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Mundiario 23 Oct, 2026 05:57 (8 min de lectura)
Riesgo / Alerta

¿Hay más danas en España? La señal de alarma está en la intensidad de las lluvias

Por María P. Martínez En Mundo España
¿Hay más danas en España? La señal de alarma está en la intensidad de las lluvias
PUNTOS CLAVE DEL ANALISIS (IA SCOPE)
• La intensidad de las lluvias supera a la frecuencia como indicador de riesgo en España.
• El Mediterráneo cálido alimenta tormentas más violentas y destructivas.
• Eventos extremos se repiten rápidamente; el cambio climático multiplica su probabilidad.

España ya no puede medir el peligro de las danas únicamente por su frecuencia. La preocupación de los meteorólogos está en la energía que acumula la atmósfera y en su capacidad para transformar una situación meteorológica aparentemente corriente en un episodio de lluvias torrenciales. El calentamiento del Mediterráneo está alterando las condiciones en las que se desarrollan estas perturbaciones y aumenta el potencial destructivo de algunas tormentas. La cuestión ya no es solo cuántas danas se producen, sino qué consecuencias pueden desencadenar cuando coinciden los factores adecuados.

La sucesión de inundaciones graves ha convertido el término en una fuente de inquietud colectiva. Sin embargo, una dana no implica necesariamente precipitaciones extremas, del mismo modo que no todas las inundaciones están provocadas por este fenómeno. Rubén del Campo, portavoz de la Agencia Estatal de Meteorología (Aemet), insiste en la importancia de distinguir entre el sistema meteorológico y los efectos que puede producir. Confundir ambos conceptos dificulta la comprensión del riesgo y puede alimentar falsas expectativas sobre la evolución del tiempo.

Tampoco existe todavía una respuesta concluyente sobre si estas perturbaciones son más frecuentes que hace décadas. Samuel Biener, climatólogo e investigador de Meteored y del Laboratorio de Climatología de la Universidad de Alicante, explica a El País que cada año se aproximan a España alrededor de 20 danas, aunque solo una o dos suelen causar daños. Para determinar si su número está aumentando sería necesario disponer de series climatológicas suficientemente largas.

Lo que sí preocupa a los especialistas es la intensidad que pueden alcanzar determinados episodios. Dos acontecimientos con precipitaciones superiores a los 700 litros por metro cuadrado en apenas tres años, los asociados a las danas de 2024 y Adam, ilustran la magnitud del problema. Juan Jesús González Alemán, investigador de la Aemet, considera especialmente preocupante que se produzcan fenómenos de semejante envergadura en un intervalo tan corto.

El Mediterráneo caliente alimenta las tormentas

La principal transformación se encuentra en las condiciones que rodean a estas perturbaciones. Un mar más cálido favorece la evaporación y aporta más humedad a la atmósfera. Cuando esa humedad coincide con mecanismos que impulsan el ascenso del aire, puede alimentar nubes de gran desarrollo y precipitaciones excepcionalmente intensas.

El Mediterráneo alcanzó este verano los 33,2 grados en algunos registros citados por los especialistas, mientras que el calor persistió durante septiembre. Estas temperaturas elevadas prolongan las condiciones favorables para que la atmósfera disponga de abundante vapor de agua, un ingrediente que puede agravar las consecuencias de determinados episodios meteorológicos.

Benito Fuentes ha estimado que el calentamiento global añadió a la dana Adam una cantidad de lluvia equivalente a una séptima parte del agua almacenada en toda la Comunidad Valenciana. Según sus cálculos, ese aporte adicional podría haberse producido también en un escenario sin cambio climático, pero habría sido unas 50 veces menos probable.

La explicación ayuda a entender por qué el calentamiento global no necesita provocar una dana para aumentar el peligro. Su influencia puede manifestarse en la cantidad de humedad disponible y en la intensidad de las precipitaciones que se generan cuando las condiciones atmosféricas desencadenan una tormenta.

El riesgo ya no se mide con los patrones del pasado

Los periodos de retorno, utilizados tradicionalmente para estimar la frecuencia de los acontecimientos extremos, ofrecen una referencia cada vez más difícil de interpretar en un clima que cambia con rapidez. Juan Jesús González Alemán considera extraordinaria la repetición de episodios tan intensos en la Comunidad Valenciana, mientras que otros especialistas advierten de las limitaciones de aplicar estadísticas históricas a una atmósfera sometida a nuevas condiciones.

Rubén del Campo cuestiona que estas estimaciones puedan trasladarse sin matices a un escenario de calentamiento acelerado. Samuel Biener recuerda, además, que la década de los ochenta estuvo marcada por inundaciones devastadoras en el territorio valenciano, entre ellas la pantanada de Tous de 1982 y varios episodios de lluvias extremas en 1986, 1987 y 1989.

