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Quadratin 23 Apr, 2026 12:06

El reverso de la moneda

Anclas en la Injusticia, Velas en la Esperanza; las ciudades-puerto

Hace algunos días estuve, por motivos laborales, en una ciudad porteña. En este lugar, la hermosura y la magnificencia del mar solo son superadas por la maravillosa actitud ante la vida que tienen los costeños. Sus habitantes siempre son alegres y afrontan la existencia como afrontan el mar: sin miedo, pero con respeto; con admiración y agradecimiento por el sustento, y con un cariño y melancolía que las olas, en su vaivén, reciben y se llevan a las profundidades.

Esta ciudad cuenta con las condiciones geográficas ideales para un puerto: abrigo natural contra el oleaje y los vientos (bahías o estuarios), calado profundo y suficiente para el acceso de grandes buques, y una costa estable que permite la construcción de infraestructura. Además, posee una conexión estratégica con el interior y un terreno plano para patios de carga.

Esto ha permitido el desarrollo de un enorme puerto marítimo, un punto neurálgico para el intercambio comercial que ha generado una dinámica industrial gigante, transformando la vida del otrora apacible pueblo de pescadores. A lo largo de la historia, los puertos han sido fundamentales para el desarrollo de las civilizaciones; las grandes ciudades y polos de crecimiento siempre se han situado en torno a estos entes económicos (Nuestro México hoy sería otro sin los aportes que trajo la afamada Nao de China). Son gigantes nobles que deberían traer prosperidad a la población.

Sin embargo, el gran problema que surge con este crecimiento (específicamente en los países en desarrollo y en nuestro México) es que los ciudadanos de los puertos no gozan de la misma bonanza de la que se benefician las empresas instaladas en sus comunidades. Mientras estas facturan miles de millones de dólares, los pobladores tan solo ven pasar las ganancias a lo lejos, cual gaviotas alejándose de la costa.

Los servicios públicos se vuelven insuficientes: la salud, la seguridad y la educación carecen de calidad. Un problema crítico es el agua; el acceso al vital líquido es cada vez más complejo, pues las grandes multinacionales la acaparan y contaminan, mientras los pobladores esperan esperanzados que unas cuantas gotas logren colmar su sed.

Resulta relevante observar que estas corporaciones no pagan impuestos acordes a sus enormes ganancias, ni derechos locales en los municipios donde se asientan. Dichos recursos servirían para mitigar los daños que ellas mismas provocan al lucrar con una infraestructura pagada por los ciudadanos. Por ejemplo: sus unidades circulan miles de veces por las calles, desgastándolas y causando baches; disponen de sus desechos sin una gestión adecuada, generando contaminación; y sobrecargan las líneas eléctricas, dejando a la población a oscuras y sin refrigeración. Así, podríamos citar muchos ejemplos de cómo estas empresas reciben más de lo que aportan. Realizan malas prácticas, alejadas de la ética empresarial, que no serían permitidas en otros países, pero que, ante la inacción de las autoridades y la impunidad, aquí resultan comunes.

"Un puerto de primera y una ciudad con servicios de tercera", así lo escuché decir a un lugareño hace más de 25 años y, hoy en día, la frase sigue vigente.

Considero que la creación de un Consejo Ciudadano de Planeación Ciudad-Puerto sería una idea valiosa para explorar. Un espacio consultivo donde confluyan diversos sectores: amas de casa, sindicatos, empresarios, estudiantes, pescadores, académicos, autoridades portuarias, ecologistas, activistas y profesionistas, etc. Que en este espacio las ideas de todos sean escuchadas y se generen diagnósticos participativos que se transformen en planes de acción y presupuestos reales. La planeación debe ser ordenada y multianual, para que el desarrollo no cambie caprichosamente con cada gobierno municipal o estatal en turno. Se requiere una democracia participativa que incida de forma real.

Este esfuerzo ciudadano debe, por supuesto, ser acompañado por los distintos niveles de gobierno para materializar una política pública diseñada por y para la gente.

Espero de corazón que los alegres costeños naveguen siempre a sotavento, reclamando el timón de su propio destino. Porque la dignidad no debe ser una isla remota, sino la tierra firme que pisen sus hijos. Que el eco de la Nao de China no sea solo el recuerdo de una riqueza que pasó de largo, sino el recordatorio de que el mar es de quien lo trabaja, lo respeta y lo habita. Que la justicia social llegue finalmente a puerto, impulsada por los vientos de una ciudadanía que, como el océano mismo, cuando se organiza, es una fuerza imparable frente a cualquier tempestad. En busca de esa felicidad que es, y siempre será, el sello inalienable de la gente de mar.

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