PACHUCA, Hgo. 20 de abril del 2026.- En México, el consumo de alcohol entre jóvenes dejó de ser un asunto de recreación para convertirse en un problema estructural de salud pública y desarrollo social. No es una exageración: hoy, el alcohol está directamente asociado con el bajo rendimiento académico, la deserción escolar y la ruptura de trayectorias educativas en etapas decisivas como el bachillerato y la universidad. De acuerdo con la Encuesta Nacional de Consumo de Drogas, Alcohol y Tabaco (ENCODAT 2025), el 73.1% de la población de 12 a 65 años ha consumido alcohol alguna vez en la vida, mientras que el inicio del consumo ocurre, en promedio, a los 13.2 años en adolescentes. Este dato resulta particularmente alarmante, ya que evidencia una exposición temprana en una etapa de desarrollo neurológico crítico. A esto se suma que cerca del 35-40% de los adolescentes ha consumido alcohol en el último año, lo que confirma que no se trata de casos aislados, sino de una exposición amplia y constante.
Sin embargo, lo más preocupante no es únicamente su impacto, sino la forma en que lo hemos normalizado. Pachuca ofrece una escena que debería alarmarnos, pero que hemos decidido pasar de largo. Un miércoles cualquiera, alrededor del horario de la comida, antro lleno, filas largas para entrar, jóvenes consumiendo alcohol en pleno horario escolar. Sin supervisión. Sin control. Sin cuestionamientos. Lo que estamos viendo no es ocio juvenil: es una falla colectiva.
Porque el alcohol, a diferencia de otras sustancias, no opera desde la marginalidad. Está integrado en la vida cotidiana, en la convivencia social, en las celebraciones familiares y, cada vez más, en la identidad juvenil. Se consume no solo por gusto, sino como mecanismo de pertenencia, como llave de acceso a lo social, como vía para perder inhibiciones. Y ahí radica el problema: cuando algo se vuelve cultural, deja de percibirse como riesgo.
El alcohol afecta la memoria, la atención y la capacidad de aprendizaje. El resultado es visible en las aulas: reprobación, ausentismo, desinterés, pérdida de disciplina. Pero el daño no se detiene ahí. El consumo de alcohol está directamente vinculado con el abandono escolar. No es un fenómeno menor: el bachillerato en México registra tasas de abandono cercanas al 10-13% anual, las más altas del sistema educativo. No es coincidencia que los niveles más altos de consumo se encuentren entre jóvenes que ya no estudian o que presentan rezago académico. El patrón se repite: inicio temprano, caída en el rendimiento, desconexión con la escuela, abandono. Y mientras ese proceso ocurre, nosotros seguimos mirando hacia otro lado.
En Hidalgo, y particularmente en Pachuca, las condiciones agravan el problema: alta concentración de jóvenes, amplia disponibilidad de alcohol, baja percepción de riesgo y, sobre todo, una regulación que en la práctica es débil o inexistente. La pregunta es incómoda, pero necesaria: ¿cómo es posible que existan bares operando, y llenos en horarios escolares y días hábiles, sin que haya intervención alguna? No se trata solo de consumo. Se trata de omisión. Omisión de una sociedad que no ve.
Cuando un joven puede beber a plena luz del día en un antro sin restricciones, el mensaje es claro: no pasa nada. Y ese mensaje, repetido cientos de veces, termina por normalizar lo inaceptable. Estamos frente a un problema que no es individual, sino social. No es una decisión aislada de los jóvenes, sino el resultado de un entorno que facilita, permite y hasta promueve el consumo. El alcohol no solo afecta la salud, está debilitando el proyecto educativo de toda una generación.
Romper esta inercia exige algo más que discursos. Requiere regulación real del acceso al alcohol, supervisión efectiva de establecimientos, intervención en los espacios urbanos donde ocurre el consumo y programas preventivos que comiencen antes de que el problema aparezca. Pero, sobre todo, exige algo más difícil: dejar de normalizarlo. Porque mientras sigamos viendo como "normal" un bar lleno entre semana, a la hora de la comida, seguiremos perdiendo jóvenes en silencio. Y ese es un costo que no podemos seguir pagando.
Las de chile seco
Dos en uno: problema de salud pública, asociado al escolar.
Las opiniones y conclusiones expresadas en el artículo son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente reflejan la posición de Quadratín.
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