Tales fueron las palabras que los conjurados pronunciaron tras haber convenido que —para salvar la República romana— resultaba necesario privar de la vida a Julio César, quien a sus ojos se había convertido en un dictador inmensamente poderoso y rico, como consecuencia de la conquista de la Galia… A dos mil años de su trágica muerte, César sigue presente en el calendario, en los libros de historia y en el imaginario político de Occidente. No es una metáfora: nuestra cultura y nuestro mundo nos recuerdan bajo múltiples formas a aquel personaje cuya ambición y talento transformaron el destino de la humanidad.
Los conspiradores le dieron muerte el 15 de marzo del año 44 a. C. —los idus de marzo. Aquella mañana, a las puertas del senado un grupo de republicanos radicales lo apuñaló con la convicción de que así exorcizarían el regreso a la monarquía. El episodio es uno de los momentos más célebres de la historia política: un líder en la cúspide del poder, una conjura senatorial y una frase dirigida a su ‘hijo’ Bruto que aún resuena en la literatura.
Su fama, sin embargo, no se debe exclusivamente a su emblemática muerte: César era un genio militar y un político fuera de serie. Su conquista de la Galia, narrada por él mismo en un latín ejemplar, extendió las fronteras de Roma hasta el Atlántico, siendo uno de los generales (dux) más influyentes de su tiempo. Las campañas no sólo dilataron los confines romanos, sino que también transformaron el equilibrio político de la antigua ciudad-Estado.
Su influencia cultural e histórica alcanzó incluso la medición y el cómputo del tiempo. Hasta entonces el calendario resultaba confuso e irregular; César lo reformó con ayuda de los astrónomos alejandrinos y lo fijó definitivamente basándolo en el ciclo solar (calendario juliano). A partir de entonces, el año fue distribuido en doce meses con una duración más precisa, reforma tan útil que Occidente la utilizó durante más de mil quinientos años, hasta su sustitución por el actual calendario gregoriano. En reconocimiento a su figura, uno de esos meses recibió su nombre: julio, el antiguo Quintilis que así se convirtió en homenaje perenne a su memoria.
Julio César asumió muchos roles a lo largo de su vida: militar, político, escritor y figura clave de los sucesos que condujeron a la instauración del Imperio absoluto, preanunciando con su muerte la de la propia República. Polémico y controvertido, fue admirado por muchos y odiado por otros, además de hermanar elocuentemente la ambición personal con su innegable vocación histórica.
Tal vez por eso su recuerdo es aún fascinante: más allá del personaje legendario, de las tragedias de Shakespeare o de los textos de historia, César encarna una pregunta que atraviesa los siglos: ¿puede un solo individuo cambiar el curso de la historia? Sin duda, a él correspondió este grave honor que pagó muy caro con su propia vida.
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