 20.380 nuevas plazas en la UNED en titulaciones estratégicas.
El movimiento no es menor ni casual. Llega en un momento en el que la educación superior en España se encuentra en plena transformación, con un sector privado que ha sabido detectar el filón de los másteres habilitantes y la formación online. Frente a ello, el Ejecutivo ha decidido utilizar su principal universidad a distancia como palanca para recuperar terreno y, sobre todo, para frenar lo que considera una deriva peligrosa: convertir la universidad en un mercado donde el acceso depende más del bolsillo que del mérito.
La expansión anunciada para el periodo 2026-2029 no solo incrementa el número de plazas en casi un 50% en grados y más de un 40% en másteres, sino que redefine el papel de la UNED dentro del sistema universitario. De ser una institución tradicionalmente limitada por recursos, pasa a convertirse en un actor central en la estrategia pública. La inversión prevista —que duplicará su presupuesto hasta los 170 millones de euros— apunta a algo más profundo que una simple ampliación: es un intento de reconstrucción.
En el trasfondo de esta decisión hay un dato que inquieta en el Ministerio: mientras cada vez más estudiantes aprueban el acceso a la universidad, las plazas públicas no crecen en la misma proporción. Esa brecha ha sido aprovechada por la privada, que no solo ha absorbido la demanda, sino que ha consolidado su dominio en los másteres, especialmente los obligatorios para ejercer profesiones reguladas. Ahí es donde se libra la verdadera batalla.
Hoy es un día muy importante para mí. La @UNED representa la igualdad de oportunidades y ha permitido que miles de personas accedan por primera vez a la universidad.
— Diana Morant (@DianaMorantR) April 8, 2026
Como ministra, tengo el compromiso firme de reforzar la universidad pública. Por eso impulsamos un plan histórico… pic.twitter.com/iN1oQpTBCk
La universidad como campo de batalla social
El crecimiento de la universidad privada no es solo una cuestión de oferta educativa; es también un síntoma de desigualdad. Cuando un estudiante se ve obligado a pagar entre ocho y veinte veces más por una plaza que no ha encontrado en la pública, el sistema deja de ser meritocrático. Y esa fractura no es menor: redefine quién puede acceder a determinadas profesiones.
La estrategia del Gobierno busca precisamente contener esa grieta. De acuerdo con EL PAÍS, al ampliar plazas en titulaciones como Inteligencia Artificial, Ciberseguridad o Neurociencia, pero también en másteres habilitantes como el de profesorado o psicología sanitaria, intenta responder a dos urgencias: la económica (cubrir sectores clave) y la social (garantizar igualdad de oportunidades).
Pero el desafío no es solo cuantitativo. Durante años, la universidad pública ha quedado rezagada en ámbitos como la formación online, donde la privada ha crecido con rapidez. La UNED, por su naturaleza híbrida y digital, aparece como la herramienta más eficaz para competir en ese terreno sin necesidad de construir nuevas universidades físicas.
El auge del negocio educativo
El discurso del Ejecutivo es claro: hay universidades que han priorizado el negocio sobre la calidad. La proliferación de centros privados, facilitada por normativas laxas en algunas comunidades autónomas, ha generado un ecosistema donde no siempre prima el rigor académico. En ese contexto, el aumento de requisitos para abrir nuevas universidades anunciado por el Gobierno busca poner freno a lo que considera “chiringuitos educativos”.
Sin embargo, el éxito de la privada no se explica solo por la regulación, sino también por su capacidad de adaptación. Ha sabido ofrecer lo que el mercado demanda: flexibilidad, especialización y, sobre todo, acceso inmediato. La pública, en cambio, ha estado limitada por su estructura y financiación. Ahí es donde la ampliación de la UNED cobra sentido estratégico. No se trata solo de competir, sino de redefinir las reglas del juego.
¿Un punto de inflexión o un parche temporal?
La gran incógnita es si esta expansión será suficiente para revertir la tendencia. Aunque 20.380 nuevas plazas suponen un salto significativo, el déficit acumulado durante años es profundo. Además, la demanda sigue creciendo, especialmente en másteres habilitantes donde la privada mantiene una posición dominante.
El propio reconocimiento del rector sobre la “escasa capacidad de crecimiento” previa refleja un problema estructural que no se resuelve de la noche a la mañana. Renovar plantillas, modernizar infraestructuras y escalar la oferta formativa requiere tiempo y continuidad política.
Aun así, el mensaje es inequívoco: el Estado no está dispuesto a ceder el control de la educación superior a la lógica del mercado. La apuesta por la UNED simboliza una resistencia, pero también una advertencia: la universidad pública quiere volver a ser el ascensor social que fue. @mundiario