Ayer, jueves 23 de abril, se cumplieron 410 años de la muerte de Miguel de Cervantes, quizá el más grande escritor de todos los tiempos.
Falleció en Madrid ese día y mes, pero de 1616, cuando faltaban menos de seis meses para que cumpliera 69 años. Edad muy por encima del promedio de vida que la gente alcanzaba hace cuatro siglos.
A manera de lugar común, casi siempre que se habla de Cervantes se suele decir de él que fue quien enriqueció, consolidó el uso del idioma castellano.
Lengua, también llamada española, que para entonces andaba en seis siglos de existencia, pues se data su nacimiento en alrededor de mil años, surgida del latín, su lengua madre, muerta desde varias centurias antes.
Quienes afirman lo anterior, aseguran que de no haber existido Cervantes, el castellano sería hoy un idioma más bien pobre, muy imperfecto, poco lucidor.
Se equivocan; sería seguramente el español también una lengua muerta.
Va la explicación de quien, con autoridad y conocimientos, sostiene una tesis diferente:
En la primera edición del Quijote anotada por la Real Academia Española, publicada en 1780, se incluyó un extenso estudio escrito por Vicente de los Ríos, que intituló Análisis del Quijote.
En este interesante ensayo, su autor señala —y trata de probar— que Cervantes no consolidó la lengua española, sino que sencillamente evitó su muerte. Afirmar que la enriqueció —dice— es poco, pues impidió que su proceso de deterioro llegara al extremo de provocar su extinción.
Al efecto, Vicente de los Ríos da cuenta de que varios escritores contemporáneos de Cervantes (como Francisco Medina, Fernando Herrera, Ambrosio de Morales, entre otros) “se quejaban del abandono y descuido con que los españoles miraban su lengua, la cual —agrega— llegó a envilecerse y abatirse de modo que nadie se determinaba a valerse de ella en asuntos capaces de mejorarla y perfeccionarla”.
Es decir, preferían no utilizarla.
Por ello, afirmó De los Ríos hace 246 años: “No se escribían por lo común en castellano, sino vanos amores o fábulas varias; nadie osaba encomendarle cosas más notables, temiendo obscurecer la obra por la bajeza del lenguaje, de lo que resultaba que no había libros cuyo estilo fuese texto de la lengua, y cuya limitación o imitación sirviese de regla para decir correcta y elegantemente”.
Precisa a continuación De los Ríos: “A esta sazón principió a escribir Cervantes y a mejorar nuestra lengua, hasta llegar a lo último de su perfección. España admirada —escribió De los Ríos en 1780— vio en El Quijote una repentina y súbita transformación de nuestras antiguas fábulas: la vanidad cambiada en solidez, la bajeza en decoro, el desaliño en compostura y la sequedad, dureza y grosería del estilo en elegancia, blandura y amenidad”.
Gracias, pues, a Cervantes, el idioma español logró sobrevivir, escribió el erudito académico del siglo XVIII Vicente de los Ríos, hasta convertirse en “la lengua más hermosa que se habla bajo el cielo, desde que la de los griegos (de la antigüedad) ya no suena”, según afirmó casi cuatro siglos después Lúdovic Osterc, reconocido políglota y experto filólogo de varios idiomas, ya fallecido, cuya lengua materna, por cierto, no fue el castellano.
En más de un sentido y con justa razón debemos decir del idioma español que es la lengua de Cervantes.
A quien recordamos con motivo de que ayer se cumplieron 410 años de su fallecimiento.