Gracias, pero Ya te deje ir:
Cuando hablamos de relaciones de pareja, podemos encontrar millones de combinaciones y situaciones posibles. Lamentablemente, en muchas ocasiones, la evolución natural de la convivencia comienza a desmoronar el entendimiento mutuo. Los días comienzan a ser más cotidianos y menos especiales, se dejan de tener cosas en común y, a veces, hasta la soledad nos brinda más tranquilidad que la compañía.
Cuando este momento llega y lo vemos de frente, queremos revertir la situación. Sin embargo, no hay nada más triste que darte cuenta de que los caminos del destino ya no se dirigen al mismo lugar. Los tiempos que algún día se luchó por sincronizar ahora ya no son importantes y pasaron a segundo término; dejamos de charlar o de buscar un futuro juntos.
Es cierto que puede haber pendientes que nos exijan permanecer juntos, como hijos en común, deudas, o simplemente el no querer renunciar a lo que pensamos que tenemos (aunque desde hace tiempo lo perdimos). ¿Ahora qué vamos a hacer? Nos sentamos en el comedor a compartir recuerdos y vemos cómo la felicidad fue cambiada por la indiferencia. Juramos hacer nuestro mejor esfuerzo para salir adelante por nosotros, pensamos que todo va a estar bien, pero al día siguiente la verdad nos golpea de frente. Cuando regresamos a esa zona donde descubrimos que nos sentimos mejor, la soledad nos vuelve a recordar que estamos bien.
Ahora, ¿de dónde sacamos el valor para hablar de una separación? Tratamos de convencernos de que las cosas están bien, pues nos asustamos al pensar en decirle a nuestra familia o amigos que la relación se terminó y que tendremos que comenzar de nuevo. Nos aferramos con las uñas a ese vestigio de una relación que juramos que era para siempre. Mientras estas ideas pasan por nuestra mente, vemos cómo nos seguimos volviendo desconocidos: cada vez hay más secretos, menos planes juntos, o incluso ronda la idea de otras personas en la vida que roban las sonrisas que antes provocábamos nosotros.
Cuando ese momento llega y sabes lo que se tiene que hacer, ¡hazlo!. No te digo que no va a doler, pero el daño será menor que si esperas a que las discusiones lastimen, que la revancha te ciegue o que la indiferencia te desilusione. Separarte no significa que debas esperar a que la persona que amaste se vuelva tu peor enemigo. Si lo haces a tiempo, puede que exista una segunda oportunidad más madura y consciente, o que encuentres la paz que buscabas.
Si la encuentras, defiéndela contra el pensamiento de lo que pudo ser y sabes que no será. Sana tu corazón, y cuando esa persona —que no quiere renunciar a ti a pesar de saber que ya no hay un "nosotros"— te quiera regresar al lugar adonde no quieres volver, podrás decir: "Gracias, pero ya te dejé ir".
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