Aquellos antecedentes impiden concluir que los episodios actuales sean necesariamente más frecuentes que todos los del pasado. Pero también muestran que los acontecimientos excepcionales pueden repetirse en periodos mucho más cortos de lo que sugiere una interpretación rígida de las estadísticas. Para la prevención, la lección es clara: las infraestructuras y los planes de emergencia deben contemplar escenarios de gran impacto, aunque históricamente hayan sido poco habituales.

Una atmósfera con más energía y mecanismos distintos

Ángel Rivera, meteorólogo y autor de Danas, propone entender estos fenómenos mediante una comparación: la perturbación actúa como un motor y el aire cálido y húmedo, como el combustible que permite desarrollar su potencial. Si el Mediterráneo proporciona más humedad y calor, las tormentas pueden disponer de condiciones más favorables para intensificarse.

A ello se suma la expansión de la atmósfera subtropical hacia latitudes medias, que puede introducir flujos húmedos en distintos niveles de la atmósfera. Cuando coinciden estas circunstancias, el resultado puede ser una situación meteorológica de elevada energía. Biener resume el proceso con una advertencia: la dana se encuentra con una atmósfera “dopada”, una expresión que refleja cómo el calentamiento modifica el entorno en el que se desarrollan las tormentas.

Las señales de cambio también se han observado en episodios recientes. Las lluvias del 3 y 4 de octubre en Cataluña presentaron estructuras atmosféricas que llamaron la atención de los investigadores. González Alemán ha estudiado la formación de una estructura con características similares a las de una depresión tropical, un comportamiento excepcional en esta región.

Estos procesos refuerzan la necesidad de no atribuir todas las inundaciones a un único mecanismo. Rivera propone dar más protagonismo a expresiones como “temporales de lluvias torrenciales”, que permiten describir los efectos sin asumir que todos responden a una dana.

Lluvias más concentradas y nuevas zonas vulnerables

El cambio también afecta a la distribución de las precipitaciones. Biener y Del Campo señalan que se observa una mayor concentración de las lluvias en episodios intensos, frente a precipitaciones más repartidas. Aunque esto no significa necesariamente que llueva menos en el conjunto del año, sí puede aumentar los daños cuando grandes cantidades de agua caen en pocas horas.

El terreno tiene una capacidad limitada para absorber el agua y los sistemas de drenaje pueden verse desbordados. En esas circunstancias, las inundaciones afectan a viviendas, carreteras, cultivos y servicios esenciales, además de poner en peligro vidas humanas. La exposición al riesgo depende tanto de la intensidad de la lluvia como de la urbanización, el estado de las infraestructuras y la preparación de las administraciones.

Los episodios registrados en Madrigueras, en Albacete, y Urda, en Toledo, con más de 140 litros por metro cuadrado en pocas horas, ilustran que las precipitaciones extremas no son un problema exclusivo del litoral mediterráneo. Ángel Rivera advierte de que las zonas del interior también necesitan revisar sus infraestructuras ante fenómenos que antes se consideraban menos habituales.

Predecir mejor y comunicar la incertidumbre

La respuesta no puede limitarse a poner nombre a las danas más peligrosas. La Aemet comenzó a bautizar estos episodios la temporada pasada, después de la tragedia de octubre de 2024 en Valencia. Hasta ahora, las dos perturbaciones identificadas han sido Alice y Adam. En comparación, se han nombrado 18 borrascas durante el mismo periodo.

Sin embargo, la denominación no resuelve la dificultad fundamental: anticipar dónde, cuándo y con qué intensidad descargará la lluvia. Las danas pueden evolucionar de manera irregular y los modelos meteorológicos no siempre representan adecuadamente la influencia del mar en condiciones extremas.

Rivera defiende aprovechar la inteligencia artificial para mejorar los pronósticos, sin sustituir el criterio de los profesionales. Biener, por su parte, advierte de que los modelos pueden subestimar el papel del Mediterráneo en un contexto de calentamiento acelerado.

La comunicación pública también resulta decisiva. Informar de la incertidumbre no significa restar importancia a una alerta, sino explicar qué se sabe, qué escenarios son posibles y qué medidas deben adoptarse. En una atmósfera cada vez más cálida, esperar a que un episodio alcance proporciones extraordinarias para revisar los mecanismos de prevención puede tener un coste demasiado alto.

El desafío para España consiste en adaptar la predicción, la protección civil y las infraestructuras a un riesgo que no depende únicamente de la frecuencia de las danas. El calentamiento del Mediterráneo está modificando las condiciones de partida y obliga a replantear cómo se anticipan las lluvias extremas y cómo se prepara el territorio para soportarlas. @mundiario

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