Famosa o infamemente, las películas sobre momias siempre han sido una propuesta difícil de convertir en algo realmente interesante o entretenido. Iniciando con Boris Karloff en 1932, Universal creo una serie de cinco películas, cada una más aburrida que la anterior. Después de todo, ¿qué tan espeluznante puede ser una momia que camina por los pasillos a la velocidad máxima de un perezoso? Con duraciones aproximadas de una hora cada una, el tedio que producen las hacía sentir interminables. Un verdadero suplicio poder acabarlas. La única razón por la que alguien realmente las ve es ser un completista obsesivo de Universal y el cine de terror en general. En los cincuenta llegó la Hammer con sus versiones de los monstruos clásicos, Drácula, Frankenstein, y no podía faltar la momia. Con cuatro cintas, Hammer tampoco ofreció algo muy interesante, más allá de la primera, con Peter Cushing y Christopher Lee.
En los noventa y dos miles, las Momias con Brendan Fraser eran una mezcla de comedia e Indiana Jones, que de terror no tenían nada. No olvidemos el bodrio de Tom Cruise, que acabo con el planeado Universo Obscuro de Universal. Y eso nos lleva a lo que Warner/New Line decidió llamar, por diferenciarla del resto, La momia de Lee Cronin (Lee Cronin’s The Mummy), que en México recibió, por una vez en la vida, el más apto título, La maldición de la momia. Y es que definitivamente debe existir algún tipo de imprecación que evita la existencia de una película sobre momias que valga la pena ser vista, que no sea Las momias de Guanajuato, claro está.
La grandiosa idea de Cronin consiste en que una niña (Katie) de una familia americana, viviendo en Cairo, es secuestrada, para reaparecer ocho años después dentro de un sarcófago, traumatizada y literalmente momificada en vida. Los hechos no son cuestionados con ninguna lógica, ni por las autoridades ni por sus padres. Estos últimos simplemente, felices de recuperarla, la acogen, en su estado cuasi catatónico, y aspecto de carne seca, con toda naturalidad. Aquí, empiezan los verdaderos, problemas, no de la trama en sí, que es totalmente predecible, sino de la forma en que Cronin aborda el tema. Todo es tan absurdo que podría ser una comedia, la actuación de Jack Reynor, como el padre de familia, con una eterna cara de sorpresa, que lo hace parecer el meme de Chris Pratt en la oficina, sería la prueba contundente de que Cronin está troleando. Sin embargo, la manera en que maneja los acontecimientos, la fotografía amarillenta y la aparente seriedad de todos los involucrados nunca cuaja con un tono definido.
Tampoco ayuda que en realidad, todo lo que Cronin expone, es una serie de “homenajes”, que parecen un “grandes éxitos del cine de terror” y más bien son plagios desvergonzados de mucho mejores películas. Con una trama casi calcada de El Exorcista, y repitiendo al pie de la letra, secuencias e imágenes del cine de terror italiano, Hellraiser, Evil Dead y sobre todo de Braindead, Cronin deja muy claro que Lucio Fulci, Sam Raimi y Peter Jackson son sus más grandes ídolos. Desafortunadamente, el director irlandés, no tiene ni un ápice del sentido del humor de los dos últimos, y a pesar de su desmesurado esfuerzo por imitarlos, el resultado es una película sobre sacrificio infantil demoniaco, que, en este (o en cualquier) momento, deja un muy mal sabor de boca.
La momia ha asestado nuevamente su maldición, con una insoportable película de 134 minutos de duración, que estaría mucho mejor sepultada en un sarcófago por toda la eternidad. De evitarse a toda costa.