
–Tiene fácil el sollozo.
Así decía Rubén Darío de un romántico y melancólico poeta joven que se echaba a llorar a la menor provocación.
Yo no tengo fácil el sollozo, pero sí el recuerdo. Con cualquier cosa se me abre la llave de la recordación. Es cosa de la edad, lo sé. Me sucede que no me acuerdo ya de lo que hice antier, pero sí de lo que hice aquella tarde –o noche, más probablemente– de hace 50 años.