El Camino de Santiago hace años que dejó de ser solo una ruta de fe para convertirse en la puerta de entrada a un turismo de alto valor que quiere quedarse en Galicia. La primera mesa de Sublime, en Faro Silleiro, lo confirmó: el reto ya no es llenar el Camino, sino cuidar qué Galicia descubre quien lo recorre.
El Camino ya cambió (aunque a veces no lo queramos ver)
En Galicia seguimos hablando del Camino como si fuera un descubrimiento reciente, pero la realidad es que lleva al menos una década siendo mucho más que una ruta de peregrinación. La primera mesa de Sublime —con Sabela Gippini (GaliWonders/Noré), Roberto Fraga (Pilgrim/Senda) y Carmen Pita (Turismo de Galicia)— dejó una idea clara: el Camino ha cambiado, el peregrino ha cambiado y Galicia tiene que decidir qué hacer con esa ventaja competitiva.
Sabela recordaba su primera experiencia profesional con el Camino en Irlanda, hace quince años, cuando la palabra “Camino” despertaba interés, pero “Galicia” aún sonaba lejana. Hoy la flecha amarilla sigue siendo la gran marca internacional, pero el destino empieza a hacerse hueco propio en la mente del viajero: el Camino ya no es solo un fin, sino el inicio de una relación más larga con Galicia.
Del peregrino devoto al viajero de alto valor
La transformación del perfil es evidente. La mesa hablaba de un peregrino menos movido por la religiosidad y más por una mezcla de búsqueda personal, naturaleza, cultura y autenticidad. Un viajero con nivel adquisitivo y cultural medio?alto, que rehúye destinos masificados y quiere experiencias singulares, coherentes con la idea de “lujo tranquilo” que Galicia puede ofrecer como pocos lugares en Europa.
Sabela describía dos grandes perfiles: el peregrino que llega a Santiago y decide prolongar su estancia para conocer otras caras de Galicia, y el viajero que ni siquiera tiene intención de hacer el Camino completo pero quiere vivir la región a través de su gastronomía, su paisaje y su manera de estar en el mundo. Su propia evolución empresarial lo ilustra: de GaliWonders, centrada en el Camino, a Noré, una marca pensada para vender ese turismo singular más allá de las flechas amarillas.
Roberto, desde Pilgrim, aportó una metáfora muy potente: el Camino es como ese bolso de entrada a una marca de lujo. Es el producto accesible que abre la puerta a todo un universo de experiencias y servicios de mayor valor añadido. Durante años, las empresas turísticas se encargaban de decirle al cliente del Camino que “hay vida más allá”: que existen alojamientos, bodegas, rutas y productos que merecen alargar el viaje. Ahora empieza a ocurrir lo contrario: hay viajeros que vienen a Galicia porque intuyen ese universo singular y, de paso, se sienten casi obligados a tocar el Camino para no marcharse con la sensación de haberse dejado algo esencial sin vivir.
Galicia como destino: lo que el Camino ya ha hecho por nosotros
Esta mesa sirvió también para verbalizar algo que a veces no valoramos: el Camino ha sido la mayor campaña de marca país que ha tenido Galicia en su historia contemporánea. Durante años, la administración y el sector privado han trabajado juntos para posicionar la ruta jacobea en el mundo, y hoy ese esfuerzo se traduce en algo muy concreto: un turista de calidad que ya confía en nosotros, que sabe llegar y que está dispuesto a pagar por experiencias que estén a la altura.
Carmen Pita insistió en que el nuevo plan estratégico pasa por crecer en calidad, no solo en cifras. Se habló de desestacionalización (complicada en un territorio con el clima y los calendarios que tenemos) y, sobre todo, de un reto muy gallego: repartir los flujos por el territorio. Hay comarcas casi invisibles para el gran público que tienen todo lo que busca ese viajero singular: termalismo, paisaje, cultura, pequeños pueblos con alma. Ahí es donde el Camino puede ser llave maestra, si somos capaces de “desenganchar” al peregrino de la foto obligatoria y ofrecerle rutas de continuidad por la Galicia menos evidente.
Una publicación compartida por Sublime Summit (@sublimesummit)
Evangelizar, paquetizar, cooperar
Quizá la palabra más representativa fue “evangelizar”. No en clave religiosa, sino en el sentido de construir cultura compartida entre administración, empresas y territorio. Sabela ponía deberes concretos a la parte pública: seguir haciendo con esos nuevos productos lo que se hizo en su día con el Camino, es decir, darles visibilidad, invertir en promoción inteligente y sostener en el tiempo el relato de un destino singular.
Del lado privado, Roberto fue muy claro: hacen falta ayudas concretas para fan trips, para paquetizar nuevos productos, para que el riesgo de lanzar algo diferente no recaiga exclusivamente en pequeñas empresas que ya van al límite. El Camino enseñó que cuando se alinean promoción institucional y esfuerzo privado, la demanda llega. La gran pregunta es si vamos a aplicar esa misma fórmula a la Galicia que no está a pie de ruta.
En paralelo, Carmen recordaba que la estrategia de Turismo de Galicia se ha construido escuchando al sector, de la mano del clúster, con la sostenibilidad como norte. Es un punto de partida valioso, pero no suficiente por sí solo. La cooperación real se medirá en si somos capaces de poner recursos donde ya tenemos diagnósticos claros: en descongestionar puntos calientes, en abrir nuevos corredores de valor y en profesionalizar el servicio que recibe este viajero de alto nivel desde el primer clic hasta el último adiós.
El Camino ya hizo su parte. Ahora le toca a Galicia
La sensación que dejó la mesa es que el Camino ha cumplido con creces su papel de catalizador: ha puesto a Galicia en el mapa, ha elevado el ticket medio, ha impulsado una mejora notable en la planta alojativa y ha traído a un viajero que viene a aprender, a sentir y a dejar huella positiva.
La siguiente fase ya no depende tanto del Camino como de la propia Galicia. De si queremos seguir usando la flecha amarilla solo para contar kilómetros o también para señalar hacia una red de experiencias, territorios y proyectos que encarnen ese turismo sublime del que hablamos en Faro Silleiro. De si seremos capaces de creernos que este peregrino de alto valor no es una excepción, sino el futuro lógico de un país que, por fin, empieza a entender que su mayor lujo es ser exactamente como es. @mundiario